HOMENAJE A RAMIRO PINILLA: LAS CIEGAS HORMIGAS/VERDES VALLES, COLINAS ROJAS (LA TIERRA CONVULSA)/CUENTOS





Aunque sea algo tristemente habitual en el devenir de nuestras letras, duele que especialmente esta, una de las mayores obras maestras de la novela española de posguerra y de todo el siglo, atesore una de las historias más elocuentes de la vergüenza del mundo editorial español: ganadora del Nadal en 1960  y del premio de la Crítica en 1961, desavenencias de Pinilla con la editorial Destino (una disputa llena de actos miserables, como el que no se informara al autor de una adaptación cinematográfica alemana que nunca llegó a ver y de la que no recibió, claro está, ni un duro) mantuvieron el libro descatalogado durante décadas, privándole su oportunidad de establecerse como clásico y lectura influyente para los narradores posteriores y, peor aún, determinando un silencio y una desaparición de Pinilla del mundo cultural y editorial del que sólo se resarciría, tarde pero de forma deslumbrante, ya a comienzos del S.XXI con la monumental trilogía Verdes valles, colinas rojas. Las ciegas hormigas es una de esas obras esenciales que marca la evolución del realismo social español hacia una nueva novela que, respetando su vocación de denuncia (se incide aquí no sólo en las condiciones míseras de supervivencia de las clases humildes rurales sino en su opresión por parte de organismos de poder que refuerzan la preponderancia abusiva del mundo institucional y económico), la conduce a metas de mayor ambición estética, aportándole un componente experimental que evita su desgaste. Como en tantas obras de Pinilla, el referente fundamental es Faulkner y más concretamente su clásico Mientras agonizo: semejanzas formales (el uso del perspectivismo como técnica narrativa, aunque dando preponderancia a la figura de Ismael como narrador central y dejando a otro protagonista, Sabas Jáuregui, “sin voz”, un elemento en el que Aramburu cifra lúcidamente quizá la única debilidad de la novela, no demasiado importante a la luz de otros logros: la introducción de audacias poéticas y filosóficas que serían legítimas en la voz autoral pero que encarnadas en algunos personajes dan lugar a cierta falta de verosimilitud) y temáticas (la presencia perturbadora de un cadáver que determina la actuación y la interioridad de los personajes) así lo evidencian, aunque queda claro que el vasco no es un imitador mimético; basta decir que casi ( para mí sin el casi) supera a su modelo y que además lo personaliza evitando muchas audacias formales (el hermetismo que imponen los cambios radicales de perspectiva, el monólogo interior o el desorden o la yuxtaposición de secuencias temporales) a favor de una concepción más clásica y realista del género novelístico. La clave del libro radica en las diferentes maneras que tiene cada personaje de enfocar y tratar de sobrevivir a unas condiciones extremas, tanto en lo material como en lo emocional: Sabas Jáuregui, prototipo del “hombre del caserío”, conducido a una total autismo emocional a causa de su aislamiento, se vuelca en una ambición y una mitificación del trabajo y el deber que destruye los lazos afectivos con los suyos (aun cuando, como señala Aramburu, su comportamiento no será nunca despótico ni tiránico) a excepción de su hijo menor, Ismael, unidos durante toda la obra por una oscura fascinación y sentimiento de adhesión irracional; Cosme, el hijo mayor, que mantiene cierto grado de autonomía gracias a su trabajo como obrero industrial, en una obsesión por su pequeño mundo de ocio (concepto ofensivo para el padre) de sus aficiones como cazador y su escopeta, a la que profesa una devoción casi erótica y uno de los elementos con los que Pinilla realiza uno de sus deslumbrantes juegos de simbolismo polisémico (la escopeta será, para la abuela, signo de vergüenza y egoísmo cuando intente entregarla por su cuenta a Antón para no perder el carro de carbón y para el propio Cosme de redención final cuando acceda a venderla para pagar el entierro de su hermano), Fermín, oligofrénico torturado por su inutilidad para la vida práctica y su condición de “diferente”, tras sentir por única vez en su vida el respeto de los demás como ganador de una competición deportiva vive, aislado en el desván por el sentimiento de