Con un pie en los sórdidos, aunque traspasados de belleza,
aguafuertes de la Nápoles posterior a la IIGm de una Ana María Ortese (el
referencial y en su día polémico, sobre todo por motivos “internos” del mundo
literario, El mar no baña Nápoles) y la prosa fragmentaria y poética
para afrontar entramados históricos y sociales problemáticos de una Herta
Muller, este primer contacto con el más intelectualmente atípico (su carácter
autodidacta, sus experiencias como obrero de la construcción, conductor de
vehículos humanitarios en el conflicto de los Balcanes hasta una exclusiva y
apasionada dedicación a la narrativa para forjar una obra extensa y ampliamente
reconocida en su país y el extranjero) y quizá brillante narrador italiano de
su generación no decepciona en absoluta y lo convierte en de indefinida visita
obligatoria. Lo más meritorio de este libro, más un conjunto de prosas poéticas
con sutiles pero a la vez firmes hilos de costura que permiten simultáneamente
un fluir espontáneo y la imposibilidad de rechazarlos como un caos incoherente
y deslavazado, es que, pese al marco
doloroso en que se desarrolla (el propio barrio natal de Luca, el Montedidio de
Nápoles marcado por la impronta de una guerra perdida que ha dejado debilidad
psíquica y miseria material, las desigualdades sociales y el abuso sobre los
más vulnerables y las propias circunstancias personales del protagonista-autor,
un día a día marcado por la obligatoriedad del trabajo física (y la obligada
madurez que conlleva) a edad temprana, la enfermedad y finalmente la orfandad
con la muerte de la madre) no transmite en absoluto sensaciones trágicas y
deprimentes sino, a la inversa, la dignidad con que las afronta el protagonista (y uno no puede sino intuir que el propio Luca
también) los convierte en un erial
cotidianamente traspasado de magia. Así, el trabajo y el consecuente abandono
de los estudios no son un trauma sino entrega voluntaria, “claudiorodriguiana”
no solo a su propio entorno sino a la vida y el mundo se ensancha a diario en
la capacidad de encontrar el sentido en lo más mínimo y anecdótico (el
boomerang que le regala su padre, que se convierte casi en una posibilidad de
vuelo espiritual simétrico al que germina en el anterior de su buen amigo
Rafaniello), el descubrimiento del amor y el erotismo con la joven vecina María
(un personaje extraordinario, fuerte, resolutiva, que lleva la iniciativa en su
temprano noviazgo y ha convertido sus
sentimientos y primeras prácticas sexuales con el protagonista en su acceso a
la libertad y su rotunda autoafirmación como mujer y pobre orgullosa de serlo
tras pasar por la humillación de la prostitución con el casero que amenazaba
con su desahucio y el de sus padres), la contemplación de la solidez afectiva
del matrimonio de sus padres y el íntimo placer de protección ante el mundo que
le crea (y que persiste incluso en el desmoronamiento final) y sobre todo la
sabiduría, precoz, totalmente intuitiva teniendo en cuenta su edad, de saber
identificar y establecer lazos afectivos con las personas que permiten la
preservación de la dignidad entre tanto desastre: el maestro de su taller,
Errico, el portero Ciccio, su propio progenitor pero, muy especialmente,
Rafaniello, el otro gran hallazgo de caracterización del libro, hombre de
origen judío que sabe que a la verdad
humana solo se accede por la persistencia en la piedad tras la experimentación
extrema del dolor y por ello arregla zapatos gratuitamente para los pobres tras
trágicas experiencias personales durante la guerra y mantiene intacta, en la
fabulación de sus viaje a Jerusalem y las metafóricas alas que le rebullen
buscando libertad dentro de su joroba, la trascendencia que es conciencia
interior pero cuyo reflejo salva el mundo a diario. Ni siquiera al final, entre momentos que podrían predisponer a la tentación a la tragedia que no os quiero contar aquí, el libro se
resigna a ser melancolía previsible: no solo deja en pie la
esperanza sino, más importante todavía, atestigua que si el dolor se enquista
en nuestras vidas a perpetuidad con no menos terquedad lo hacen sus posibilidades
redentoras, con el único peaje de que se haya conservado algo de la inocencia
que a todos se nos dio y nos apresuramos en malvender.
