DAVID MITCHELL: "El bosque del cisne negro"





Sin duda, una de las cotas más altas que ha producido últimamente el “relato de aprendizaje” en su rica tradición en la narrativa anglosajona (aquí planteado como un conjunto de estampas narrativas que podrían tener existencia por separado pero que alcanzan su coherencia en la reiteración de personajes y motivos temáticos), con sus mismas virtudes estilísticas de capacidad de reflejo espontáneo de la cotidianidad y un dominio de la ironía en que el humor se convierte en la manera de afrontar las realidad más dramáticas,  mi primer contacto con un autor ampliamente reconocido por la crítica del que me apunto inmediatamente otros títulos como Mil otoños o El atlas de las nubes (ambas también traducidas y editadas al castellano por el sello editorial Duomo). La novela, al parecer de contenido autobiográfico, está ambientada en la Inglaterra de principios de principios de los 80, unos años de honda conflictividad social (lúcido el retrato que realiza el autor acerca del racismo hacia la etnia gitana, un mundo marginal en que el protagonista encuentra los primeros atisbos de comprensión y aproximación afectiva a su drama humano que le permiten ir desarrollando el valor necesario para afirmar su identidad) y política a causa del paro, la crisis económica o unas problemáticas relaciones internacionales que alcanzaron su culmen en el, risible si no fuera por sus resultados trágicos, conflicto de las Malvinas (1982), que el autor retrata con una crudeza no exenta de cierta ambigüedad (la fascinación del protagonista por la figura de Margaret Tatcher… si bien no debe sino interpretarse como una muestra de la fatal predisposición de los “débiles” a quedar prendados y obsesionarse por ser reconocidos por los “fuertes”… la misma que le lleva, por ejemplo, a enamorarse de Madden, la típica “chica de matón” que lo desprecia sin disimulo alguno). El personaje central, James Taylor, es un niño en tránsito a la adolescencia, intuitivo, inteligente, cuyo espíritu creativo se muestra en una vocación literaria que debe ocultar como una vergüenza ante un mundo que la considera un signo de afeminamiento (con la única excepción de Mrs. Crommelynck, peculiar anciana de secreta vida delictiva que le ofrece un buen puñado de valiosas lecciones acerca de la vanidad del artista y la relación de la auténtica literatura con un sentido de la honestidad que exige aceptar la confrontación con el mundo como camino a la identidad artística y humana y la necesidad de afrontar los propios abismos traumáticos) y, fundamentalmente, en el juego de alteridades que se suceden en su mente, el “Gusano”, el “Gemelo Nonato” y, fundamentalmente, “El ahorcado”, nombre que da al enemigo íntimo de su tartamudez, en cuya intensidad dramática profundiza el autor de una manera conmovedora,  que establece brutales límites de comunicación con el mundo y le mantiene en el acecho perpetuo de convertirse en un desclasado social. Y, por encima incluso de  la ausencia de asideros afectivos en su entorno familiar (un padre con mentalidad de snob arribista, predispuesto a la apariencia y al espíritu “trepa” en detrimento de su más elemental dignidad (y que pese a ello no se merece su triste final, despedido de su empresa por oscuros manejos), que compone junto a su madre un matrimonio cuya impostura da lugar a escenas patéticas (como la del capítulo “Rocas”) antes de hundirse definitivamente por la infidelidad y la disparidad de intereses vitales…. además de la imposibilidad de tomar como referentes a personajes inteligentes pero de nula capacidad de empatía con las debilidades ajenas, como su hipócrita y enervante primo Hugo o su hermana Julia… cuya distancia snob con el perdedor vocacional de la familia parece irse rompiendo a medida que avanza el relato), el gran drama de Jason es el acoso de los matones de la escuela, expresión brutal de un mundo cruelmente jerarquizado en que la evidencia de una flaqueza se convierte en estigma de por vida (a no ser que se esté ya tan previamente estigmatizado que no merezca la pena expresar el desprecio, como sucede con el disminuido psíquico “Cagón”), cuyo cerco intentará evitar resignándose al fingimiento o sometiéndose a los ritos de virilidad más risibles (como los que se narran en “Espectros”, su intento de pertenecer a una peculiar logia de los “fuertes” y los tipos duros del pueblo) para acabar en un rotundo fracaso (las humillaciones que se narran en el crudo “Gusano”) del que solo al final logrará redimirse no por la vía del acto de redención chejoviano (el acto de piedad con su mayor verdugo que se narra en “La verbena del ganso”… inútil ante la imposición justiciera del karma que deja al agresor lisiado de por vida y paradójicamente convertido en un miembro del grupo de los débiles a los que tanto disfrutaba en martirizar) sino, en una demostración de lucidez implacable por parte del autor, por medio del recurso más sucio a la violencia y la delación que tristemente es su única vía al respeto de los demás…. e incluso al paraíso inalcanzable de las chicas y el primer beso. No hay conclusión para esta historia, con el protagonista aún entregado a la incertidumbre en que le sume el divorcio de sus padres y con él la necesidad de trasladarse del pueblo e iniciar otro traumático periodo de adaptación a una nueva comunidad y un nuevo colegio… si bien se ha producido un aprendizaje humano que revela su autenticidad en el hecho de haber sido brutal y haber garantizado la supervivencia a partir de la más cruda amputación de la inocencia: como siempre ha sido y la fatalidad nos sugiere que irremediablente siempre será. 

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