impotencia de una primera experiencia erótica frustrada (con su tía Berta, que intentó seducirlo para utilizarlo por su ansiedad de ser madre); el tío Pedro elige el alcohol como forma de evasión por su complejo de hombre estéril y carente de virilidad  y hasta la pequeña Nerea cifra sus esperanzas de supervivencia emocional en la salvación (que degenera en fracaso, como el resto de su familia) de unas crías de gatos en la que demuestra alternativamente coraje y crueldad (el ahogamiento de la gata en el pozo). Como en la novela de Faulkner, ese ensimismamiento dramático no puedo sino traducirse en una profunda individualidad y en un concebir al otro como medio para consumar los propios fines: la abuela, obsesionada por su frágil supervivencia, insta al robo del carbón pese al peligro que la empresa comporta para los suyos, Nerea delata la presencia de su hermano Bruno (huido del servicio militar a causa de su obsesión por una mujer cuya infidelidad deberá finalmente afrontar) para no poner en peligro  a sus gatos, entre otra infinidad de ejemplos que podrían aportarse. El frágil equilibrio de los personajes se romperá una noche en que la noticia de que un barco inglés cargado de carbón ha encallado en la costa suscite la codicia de toda una comunidad sumida en la carencia de los medios materiales más elementales. Entre la controversia de los suyos (el egoísmo de la abuela frente a la protección maternal de Josefa, la madre), Sabas consigue implicar a los varones de la familia ( el hecho detonante es que Fermín , ansioso por conseguir el respeto de la figura paterna, acabe obedeciendo y arrastrando por tanto a los demás en su subordinación) en una aventura que se consumará de forma trágica cuando Fermín muera tras despeñarse por un barranco a causa de las pésimas condiciones ambientales y un error humano de Pedro.  Este hecho saca a la luz no sólo la tozudez sino la profunda deshumanización de Sabas quien obliga a los suyos a concluir el trabajo, ocultar el carbón extraído de la persecución de la policía y, como en una versión de Antígona a lo vasco, a no enterrar el cuerpo del hijo para no poner en evidencia sus actividades ilegales, hecho que (a excepción de Ismael y la abuela, obsesionada con el carbón) va convirtiendo el desapego de su familia en odio íntimo y desencadena otra trama, la de los intentos del inspector García por descubrir el mineral robado, que Pinilla resuelve con solvencia de aficionado y conocedor del género policíaco (las pistas sucesivas que va encontrando el policía, como los sacos de carbón perdidos por Bruno en la casa de Purita, a quien se lo había arrojado como signo de desprecio por su infidelidad o por Pedro, cuando intentaba cambiarlo por alcohol en la taberna) y gran intensidad, en los episodios de odio y agresión física de toda la comunidad a la familia, a la que acusan de conchabarse con las fuerza de orden público para delatarlos y salvaguardar su carbón. El camino hacia la debacle final de las ambiciones de Sabas está magistralmente dosificado por parte del autor: una primera “rebelión” de Josefa, cuya indignación por la muerte de su hijo había adoptado extremos casi existenciales (su rechazo de Dios), delatando la presencia del cadáver ante su confesor por sentimiento de culpa, que anticipa la definitiva ante las autoridades de Pedro, ansioso de desahogar su odio, lleno de envidia por la rotundidad viril de la que carece y su propio remordimiento por su implicación en el accidente que ocasionó la muerte de Fermín, un descalabro que no mina la inflexibilidad de Sabas, como se revela en la escena final en que, contemplando un hormiguero junto a su hijo Ismael, asume y alecciona a su hijo en su destino similar al de estos animales: sostener una filosofía de sacrifico y esfuerzo entre una condición extrema de vulnerabilidad. En conclusión, una novela absolutamente redonda y digna de devoción mítica cuyo rescate por Tusquets supone quizá la más valiosa reivindicación literaria de los últimos años, enriquecida además por un prólogo donde Pinilla expone la problemática de la novela y un lúcido epílogo final donde Aramburu describe impecablemente interioridades psíquicas de los personajes, rasgos del estilo y la voz narradora y adhesiones (el citado y obligatorio cotejo con Faulkner) literarias.