PETER CAMERON: "Algún día este dolor te será útil"
No cometeré el error de empezar equiparando esta novela a
“El guardián del centeno” de Salinger, que bien se ha ganado ser el referente
casi inevitable para comentar cualquier novela (y no solo americana) que aborde
los traumas del tránsito de la adolescencia a la vida adulta: esta es igual o
de buena, o mejor. James Sveck, es un chaval que acaba de terminar el
instituto, tímido, incapaz no sólo del contacto sino de reconocerse su propia
sexualidad, casi sociápata pero, como
tantas personas de su perfil, llenos de ansia de comunicación frustrada. A
punto de empezar la “nueva vida” de la universidad, ha proyectado en un aspiración
al ascetismo (retirarse a una zona rural de Estados Unidos para vivir solo y
tener un trabajo modesto que le permita leer el mayor número de horas posible)
su extrañamiento ante la amenaza del mundo institucionalizado (del que ya tiene
una traumática experiencia en su participación en “El aula norteamericana”, uno
de esos empalagosos certámenes para estudiantes brillantes para adocenar sus
mentes y dejarlos listos para el matadero del sistema, del que no podrá sino
huir literalmente hasta tener que ser buscado por la policía) y, sobre todo, de una falta de asideros en un entorno
afectivo en que solo el afecto de su abuela se le aparece como el único acceso
a la autenticidad. Y en realidad poco más hay que pueda servirle: ni la vida
sentimental de unos adultos cuya agobiante soledad les lleva a cometer errores
o fabular idealismos irrisorios (el absurdo matrimonio de su madre divorciada
con un ludópata, el desespero de John, el negro homosexual con el que trabaja
en el museo de su madre, por encontrar pareja, al que, en uno de esos actos que
delatan la desorientación y el absurdo vital, acabará haciéndole daño tras
fingir una identidad suplantada en internet en la que parece repuntar su propia
ansiedad por encontrar su identidad afectiva), el esnobismo que representan la
galería de arte en que su madre le obliga a trabajar, un auténtico catálogo de
despropósitos de ese arte moderno que necesita explicaciones simbólicas para
ocultar su mediocridad (las grandes “obras maestras” que albergas son cubos de
basura y esos irritantes engendros del “arte pobre”) o su hermana Gilian,
envanecida tras su relación con un profesor universitario casado (y
progresivamente irritante y mezquina en su comportamiento) y un padre yuppi y
satisfecho de su condición de triunfador, que se hace operaciones de cirugía estética
y compra zapatos caros a la vez que intenta dárselas de comprensivo y padre
moderno y disimular inútilmente su indiferencia, o los placebos tramados por
esa sociedad para huir de su absurdo (las sesiones con la psicóloga Adler,
llenas de momentos cercanos al “diálogo de besugos” (pero también de
intuiciones de no premeditada hondura por parte de James, al reflexionar sobre
su soledad o los límites del lenguaje para expresarse) y en las que el autor
probablemente toque techo al abordar el tema de la memoria del 11S en los
neoyorquinos, denunciando valientemente su conversión en tópico necesariamente
traumático (es para la psicóloga, pregunta obligatoria y clave a tener en
cuenta para explicar su desnortamiento) y su conversión en pretexto para un victimismo
complaciente que, claro está, siempre puede utilizarse para justificar las
faltas éticas de la vida social y política. El final es quizá un tanto
descafeinado e impide que la novela sea completamente redonda (le ponemos
“solo” un 9) pero aquí no os lo revelo... . En cuanto a cuestiones formales, una novela totalmente yanqui en
cuanto de bueno (mucho) puede tener el concepto: quizá poco “arty” en el uso de
la lengua, de nulo o escaso lirismo, pero lleno de espontaneidad, talento para
la ironía y esa sensación de estar desde la primera línea ante algo verdadero
de las mejores páginas de Carver, Wolff o el citado Salinger. Le guste al autor
o no, de cabeza al “aula norteamericana”.
