CHARLES BAUDELAIRE: "Pequeños poemas en prosa"






¿A quién pertenece en justicia la autoría y el derecho de patente de un género literario, a quien lo inventa o a quien escribe en él su primera obra maestra, la que pone en evidencia todas sus posibilidades expresivas y queda como referente inevitable para sus posteriores practicantes?  Baudelaire no intenta hacer pasar el poema en prosa como un invento suyo, no niega la impronta ni de la teoría romántica del hibridismo de género (aquí plenamente lograda en la intersección de lo lírico-descriptivo, la hondura reflexiva y la anécdota narrativa, con el contraste de registros de estilo que supone) ni del francés Aloysius Bertrand (cuya influencia glosa en la carta inicial a Arsenio Houssaye que hace las veces de prólogo) pero lo escribe con tal brillantez, en poemas que tan poco le tienen que envidiar a Las Flores del mal ni en calidad literaria ni en  condición reveladora de la personalidad y las constantes obsesivas de su creador que, lo dicho, existe la tentación de considerarlo directamente una aportación suya (otra de tantas) a la historia de la poesía universal. Estos pequeños poemas en prosa son el enésimo intento del poeta parisino de crear un proyecto personal para conjurar los demonios del hombre (al menos los del hombre, plenamente persuadido de su vulnerabilidad como tal, que él era) que no son ni el demonio, ni el mundo, ni la carne (al menos el primero y el tercero bastante gratos a su persona y su identidad artística) sino la sensación de extrañamiento y desarraigo(¿Qué es, entonces lo que amas, extraordinario extranjero? Amo las nubes… las nubes que pasan… allá lejos… las maravillosas nubes, se nos dice ya de forma muy reveladora en el primer texto y considerados inclinación espontánea antes del mal aprendizaje del mundo en Las vocaciones) y la misantropía (culminación del desengaño de los afectos humanos, sean amorosos o de simple amistad,  en poemas como Los ojos de los pobres o La moneda falsa), inseparable de cierta tendencia patológica a la insatisfacción por todo y por todos (Los proyectos, En cualquier parte fuera del mundo) y una vivencia incoherente de los propios deseos (¡Ya¡)  que se impone al margen de la lucidez para desvelar nuestra miseria. ¿Sus armas? Las clásicas de su genialidad y de toda sensibilidad  y capacidad de intelecto que aspire mínimamente a lo auténtico: el acercamiento afectivo a los marginados y los débiles (La desesperación de la vieja), a menudo como la salvación en lo espontáneo frente al artificio del mundo reglado (El juguete del pobre)  pero no reñido con una vena corrosiva y crítica que roza el arte de la crueldad de un Jonathan Swift (por poner el ejemplo más brillante) y pretende no dejarles acomodarse en la autocompasión, ni mitificarlos “per se” (ahí está la terrible anécdota luctuosa que se nos narra en La cuerda, el más colindante con el simple relato frente a la reflexión lírica) ni caer en la trampa de la caridad que es parte esencial de la hipocresía de los poderosos (memorable el titulado ¡A los pobres, matémoslos a palos¡) la capacidad de crear atmósferas a partir de la sugestión emocional y el talento para la sublimación idealista del mundo, indistintamente aplicados a la naturaleza, el erotismo o la simple observación de la cotidianidad (todas radiantes en El aposento doble y otros textos como El loco y la Venus, Un hemisferio en una cabellera, Las ventanas, El deseo de pintar, ¿Cuál es la verdadera?, El puerto), la necesidad de provocación (más impulso irracional incontrolable que decisión consciente en textos como El mal vidriero), la posesión de la sutileza (léase aristocratismo) de espíritu suficientes para ser un hedonista de la soledad , especialmente en el refugio romántico de la noche que consuela la opresión de la vida diurna (A la una de la madrugada, El crepúsculo, La soledad), el tiento al mal en busca de una aproximación honesta a sí mismo frente a la simulación de la virtud (El jugador generoso), el canto al exceso, a la intensidad entre los límites timoratos de la cordura que nos desustancian la vida (Embriagaos), un humor que además de inteligente tiene la valentía de ser sincero y desvirtuar la trascendencia que se autoimpone como artista (Pérdida de aureola)… y otras tantas que espero me cuente algún lector más incisivo y atento porque este libro, como cualquiera de su autor, tiene tantas vidas y tantas lecturas como personas que se acerquen a él con la humilde intención (expectativa imposible de frustrar) de enajenarse de la propia. 

3 comentarios:

Carmela Sel Assabe dijo...

Es grato comprobar que los efluvios a tu espalda, Rafael, llegan a tu cerebro y tu corazón. "El spleen de París"(editorial Fontanara, 1979) te ha acompañado varias cenas y tarde o temprano tenía que manifestarse (esta vez al contrario que en "El perro y el frasco").

Rafael Escobar dijo...

Charles siempre está conmigo desde la adolescencia, Carmen, así que no me extraña que me estuviera también discretamente observando como un ángel tutelar en nuestras cenas. Qué ilusión me hace tu comentario, Carmen, bien sabes que Baudelaire no merece la indiferencia. Un abrazo.

Unknown dijo...

Precisamente estos días estoy escribiendo cosas sobre la melancolía en el cine. El cine como arte del tiempo y, sobre todo, del paso del tiempo. Y Baudelaire, con Verlaine, Hölderlin y otros son mis fuentes de inspiración. Por cierto, la voz inglesa spleen viene del griego clásico splên, que quería decir bazo, porque el este órgano era supuestamente el que segregaba la bilis negra o melancolía.
Fdo: Pablo Pérez de Montijo

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