Esta trilogía, de la que esta novela es un pistoletazo de salida inmejorable, no sólo es uno de los proyectos más ambiciosos de la literatura del S.XX, sino un triunfo del esfuerzo y la humildad, un delicioso acto de chulería de un autor que se sacude años de postergación mediática y enfrentamiento con las editoriales para reivindicar su puesto entre los cuatro o cinco mejores narradores de la época en lengua castellana. Durante años de ostracismo en su caserío de Getxo, Pinilla fue dando forma a este su “Cien años de soledad”, comparación admisible por entidad literaria y similitudes de planteamiento (el recurso de las sagas familiares) aunque con menos presencia (mínima, pero la hay) de ese componente mágico y ficticio integrado con el más estricto realismo, puramente social y político en muchas páginas. Y no es el mérito menor señalar que Pinilla consiguió la novela que los nacionalistas furibundos de su tierra nunca quisieran leer, la que desvela implacablemente que el integrismo vasco es, desde su más inmediato origen, no sólo fanático sino conservador, clasista y enemigo del progreso en todas sus formas.

Los múltiples aciertos de este libro comienzan por su propio título, una expresión que resume perfectamente ese País Vasco de finales del S.XIX, escindido entre la persistencia atávica de una estructuración social jerárquica ligada a la mitificación de la tierra y su amenaza de alteración por vía de las nuevas realidades (movimiento obrero y todas sus consecuencias) del reciente mundo tecnológico e industrial. Ese anacronismo que se ve progresivamente cercado tiene su expresión casi simbólica en el personaje de Cristina Oiandia, la marquesa, que repudia el progreso personificado en su propio esposo, el industrial Camilo Baskardo y avanza progresivamente hacia posturas de nacionalismo cerril e integrista, por supuesto basadas en Sabino Arana, que oprimen igualmente a sus dos hijos, Martxel y Jaso, con los que desarrolla un “vasquismo” demente que alterna entre lo ridículo (intentar reconstruir en Getxo los caseríos originales y los linajes de ese pueblo vasco ancestral en que se focaliza el componente místico que quieren ver en sus ideas, buscar a la modelo de un cuadro cuya belleza consideran una personificación de la belleza del alma vasca) y lo directamente miserable (el hecho de dinamitar la relación de Fabi, la hija menor, con un ex militar de la guerra Cubana por el pecado imperdonable de ser “maketo”, equivalente vasco del charnego catalán), hasta que la revelación del espíritu clasista de la madre (cuando prohíbe la relación de Martxel con la hija de los, entonces empobrecidos, Altubes) determine la huida del uno y el encastillamiento en el odio del otro. Por detrás de estas maniobras se encuentra un personaje que pasa directamente a la categoría de los inolvidables de la literatura española: la innominada Ella (el repudio a tener un nombre es su primer y sintomático acto de rebeldía), una criada de origen desconocido que impresiona desde el principio por su frialdad (se deshace nada más nacer del hijo del que estaba embarazada) y que socava la norma más estricta de la comunidad, la que niega al “maketo” la posibilidad del poder y el ascenso social y económico con una inteligencia y una capacidad de manipulación que muchos consideran literalmente endiablada: desde la creación del primer equipo de fútbol de Getxo a sus ataque a las dos principales familias terratenientes del lugar, los Baskardo (consiguiendo engendrar un hijo bastardo, Efrén, de Don Camilo y martirizando de por vida a la desquiciada Cristina, sobre todo cuando se hace mudar junto