Pedro Antonio González Moreno: "Anaqueles sin dueño"
Suscita este nuevo libro de Pedro A. González Moreno, nada más empezar a leerlo, una “pega” que en realidad será la última que podrá planteársele: se echa de menos, en la dedicatoria inicial, que no se especifique quiénes son Pedro José y Enrique Moreno y por qué es pertinente dedicarles estos poemas. Creo que en este libro, además de una dedicatoria, es necesaria una advertencia para “espantar” a dos tipos de lectores de potencial igualmente nocivo: el “sensacionalista” y el “culturalista” que busque el dato erudito sin prestarse al esfuerzo de ahondar en la realidad humana que lo ocasiona. Revelando quiénes son los citados se revela de entrada que esta no es lírica culturalista (que puede ser, por otra parte, tan digna como cualquier otra), que si el poeta ha elegido el tema del suicidio es porque se corresponde con su fondo vital más sangrante y hondamente sentido y le servirá, ante todo, para profundizar en viejas obsesiones que han ido tomando forma en libros anteriores (la muerte, el paso del tiempo, el arraigo en la afectividad que intenta salvarlos y la poesía como posicionamiento ético y vital ante esa incertidumbre). En cuanto al contenido de la obra, digamos primero lo más importante: Anaqueles sin dueño es un tratado sobre la piedad lo que, si faltaran otros méritos, lo convertiría de entrada en un libro digno, sobre todo porque no se resigna a ser conciencia propia, delicadeza individual, sino que aspira a crecer en los otros y crear en el lector una necesidad de empatía. Esta llamada ininterrumpida a la conmiseración es el eje del libro y la clave que nos permite interpretar la gran cantidad de prismas desde que se afronta el hecho del suicidio: el que el acto “luctuoso” reciba una intensa poetización que lo salva de su sordidez (la muerte de Goytisolo en El salto es casi éxtasis o rapto místico: La perfección./Herir el aire,/trazar la línea exacta del regreso/abrazarse el abismo para saber si algo/continuará elevándose), que se apele a la comprensión del dolor íntimo del asesino de sí mismo (Pero París no mata, nunca mata/tampoco la estricnina. Sólo mata el desprecio/Y el dolor. Y el olvido), que el suicidio se justifique como un acto estético (De la turbia belleza), ético (destinado a salvaguardar a la vida de su tránsito a la indignidad, como ya nos instruyó Séneca, en El ruido de un sable o Sólo deriva) y hasta epistemológico (el deseo de saber, de ir “más allá” de las apariencias de la realidad que en Orillas del Ouse da una sugestiva vuelta de tuerca a un tema tan hecho lugar común como el suicidio de Virgina Woolf: ¿Cómo será la última mirada desde dentro/del agua? ¿Cómo el último/brillo, ya sin color, de la materia,/la levedad de un cuerpo que va hundiéndose), el que se eleve al suicida a la categoría de símbolo de la condición humana (Con nombre de erosión), el que, pese a dejarse arrastrar en ocasiones por el decadentismo o la fascinación del delirio y la enfermedad (Desde los terraplenes del insomnio, Calendario roto), se imponga cierta esperanza con la presentación de un mundo sensible hacia el que va a morir (los puentes de París sobrecogidos por la desaparición de Celan)o que se reivindique el auténtico (aunque frágil) amor a la vida de estos poetas, mostrando las últimas oportunidades que son capaces de concederle a la existencia antes de arrancársela (Se ha asomado primero a la ventana/para ver si aún el mundo/sigue siéndole ajeno/y ha visto un turbio mapa de calles donde huele/a pólvora de despedidas, antes del pistoletazo de Larra) o que finalmente, se presente el sucidio como un acto tan “fácil” que parece casi exigido por la propia inercia del vivir (Una llama en el agua). Un poema excelente como Último amanecer, sobre Sylvia Plath, serviría de síntesis de todo lo anterior: la muerte en una mañana de sol como “antídoto” al tono lúgbre esperable, la directa implicación del autor (si es preciso nos ahorcaremos con la misma soga), el último acto de amor inútil del desayuno a los niños….sencillamente impresionante. Las muescas de pura humanidad son tantas, y tan brillantemente defendidas, que la posible indolencia y cinismo del autor quedan sin cobijo posible y no tienen más remedio que firmar su rendición. Junto a lo comentado, el lector atento y mínimamente versado en la poesía del autor encontrará múltiples guiños a su mundo creativo, ya sea a nivel de ideas (la manifestación de la decepción ante un oficio poético que es pura ortopedia de la vida que no ha sabido reproducir, en Formas de la negación o La noche del visionario) o de simples imágenes (en la descripción del interior de Costafreda como un caserón desolado de Danza de fantasmas no podía faltar un desván(…)con su olor a baúles, con su danza de sombras/ y su lenta deriva/de cosas muertas…). En cuanto a técnicas compositivas, es necesario comentar estrategias tan hábiles como la creación de poemas a partir de versos suministrados por los autores que se retrata, con lo que se consigue, por lo menos, estas dos certeras dianas: la generosidad de permitir a los poetas participar de su propio epitafio y dotar al libro de una densa atmósfera dramática de “continuación” de la obra poética que decidieron abortar, cuyas fisuras va completando el autor con un poso de tristeza impotente. Y, al igual que en los poemas del breve Dodecaedro, son frecuentes los casos de “contagio”, el que la semblanza de un