ANNE TYLER: "Reunión en el restaurante Nostalgia"





Con un estilo que recuerda al de una Eudora Welty crepuscular (sin ningún tipo de suspicacia ni utilización peyorativa del término), concretamente la de La hija del optimista (si bien creo que la presente novela es mejor que la de la oriunda de Jackson, capaz de hacerlo mucho, muchísimo mejor, aunque fuera ese título el que se llevara los laureles de la mala conciencia por su talento en buena parte menospreciado), esta obra es la predilecta de su autora, ganadora de prácticamente todos los premios de relevancia de la literatura norteamericana (Pen, el National Book) y creadora de libros ya clásicos y popularizados por adaptaciones cinematográficas como El turista accidental. Al comienzo de la obra, asistimos a los últimos instantes de la vida de Pearl  Tull, que rememora un pasado sentimental marcado por un matrimonio abocado desde el comienzo a la incomunicación (de escalofrío su intención de “tener siempre un hijo de reserva” como pura expresión del vértigo de soledad de su existencia) que finalmente la convierte en una mujer abandonada,  sometida a la tensión de educar en soledad a tres hijos que la convierte periódicamente en una madre tiránica y dominada por la histeria que va larvando una convivencia llena de resentimientos tan hondos como sólo pueden ser los nunca reconocidos. El centro emocional del libro, y donde la autora toca techo en su talento para la caracterización psicológica, es el antagonismo entre los hermanos Cody y Ezra, imposible de separar de la mitología de los caínes y los abeles con todo su riesgo de simplificación: el mayor expresa tempranamente su desgarro con buenas dosis de agresividad, especialmente en una obsesión por hacer daño a Ezra, a quien no puede perdonar que su talante afable y su apocamiento vital le hagan centro de una cantidad de afecto (especialmente maternal y femenino) que cree merecer más y al que desprecia por su debilidad, que alcanza extremos patológicos cuando, tras una estudiada estrategia de fingimiento sentimental, consigue arrebatarle a Ruth, su prometida, hecho que constituirá la rúbrica para la incapacidad vital del hermano menor, ya definitivamente recluido en su dedicación a su restaurante (del que consigue ser finalmente dueño tras empezar como empleado de una mujer viuda, otra de tantas que cae rendida a su aire de desvalimiento)que se ha ido configurando a lo largo de la novela no sólo como el símbolo de la incomunicación y el desencuentro íntimo de la familia (el detalle recurrente de las comidas o cenas nunca concluidas, interrumpidas por peleas, ataques de histeria o reproches de rencor a destiempo) sino de sus propios límites para relacionarse con el mundo y dirigir su propia vida. En una implacable lección de vida y lucidez, Cody no podrá ser sino víctima de su mismo odio cuando lo perpetúe dramáticamente en su hijo Luke, que llega incluso a fugarse de casa con la intención de irse a vivir con su tío y su abuela (hay en este momento una brevísima y muy sugerente “novela dentro de la novela”, una “road movie” llena de encanto a propósito de los excéntricos personajes que se encuentra el joven mientras hace autostop por las carreteras estadounidenses), justo las personas estigmatizadas por el desprecio de su padre, en quien ha intuido certeramente la concepción de su matrimonio y su vida familiar como un simple pulso de vanidad y su rechazo a causa de sus compatibilidades de carácter con el hermano odiado. Al lado del “cuerpo entero” que alcanzan los personajes de Cody y Ezra (y, en menor medida pero también de forma notable, de Pearl), la hermana menor, Jenny, parece un tanto desdibujada, si bien se retrata de forma certera su refugio, antitético al del hermano mayor, en la timidez y la introversión intelectual, germen de una vida sentimental problemática en la que se le arrebata prematuramente su única posibilidad de verdadero afecto (Josiah, un magnífico secundario, amigo y socio personal de Ezra, marcado de forma más aguda por la debilidad física y mental, hasta el punto de hacerlo inconcebible como pareja como su madre, que dinamita radicalmente su incipiente relación), pasa por un matrimonio erróneo con un “nerd” de personalidad neurótica y castrante hasta su expresión de las carencias freudianas en otro casamiento con un hombre cargado de una familia numerosa y del trauma del abandono de su mujer. Aún se reserva Tyler un final de alta intensidad climática que aquí no os revelo... aunque adelanto que es  quizá el único momento de la novela en que puede empatizarse finalmente con Cody (y el lector, o yo por lo menos, lo estaba deseando, rendido de forma involuntaria a su visceralidad de "criminal blando" a lo personaje de James Dean) con la que, por si quedaba alguna duda para el lector poco avistado, Tyler no hace sino corroborar su capacidad para crear personajes de trazado redondo y con una infinidad de matices emocionales.

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