a ella) y los Altube (ganándose para su casa al más “freak” del clan: un clásico “gordo vasco” (como el mítico Arteche…) al que, entre plato y plato de su talento culinario, consigue sacar el dinero de la venta de las propiedades de la familia). A su lado, la no menos enigmática Madia o Magda quien, tras ser utilizada inútilmente como un nuevo peón para sus estrategias de ambición de Ella, cuyo parentesco con la misma nunca llega a desvelarse,  (el intento de seducir al Altube mayor, Saturnino, indiano enriquecido que regresa a la tierra  natal), protagoniza un tímido intento de rebelión intentando integrarse como una más del clan tras el matrimonio con otro Altube, Roque, aunque finalmente el prejuicio clasista de la familia le hace caer de nuevo en las garras de su dueña original y con ella lo poco del patrimonio de los Altube que aún no poseía. El final de la novela reserva el triunfo definitivo de Ella por medio de su hijo Efrén, el bastardo del clan de los Baskardo, quien desde el principio muestra un talento digno de su madre en la capacidad de medrar (negocios primerizos como una funeraria o una excéntrica compañía de seguros con la que estafa a buena parte de la población) y en cuyo enaltecimiento confluyen el simple azar (la posesión de un barco de Jaso Baskardo por medio de Ángelo, hijo del indiano y empleado suyo, a quien se lo había regalado por puro afán de hacer daño a su padre) y la enemistad definitiva entre la familia Baskardo: tras años de odio y alejamiento de la madre, el retorno de Martxel (huido a Ceilán durante años como peculiar misionero) determina un nuevo recaída de este y su hermano a la tiranía nacionalista de la madre y la decisión final de que Camilo (inducida por hechos como el intento de asesinato de su propio hijo Jaso por impedirle que asesinara a su hermano bastardo en uno de sus numerosos duelos) primero reconozca la paternidad de Efrén y finalmente haga recaer toda su herencia en Cándido, su nieto por la rama no legítima, hecho que no sólo mata literalmente a Cristina (que, a su vez, había ya acometido la mayor transgresión posible dejando sus propiedades en manos de Román, el “maketo” casado con su hija Fabi, todas sus propiedades por el distanciamiento y la certeza de la inutilidad de sus propios hijos) sino que se interpreta como el inicio de una nueva etapa histórica y social, los “hombres del hierro”, que entierran la antigua civilización vasca ligada a la mitificación de la tierra. Las evoluciones de Ella nos son contadas en todo momento por dos narradores externos: el profesor Don Manuel y el joven Asier Altube, entre los que media no sólo la diferencia de ideología que corresponde a generaciones distintas sino la presencia traumática de una mujer, la también maestra Mercedes, de la que ambos han estado enamorados. Y será el maestro, desde su esencial humildad,  el único de todo Getxo en alcanzar una victoria, aunque sea meramente simbólica y moral, sobre el entramado de manipulación de Ella y sus descendientes: salvar en una cacería a un macho de llama (traídos al País Vasco por el indiano, claro) y posteriormente a su híbrido descendiente (una peculiar mezcla de llama y mulo) que obsesiona a Efrén por constituir el único momento de su existencia (y de la de su madre) en que no se han cumplido puntualmente sus ansias de éxito absoluto en todo.  A lo que hay que añadir la rebelión de Elisenda, hija menor de Efrén ya apellido Baskardo, quien huye de la mansión familiar tras engendrar un hijo de un soldado desconocido de la guerra civil, personajes todos ellos a desarrollar en las siguientes partes de la trilogía.