determinado poeta lleve implícita la asimilación de sus señas de identidad creativas (en Instrucciones para no perderse en un sueño, el versículo, los elementos irracionales y oníricos o la concepción del poeta como “visionario” se ajustan al retrato de un surrealista, los elementos de vanguardia lúdica pero traspasada de compromiso social al de Maiakovsky en La rosa nueva). Consignar finalmente que, una vez más, la estructura del libro vuelve a ser la más sabia: antes de la sucesión de baldas y autores malogrados, el Prólogo ha introducido el sobrecogimiento que aguarda al lector con esa presentación de esa librería como un organismo “vivo” a costa del desgarro nunca salvable de quienes la pueblan, Estantería y Anaqueles sin dueño, que alguien podría rechazar como simple reiteración de lo que va exponerse, quedan justificados en la posición introductoria que ocupan (son anticipo, no repetición) y en la altura emocional de su imaginería (…están todos/los que bebieron sed y nunca se saciaron/los que bebieron frío y escupieron cal viva/los que alumbraron con alcohol las noches/baldías de su almohada (…)o los que prefirieron, sorbo a sorbo,/beberse el aire hasta sentir por dentro/el roce de la luz, su quemadura) y el Epílogo se hace depositario del hermanamiento emocional mostrado durante todo el libro con la decisión del poeta de enrraizarse en esos muertos pese a la hipotética perturbación que aporten a su vida, gesto que, sencillamente, los reintegra de nuevo entre los aún vivos: Al llegar cada tarde, cuando vuelvo del mundo/salen a recibirme con sus manos, aún tibias/que nunca se acostumbran a morirse del todo; y a veces me preguntan/cómo sigue la vida por la calle,/si la avena está alta o si germina/el último poema que dejaron escrito…Un último escalofrío para uno de los pocos libros auténticamente redondos (en contenido, forma y estructura) que nos ha regalado la última poesía española
Flavia Compnay: "Que nadie te salve la vida"
Aparte del placer de conocer por fin a esta excelente
narradora de origen argentino afincada en España, de amplio predicamento entre
la crítica (Ángel Luján me ha recomendado sus Trastornos literarios, un
conjunto de microrelatos que ironizan sobre las patologías literarias y a la
vez ejemplifican las diferentes figuras retóricas…quién sabe, quizá me serviría
para clase), es reconfortante encontrar una novela en que las referencias
literarias no son un puro farol: durante el desarrollo de una trama apasionante
se citan a Patricia Higsmith y su “Extraños en un tren” y al clásico “Crimen y
castigo” de Dostoievski. Bingo: he aquí un libro con lo mejor del thriller
intrigante con calado ético y moral a lo Higsmith y la temática ,no solo
“dostoievskana” sino de la mujer literatura rusa en general, de la redención y
la culpa final e insólitamente enriquecida por la intervención del azar. Enzo,
el protagonista de la novela, hombre solitario, mujeriego, que ha afrontado su
existencia con una evidente frivolidad (como delata el hecho de que donara su
semen para que una mujer lesbiana casi desconocida, a la que conoce por asuntos
de trabajo, pueda ser madre junto a su pareja) justo nada más conocer su
sentencia de muerte prematura por una enfermedad deberá enfrentarse a una
angustia aún mayor que la de la desaparición: la de verse abocado a un acto
capaz de desbaratar toda la integridad de su existencia, a resultas de la
“deuda” contraída con Víctor, emblema del hombre sin escrúpulos cuyas
relaciones humanas y sentimentales (especialmente su matrimonio con Rosa, cuyo
destino final queda en el aire después de que esta intuya ciertas “sombras” en
el pasado de su marido) se reducen a contrato y cálculo y para los que las
emociones auténticas son un incomodo pragmático, quien le salvó de una muerte
absurda en su juventud. El pago no puede ser más cruel: que Enzo le quite de
encima, aprovechándose de su inminente muerte y la impunidad de que ella le
reviste, una vergüenza del pasado, una mujer a la que violó en su juventud que
se cierne como el único ángulo de sombra capaz de perturbar una carrera de
éxito económico y social; atrocidad que el agonizante comete no sin reservarse
la mínima posibilidad de redención de una carta dirigida a su hija biológica,
Berta ,quien, ya adulta, heredará el remordimiento paterno y la necesidad de
perdón por medio del encargo de hacer llegar sus “disculpas” al hijo de la
fallecida. La autora tensa magníficamente la intriga sobre el contenido de esta
carta fatídica y cómo el personaje de Berta la va asumiendo progresivamente
como un elemento que perturbará a perpetuidad su existencia, como delata en el
aire de ceremonia (la compra de un antiguo abrecartas para abrir el sobre, tras
días de debate íntimo sobre si hacerlo o no, similar al mantenido por sus
“madres” durante los años en que se vieron obligadas a custodiarlo) del que
rodea su lectura y que le va haciendo asumir la presencia del padre muerto e
inexistente a través de un vínculo tan indestructible como la culpa. Company
resuelve magistralmente una trama que ya había conseguido convertir en
apasionante por medio de la introducción del elemento de azar que sirve para
relativizar nuestra creencia de que la vida puede ser dirigida por medio de
actos de voluntad y decisiones morales.... pero esto no os lo cuento. En fin, una excelente novela,
rusa, americana y “greeniana” que no puede sino sumar a su autora a mi agenda de
lectura personal.