El otro gran bloque narrativo de la obra es la génesis del movimiento obrero vasco ligado al proletariado de los altos hornos o las fábricas metalúrgicas, que el autor tiene el acierto de encarnar en una serie de personajes que siguen sosteniendo el conflicto tradición-modernidad que hila estas páginas: el enamoramiento de Roque Altube, un ser en principio naif e inocente, con la activista revolucionaria Isidora, integrada en un mundo de lucha obrera del que él se siente íntimamente hostil y extraño por su consideración de su entorno rural como una Arcadia feliz al margen del tiempo en el que se obceca en permanecer. Tan distintas querencias entre uno y otro determinan el abandono de Roque nada más nacerle su primera hija, Teresa, aunque siempre quedará en él un poso de culpa permanente que le llevará actos llenos de poder simbólico, como su filiación a un sindicalismo tibio de línea nacionalista y conservadora dirigido por Cristina durante sus años de mujer empresaria o la escena en que obliga a un sacerdote a exhumar a un compañero de lucha política de Isidora muerto y enterrado en la tierra “no sagrada” con que se escarmentaba a los proscritos. Y a propósito del viaje de Don Manuel en busca de Teresa, caída en la prostitución, se nos ofrece no sólo la evolución del movimiento obrero con el paso de los años (el intento de persistir en la ilusión de cambio pese a que la utopía se haya ido despedazando con la incapacidad de vencer a los explotadores) sino una lúcida reflexión sobre cómo el intento de desplazamiento del orden social y político burgués no supone también, por desgracia, un derrumbamiento de su moral podrida: al igual que los privilegiados a los que odian, también los obreros darán la espalda a Isidora por ser madre soltera y determinarán que , a su muerte, su hija tenga que hacerse prostituta ante la imposibilidad de integrarse como una más en la comunidad. Sólo Manuel conseguirá, en parte, su regeneración personal y que respete los ideales de su madre, aunque para Teresa, como para antes su padre Roque Altube, su fidelidad sólo la merezca el amor (el casi patológico que llega a sentir por su protector) y no ningún credo político.

Quizá la única grieta del libro, y es más un prejuicio personal que otra cosa, esté en que cierto exceso de ambición narrativa lleve a Pinilla a dotar a su libro del cierto “bronce épico” que se supone debe tener todo relato de sagas, con ciertas historias sobre la civilización vasca ancestral (algunos retroceden hasta la época anterior al establecimiento del cristianismo, cuando aún persistían todo tipo de antiguas creencias paganas en esta tierra) en cuyo pasado se anclan fanáticamente muchos de sus personajes. Aunque en estos pasajes demuestre el autor una capacidad fabuladora inagotable (por ejemplo, la historia de la rivalidad de dos antiguos vascos por una monumental pieza de madera que aparece en el mar sobre la que sobrevuela un cierto halo místico como supuesto altar mayor original de la catedral de San Pedro de Roma) no dejan de resultar un alarde un tanto innecesario).



Tienen los excelentes cuentos de Ramiro Pinilla (una producción por desgracia escasa en este género, sólo los relatos de estos dos libros que aparecen ahora juntos, tras la recuperación de su figura para la crítica y el público lector, en Tusquets, después de su humilde difusión inicial en Luis Haranburu editor o su sello particular, Libropueblo) la doble cualidad de fascinar a un hipotético primer lector suyo, como inmejorable introducción a su mundo literario, sus personajes prototípicos y sus constantes temáticas, y de encantar aún más al ya iniciado (y por tanto previamente fascinado), que asiste a la forja progresiva del material narrativo que desembocaría en uno de los monumentos literarios más imponentes del S.XX español (y ahora por fin se está reconociendo así), la trilogía Verdes valles, colinas rojas… amén de otras tantas novelas que es de esperar se irán desgranando poco a poco sin que sea preciso la tarea de arqueología literaria y mala conciencia a que da lugar la muerte de un autor menospreciado en su momento.
Recuerda, oh, recuerda (1975) es un libro impecable, tanto en la ejecución formal de los relatos como en su disposición estructural, que pone en pie toda una historia mítica de la familia Baskardo, pieza clave del Getxo convertido en una metáfora simultánea de su tierra de origen y del total de la condición humana con ecos del Macando de García Márquez que tanto influyó en él, que abarca desde lo más primitivo y ancestral ( el inicial “Nombre”, que quizá resulta un tanto excesivo al  remontar  su genealogía hasta los mismos tiempos de las cavernas y “El viaje”, que con el motivo de la introducción de una religión pagana en una comunidad primitiva ya muestra ese carácter peculiar de los Baskardo (concretamente los que luego conoceremos como los Baskardo de Sugarkea) como un clan atávico, reticente a integrarse en el tejido social y la evolución espontánea de los tiempos,  ligado fanáticamente a la tradición y negador de toda idea de progreso) hasta su consumación apoteósica en “El megatafio”, con el hijo de Efrén Baskardo, donde la familia alcanza la cima de su poder económico y social, convertido prácticamente en ídolo pagano tras suicidarse en una de sus fábricas y quedar su cadáver dentro de una inmensa pieza de metal que se exhibirá públicamente. El relato titular “Recuerda oh, recuerda” es la pieza central, la que ocupa prácticamente todo el libro y será retomada casi por completo en el primer volumen de Verdes valles, colinas rojas: el joven Manuel ,futuro profesor del pueblo, tras un encuentro revelador con el macho del ganado de llamas salvajes que trae uno de los Altube desde América, se posiciona junto a los indomables Baskardo de Sugarkea (el ya nonagenario  Kume y su hijo Gain) para iniciar una cruzada por su salvación que va alcanzando dimensiones épicas de enfrentamiento entre la naturaleza (entendida como una fidelidad al instinto  frente a la artificiosidad del mundo moderno en que la violencia no es sino una manifestación de inocencia) y la opresión del mundo civilizado integrado significativamente por personajes de la Iglesia (el párroco Don Estanis) y la nueva burguesía ambiciosa y capitalista (por supuesto Efrén, el nuevo gerifalte Baskardo nacido de la ilegitimidad), pulso que se resolverá décadas después, cuando ya la supremacía de los fuertes haya convertido la ligazón a la naturaleza en algo poco menos que anecdótico, al conseguir el ya adulto Manuel la salvación del último superviviente del ganado de animales, un extraño híbrido entre caballo y llama con el que Efrén, aún resentido por la única traba en que el mundo ha puesto a su soberbia, pretende desahogar su resentimiento. Aparecen ya apuntados en estas páginas los personajes de Ella, la marquesa Oiandia, el gordo Altube, Magda… “libro seminal” lo llamaron algunos críticos.  Y siendo este un relato de tal calidad, puede llegar a palidecer al lado de la inmensa joya que es “El pez”, que podría servir casi de síntesis de toda la mejor inventiva de su autor: la matriarca centenaria de un clan aristocrático enzarzado en luchas intestinas y envanecido en la mitificación de su pasado  (la Doña Toda que también da nombre a una de las novelas de Pinilla)que desea tener contacto con el mar antes de morir y hace que la traigan a su palacio una inmensa ballena (ese motivo temático, tan del gusto del autor vasco, de los hombres que se entregan a empresas totémicas que exigen una confrontación de su energías con las fuerzas más salvajes y primitivas de la naturaleza, similar al que había dado esencia a Las ciegas hormigas) y la óptica de los jóvenes buscando su identidad en la transgresión de las jerarquías sociales y económicas: el adolescente Sator Baskardo, capaz de abandonar su clan y su comunidad guiado a la vez por la fascinación erótica por la “joven de piel blanca”, bisnieta de Doña Toda y única posibilidad de perpetuar los genes ancestrales y el ímpetu de la aventura y la propia joven, enamorada de un “agote” (equivalente primitivo del posterior “maketo” como hombre menospreciado por las jerarquías por sus orígenes humildes) con el que finalmente logra fugarse tras engendrarle un hijo entre la conmovedora complicidad del propio Sator (otro motivo típicamente “pinilleniano”: la perpetuación de un apellido ilustre a través de una “bastardía” que supone simbólicamente el fin de una época histórica… como representa el nacimiento del hijo de Camilo Baskardo y Ella).