José Moreno Villa: "La música que llevaba"
La Generación
del 27 (pues en ella se debe incluir a este autor, por afinidades personales y
poéticas con este grupo, sólo unos años mayor que el poeta senior, Pedro
Salinas) sigue deparando sorpresas que animan a revisitar su canon para
descubrir que sus poetas menores no lo son en absoluto, salvo en la comparación
con la talla desmesurada de los clásicos de la época. Moreno Villa, más pintor
y dibujante que poeta, tiene una obra estimulante y variada que atraviesa todos
los hitos líricos de su momento histórico desde la poesía pura y el
neopopularismo a la poesía del exilio, pasando por el talento extraordinario de
sus libros vanguardistas.
Su primer libro,
Garba (1913) da ya muchas pistas sobre sus próximas líneas de evolución:
los poemas sobre el mar, sobre el que se vuelcan anhelos espirituales (Grandeza)
anuncian al Juan Ramón Jiménez de Diario de un poeta recién casado y
forman parte de una línea de observación trascendente de la naturaleza (Fuego),
a menudo perturbada por la violencia y la crueldad del hombre (Hombrada, En
la serranía, que debió ser fuente directa para el Romance de la guardia
civil de García Lorca) e incluye ya muestras de un neopopularismo
especialmente afectivo (Reconocimiento). Tras el aburrido El pasajero
(1914), Luchas de penas y alegría (1915) resulta un libro sumamente
original, con el planteamiento de la pena y alegría como dos sentimientos
personificados en mujeres entre los que el poeta oscila, cantando a la
incapacidad de liberarse de la melancolía (III,XVII), despreciándola en una
peculiar canción de alba (VI), invocando a la presencia salvadora de la alegría
(V, VII, X), traicionándola por el regodeo en su tristeza esencial (XV) o
defendiendo la complementariedad y existencia simultánea de ambas (XIII). Colección
(1924) es una obra de transición en la que destacan algunos epitafios y poemas
ligados a un sentimiento elegíaco o una intensa tristeza (Extrañeza,
Testigo, Congoja).
Jacinta la
pelirroja (1929),
ligado a su entrega apasionada al arte vanguardista en aquellos años, es su
obra maestra y parte de esa tradición de libros “marcianos” del 27 que incluye Cal
y canto de Alberti o La flor de Californía de Hinojosa. Escrito como
cura de una dura relación sentimental con una norteamericana que acabó en
fracaso, compone un peculiar cancionero petrarquista llena de
referencias a la modernidad (la literatura europea, la música jazz, la
política) con toques de irracionalidad y un dominio admirable de la ironía.
Entre otros muchos destacan Comiendo nueces y naranjas donde lo anecdótico de la relación (tema esencial
del libro) apunta a una poesía existencial sobre la juventud y su degradación, Al
pueblo sí, pero contigo o Jacinta se cree española donde parece
homenajear e ironizar a la vez sobre su vena folklórica y populista, textos de
un escepticismo vital a caballo entre el desenfado y una leve melancolía (Observaciones
con Jacinta, Jacinta empieza no comprender… Sí…pero/debajo de los muebles,
detrás de las cortinas/en el fondo del baño, sobre el lino nupcial/kilómetros,
millas de aburrimiento) o Israel, Jacinta lúcida exposición del
problema semita a pocos años de los totalitarismos europeos. La segunda sección
del libro, de una poesía más herméticamente vanguardista que intenta llevar a
la literatura técnicas de su adorado cubismo, pierde parte de su encanto, salvo
excepciones como el imaginativo D. Por desgracia es esta la línea que se
impone en su siguiente libro, Carambas (1931) y en Puentes que no
acaban (1933), salvando la brillante exposición de conciencia cosmopolita
de ¿Por qué el mundo no es mi patria?. Vuelve, sin embargo, a ser
brillante el por desgracia poco representado Salón sin muros (1936),
sobre todo en su poema titular, un poema donde reflexiona sobre la soledad y su
desdichada vida sentimental en un tono logradísimo de coloquilismo y nuevo
dominio maestro de la ironía. El inicio de la guerra supone la obligatoria
contribución a la lírica comprometida con los Romances de la guerra civil
(1937), una prueba del que sale airoso el poeta con textos que saben eludir lo
panfletario y conseguir una enorme expresividad dramática tras la que apunta la
guerra como absurdo: ahí están las descripciones espeluznantes de Madrid,
frente de lucha, el retrato del miliciano, entre el desarraigo y la fe en
unos ideales, de El hombre del momento, el manifiesto de literatura
comprometida de Frente (Ya no valen literaturas;/este el frente duro
y seco) y los tonos casi apocalípticos de Terrores y El avión
nocturno (Ven y hunde, destroza y quema/salgan cunas por las
ventanas/rueden ancianos impedidos/hasta la calzada).
Poemas escritos
en América
(1947) sintetiza la producción de sus años de exilio en México, donde llegó
recogido por Genaro Estrada, con cuya mujer acabará casándose tras su muerte.
Junto a poemas experimentales como ¡Porteros¡, que mezcla el alejandrino
clásico para fundir el domino de la espontaneidad coloquial con la soledad, la
fe en el arte o la esperanza perenne en un cambio de suerte, el tema esencial
es el de la paternidad, a raíz del nacimiento de un hijo ya en edad madura que
Moreno Villa relaciona con un pulso personal contra el tiempo (Coloquio
paternal, A mi hijo). Surgen también el dolor del exilio (Aquí estoy),
la fascinación por lo popular (Lavanderas), un impetuoso erotismo (Cuerpo),
una observación de la naturaleza para volcar anhelos de totalidad (Aire)
, una imaginación desbordante (Parque selvático) o su independencia y
superioridad sobre la condición humana (No es por nosotros). La
apasionada entrega a la escritura como forma de salvación (Para desviarte)
no evita un dramatismo de tono irracional donde el autor encuentra sus mejores
versos, como en En hora fea, La cara completa o posiblemente el mejor,
el perturbador e insólito Las esquinas (porque la ciudad es un congreso
de esquinas…). Los poemas sobre la asimilación de la cultura y la mitología
del país de adopción (Canciones a Xochipili) son interesantes pero más
puramente anecdóticos. Finalmente, Poemas finales es un añadido del
editor Juan Cano Ballesta (excelente trabajo el suyo, con un ensayo lúcido y
esclarecedor sobre su biografía y cada paso evolutivo de su producción lírica)
que incluye poemas escritos entre la publicación de la antología en 1947 (a la
que se nombra con un verso de San Juan de la Cruz) y la muerte del poeta en
1955, donde tienen un papel fundamental la cada vez más creciente añoranza por
el país y la juventud perdidos (Carta de un desterrado, Hacia la casa
dormida), la suplantación de la naturaleza por un entorno urbano opresivo (Ansia
de campo) y una joya final como Ya me cansó la imagen del invierno,
uno de sus “falsos sonetos” donde destroza el tópico poético de la comparación