Primeras historias de la guerra interminable (1977) puede quedarse un tanto minúsculo al lado del anterior pero tiene el innegable interés de ofrecernos la peculiar mirada de Pinilla sobre el desarrollo y las consecuencias brutales de la Guerra Civil, tema que también será parte fundamental en las últimas partes de la citada “trilogía vasca” (justo los que no te has leído…). Los relatos iniciales “Julio del 36” y “Una lección de historia”, representativos del protagonismo que alcanza el autor la óptica juvenil, imprescindible para desvelar el auténtico sentido de los acontecimientos en cuanto tiene de inocente y desprejuiciada, se centran en la antítesis entre los muchachos que se ven abocados a prestarse como carne para matadero de la contienda aun previendo su final frente al drama, quizá no menor, de los que se ven obligados a quedarse y sentir nostalgia por la acción y la dinámica de los tiempos en que no participan por taras personales (es el caso de, frente a su hermano Marcos, alistado como miliciano entre la hostilidad o la adhesión de su familia (el “orgullo viril” del abuelo frente a la redención materna, de Asier Altube, condenado a ser espectador pasivo por su invalidez). El resto de los cuentos suele ubicarse cronológicamente ya en el final de la guerra y denuncia valientemente la soberbia de los vencedores, su cruel tarea de represión y demonización de los adversarios vencidos aprovechando la sumisión de un pueblo intimidado por el ejercicio de la brutalidad, perdedores que aún pueden alcanzar una mínima revancha aunque sea “espiritual” (“Coro”, sobre la fascinación que suscitan entre las gentes un conjunto de presos cantando en la iglesia al que las fuerzas vivas habían obligado a humillar) o gracias al impulso vital de los típicos jóvenes levantiscos de Pinilla (en “Cópula”,la hija de Efrén Baskardo, Elisenda, que conecta con esa empatía por la naturaleza aún expresa en forma de brutalidad frente al mundo convencional de los ancestros de la familia y acaba fugándose y teniendo un hijo con el miliciano republicano que la había violado y después esperado pacientemente su reencuentro entre la crueldad de los campos de concentración y los trabajos forzados) pero que quedan habitualmente rendidos al sadismo de sus vencedores (escalofriante “Euskera ez”, en el que la represión lingüística, por medio de una anciana a la que se impide comunicarse con su hijo preso y condenado a muerte en vasco, sabe apuntar a una inhumanidad plena hacia el derrotado). Mucho más que un relato sobre la Guerra Civil es el formidable “La Chipinita”, quizá el mejor del conjunto, donde el conflicto se antoja poco más que el telón de fondo para el drama íntimo de la “solterona”  ansiosa por afirmarse ante sí misma y ante el pueblo por medio del amor, lo que le lleva a manipular y chantajear emocionalmente a un soldado del bando “nacional” hasta obligarlo, sabedora de que será pronto abandonada, a un suicidio destinado a teñir de una falsa aura romántica la memoria de su desgraciada existencia (enterrada junto al “amado” tras hacerlo perecer junto a ella forzando un accidente de automóvil). 

1 comentarios:

zUmO dE pOeSíA (emilia, aitor y cía.) dijo...

Leí "Las ciegas hormigas" y me fascinó. Coincido con la entrada en que, aun siendo evidente la influencia de William Faulkner (reconocida por el propio Pinilla), el discípulo supera al narrador de "Mientras agonizo". A raíz de aquello me hice con los Cuentos de Ramiro Pinilla y éstos, en cambio, me resultaron decepcionantes. Esa obsesión por lo vasco -e incluso por el Atletic de Bilbao, fantaseando sobre un supuesto partido de final de Copa en que el Atletic humilló al Real Madrid y que fue censurado por el franquismo- me pareció sinceramente pueril y carente de todo atractivo. Ya se sabe que cuando la militancia política entra en la literatura, la literatura sale por la ventana. Ahora voy a dejar pasar un cierto tiempo para adentrarme en otras novelas suyas, pues necesito reponerme de la frustración que me han producido sus Cuentos, tan por debajo de aquella maravillosa novela.

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