entre la vida humana y el ciclo de las estaciones (No hay paridad entre mi
ser y el año./Cuando el hombre caduca se termina,/no vuelve a la niñez y juventud./Vivir no es repetir .cuatro
estaciones./Vivir es consumir las cuatro etapas/y a veces sólo tres, o dos, o
una./No hay rotación posible…)
Elizabeth Barrett Browning, "Sonetos de la portuguesa"
Con el miedo con que se metería una piel de bebé en el agua,
con el terror de que se deshaga el espejismo de la pureza (perdón por la
cursilería), así se lee este mítico poemario de Barrett Browning (aquí el
apellido de casada es más pertinente que nunca, por cuanto tienen estos textos
de voluntaria y encendida rendición al hombre amado, que quizá no guste a las
feministas furibundas pero es parte esencial de cualquier amor que aspire a ser
tildado de auténtico). Hay que conocer, incluso profundizar en las
circunstancias personales de su autora, sus años de encierro y enfermedad, su
segura certeza de que nadie la querría jamás, para comprender cómo se afronta
el amor en estos poemas, con esa sensación de don no merecido (que se agradece
continuamente con una emotividad que desarma), de voluntad de enajernarse a lo místico en él,
de saberse insólitamente rescatada del
dolor, una gratitud que no evita el pánico a que se deshaga el espejismo y
vuelva la vida a su inercia de sombra. El libro en su conjunto es conmovedor
(más aún cuando sabemos que la autora se los ocultó al propio Browning con la
inestimable ayuda de la máscara ficticia, inspirada en la amada que había
encendido los versos del portugués Camoens pero también guiño doméstico porque
al parecer Browning llamaba cariñosamente “la portuguesa”, por su afición a
estos textos, a su mujer, y que sólo se los dejó ver, y con él a la posteridad ,después
de que el inglés se diera cuenta inmediata de su calidad literaria, cuando pretendía
ayudarlo a superar un trance personal difícil tras la muerte de su madre) y
compone uno de los más “altos” poemarios de amor de todos los tiempos (en la
propia tradición inglesa, Shakespeare o Keats podrían verse en entredicho como
mejores sonetistas de su lengua), parte inequívoca de una tradición
petrarquista ya feminizada por autoras como Vitoria Colonna (la dedicatoria a
un solo hombre, la infravaloración personal ante lo amado (el grito de mis grillos contra tu mandolina…ejemplo de que un poema
en un verso cabe, como nos recordaba Bécquer), el primer y último soneto con
valor de prólogo y conclusión, alusión a determinados tópicos de la tradición
trovadoresca también retomados por los renacentistas como la “senhal”, falta
quizá el “vario stilo” a causa del efecto uniformador de la utilización
exclusiva del soneto) y a la vez innegablemente original y moderno (porque la
autenticidad emocional hace que cualquier viejo sentimiento se lea como recién
aparecido en la tierra), pero deja algunas piezas que, aisladamente, despuntan
como joyas rotundas: la rotunda defensa del amor “per se”, por encima de los
refinamientos (que Barrett sabe en el fondo superficiales) de la inteligencia y
la virtud del XIV, el nuevo vuelo poético que alcanzan los citados tópicos de
la tradición (el soneto sobre las cartas, el tópico para nosotros quevedesco
pero antes clásico del amor que se sobrepone a la muerte (XLII) y especialmente el de la “senhal” en forma de
rizo de cabello: pensé que lo cortaran
tijeras funerarias,/mas el Amor lo hará… Tómalo tú…/encuentra de aquel tiempo,
indeleble e intacto,/el beso que al morir, dejó mi madre en él), el
sentimiento de culpa por el agravio de no saber intuir el presagio del amor
entre la obviedad del sufrimiento (mítico soneto XX), la tenacidad con que
llega a negarse la condición mortal sólo porque engendra dolor para el amado
(XXII), el amor como confirmación de los espectros de idealismo con que se ha
conjurado la tristeza (XXVI), el reto para el amado de que su persona pueda
suplantar su existencia entera, no su luz sino (he ahí lo meritorio) su parte proporcional de sombra (XXXV)… en fin,
cada uno puede elegir sus predilectos de este florilegio inacabable. Preciosa
edición en la editorial Torremozas, cuya existencia preserve el destino por
años e impecable traducción (o eso le parece a un profano como yo) de la
filóloga madrileña afincada en Estados Unidos Marta Porpetta.
CHRISTOPHER ISHERWOOD, "Adiós, Berlín"
Isherwood es uno de esos escritores que presenta un perfil
biográfico y artístico que no pueden sino atraer de inmediato: británico
cosmopolita, amigo de Auden (con quien llegó a escribir obras en colaboración),
de una permanente inquietud intelectual que le llevó a militar en ideologías
tan dispares como el comunismo y el hinduismo espiritualista de sus últimos
años (llegó a escribir una biografía de Bhagavad-gita), de obra breve pero
excelente en la que despunta la Trilogía
berlinesa (amén de la homoerótica Christopher
y su gente) que inicia esta novela y que dio base argumental a películas
tan conocidas como Cabaret. Genial
desde su misma indefinición genérica (la obra se podría leer como una colección
de narraciones breves interrelacionadas pero a la vez autónomas entre sí y a la
vez como una novela gracias a los hilos de coherencia temática y estilística
que existen entre ellas), el libro combina la mejor literatura autobiográfica
con el atinado retrato de la decadencia de una cultura y un entramado
histórico, el Berlín (y por extensión toda Alemania) de entreguerras, en el que
se empieza a descomponer una superficie fascinante de bohemia, vida nocturna y
efervescencia cultural bajo el cual se ha ido labrando, de forma casi
inadvertida pero implacable, el monstruo del totalitarismo cuyas consecuencias
no hace falta glosar. Este proceso concreto de corrupción social y política
está perfectamente dosificado por el autor: se apunta ya en la primera parte
del Diario berlinés(en la que
Christopher contacta en una pensión con varios personajes del mundo nocturno,
prostibulario y pseudocultural de la ciudad, por medio de personajes como la
cantante Fraulein Mayr capaz ya de actos de extremo sadismo contra los judíos
que aún quieren emascararse con “motivos personales”… parte en la que, por
cierto, mejor se aprecian las cualidades descriptivas y poéticas del estilo de
Isherwood (“maestro en la construcción de la frase y del párrafo, con un
infalible sentido del ritmo y del fraseo narrativo”, lo califica
acertadamente Javier Alfaya) que luego
se echan un tanto de menos y reparecen plenamente, en otro acto de coherencia
estilística, en la parte final del diario), se sostiene mediante personajes
aislados como el médico de En la isla de Ruegen y el Lothar de Los Nowak, caso especialmente aterrador
por ilustrador la capacidad del fascismo para seducir a personas esencialmente
bondadosas, con sentido de la responsabilidad civil aunque escasa inteligencia
que se convierten en verdugos a los que apenas se les puede reprochar nada por
ser decididamente bientencionados, tiene su ejemplo más sangrante en el
asesinato del empresario judío que se narra en Los Landauer (a mi gusto, y a pesar de su trascendencia para el
conjunto de la narración, la parte menos lograda del libro) y culmina en la
agobiante sensación de derrota, punteada de escenas de creciente violencia e
inhumanidad, que transmite la última
parte, tras la que solo queda el abandono de la ciudad por parte del autor
entre el más absoluto desencanto. Redondean el conjunto dos “novuelles”
perfectas y plenas de emoción: Sally
Bowles, (que reparece como “personaje de reparto” en la parte de los
Landauer, en una suerte de “nudo balzaciano”), desnortada niña bien inglesa, el
personaje que más justificada fascinación ha despertado entre el reparto de la
novela de Isherwood, comparable (en perfil humano e impecabilidad de su retrato
) a una Holly Hunter de Truman Capote, muchacha esencialmente bondadosa, llena
de espontaneidad e ingenuidad encantadora, cuya fragilidad y nulo talento
artístico, pese a sus delirios de diva, la aboca a una vida no explícitamente
asumida (pero finalmente efectiva) de prostitución y dependencia de los hombres
(edificante episodio del millonario que la seduce, y en parte también al propio
Christopher, para finalmente abandonarla), que entabla con el escritor una
relación de sentimientos ambiguos y llenos de alternativas (el rencor y hasta el afán de revancha, dejándola en
manos de un timador y arribista a la caza de jóvenes con ansias de triunfar, de
Christopher tras ser depreciado por ella en uno de sus momentos de
envanecimiento ) hasta que desparece, disolviéndose en el aire de
provisionalidad que envuelve su existencia y En la isla de Ruegen, otro inquietante retrato de joven adinerado
lastrado por inseguridades y traumas personales alimentados en la familia, las
instituciones educativas y el conservadurismo cultural (más complejo e
interesante que los perfiles más planos de niños pijos y caprichosos que había
tenido Isherwood como alumnos de inglés en la primera parte de la novela) que
entabla una relación homosexual de dependencia patológica con Otto, bisexual,
vividor y hedonista que se venga continuamente del acecho y el amor castrante
del otro en una recaída continua en el desprecio y la infidelidad hasta el
abandono definitivo, motivo que enlaza con Los
Nowak, un memorable aguafuerte de histeria doméstica (alcoholismo, intensas
relaciones filiales de amor y desprecio, rendición al efecto manipulador de las
ideologías fascistas en el citado caso de Lothar) narrado durante la estancia
del escritor en la casa del joven que va apuntalando el ritmo de agobiante
desesperanza que ya no decaerá hasta la conclusión del libro. ¿Algo más que se
pueda añadir para rubricar la sentencia de “obra maestra”?: sí, que la
traducción la realiza Jaime Gil de Biedma.
