DOS REVISIONES MODERNAS DEL MITO HOMÉRICO: "La tejedora de sueños" de Antonio Buero Vallejo y "Último desembarco" de Fernando Savater













La tejedora de sueños es otra muesca genial más en la trayectoria de Buero y la evidencia, por si era necesaria todavía alguna más, de su infinito talento para convertir ambientaciones históricas y culturales (por ejemplo, Las Meninas… y eso me recuerda que debería leer, entre otras muchas, La detonación) en metáforas de calado universal. Sin prescindir del aura clásica, el autor se permite ciertas libertades sobre del texto homérico para adaptarlo no sólo a la visión del mundo que quiere transmitir sino a las obsesiones más particulares de su mundo literario (la conversión de la nodriza Euriclea en una de esas “ciegas con percepción” que tanto abundan en su obra, como una anciana entregada a la premonición intuitiva de la tragedia antes de que esta se consume), tales como la figura del pretendiente ético Anfino, ligado por lazos afectivos a Ulises (hijo de un lugarteniente suyo)y ,desde la humildad de su condición de desclasado social frente a la soberbia jerárquica, del resto de aspirantes a la mano de Penélope, capaz de vivir el amor con una inocencia y noble capacidad de entrega que le hace sobrevivir a la ficción de la fidelidad amorosa de la reina y el abierto desprecio de Telémaco, incapaz de perdonarle la devoción que por él siente Dione, la mujer a la que ama obsesivamente, y una supervisión paternal que es una ofensa para su necesidad adolescente de reafirmación viril (además de, se sabrá después, su cierta intuición sobre la pasión correspondida que profesa a su madre). Y el uno y el otro no son sino antesalas del extraordinario trabajo de desmitificación y adaptación a una sensibilidad ética y social modernas que realiza con el personaje de Penélope: antípoda de la mujer sumisa, la esposa fidelísima o de la soñadora impenitente (de ahí el título de la obra) que da primacía a la fabulación de un amor perdido frente a las exigencias puramente pragmáticas de su condición de gobernante de un país progresivamente arruinado por la inmoralidad de sus pretendientes (así la percibe Dione, única criada con cierta conciencia social, (de la que carece Penélope, aunque se le perdone por su coraje sentimental) capaz incluso de favorecer el matrimonio de Anfino y la reina y humillarse a la condición de “la otra” como única manera de favorecer un orden que conjure la amenaza de la ruina total), Penélope es una mujer consciente de sí misma, sabedora de su legítimo papel de víctima en un mundo en que las de su género son piezas de atrezzo que pueden arrinconarse ante cualquier mínima exigencia de la necesidad vanidosa de confrontación de los hombres (… la odiada guerra de Troya… culpa a la par de Helena y de los varones que la utilizan como pretexto para expresar su mezquindad y su falta de arraigo en los auténticos valores), que no sólo no juzga sino empatiza con Climtemnestra (astutamente, el mendigo-Ulises, cuenta nada más llegar la historia de Agamenón para comprobar la persistencia de la fidelidad de su mujer… trampa en la que ella, mucho más inteligente, no cae) y cuya astucia, el mítico ardid de la mortaja tejida y destejida a la noche, no persigue el engaño sino la realización de un ideal amoroso (sabedora de que solo Anfino resistirá, por la autenticidad de sus sentimientos, al tiempo de espera, se entrega a una trampa en la que está incluso dispuesta a arruinar el reino de Ítaca para que el resto no lo asesinen cuando se convierta en rey por considerar que ni su mano ni el lugar son ya un buen negocio). La conclusión de la obra es totalmente redonda: descubierta su estrategia, Penélope tiene que aceptar el concurso de arco propuesto por el “mendigo” en colaboración secreta con Telémaco, que ha descubierto hace tiempo la identidad de su padre, y, progresivamente eliminados los rivales, la reina se traiciona intentando proponer para Anfino una prueba más asequible que le garantice la victoria. Vengados los traidores por Ulises, Anfino confirma su rotunda dignidad personal dejándose prácticamente inmolar una vez han fracasado sus aspiraciones sentimentales y Penélope, aunque incapaz de acompañarle en ese destino que es la única posibilidad de autenticidad para su vida futura, antes de rebajarse al fingimiento del rol de esposa sumisa,  encuentra el coraje para reprocharle su odio, su cobardía por llegar al reino amparado en la protección de un disfraz que adopta a sabiendas de que el tiempo han minado tanto su belleza como su fortaleza física (la obra tiene una intensa vena existencialista que hace casi las funciones de subtexto de la reelaboración del mito clásico) y haber ejercido la venganza sobre un inocente que siquiera ha intentado defenderse… y hasta para la fabulación de un mañana utópico en que se respete la diginidad femenina… todo deliciosa y trágicamente entreverado (detalle genial) entre los cantos de una rapsodia que consagrará para la posteridad la falsa mitología sobre la perfección conyugal de Penélope.




 Último desembarco es la versión teatral de “La Odisea” del filósofo y escritor vasco que, por su capacidad para desmitificar el clásico y a la vez perpetuar su esencialidad como historia cuyo subtexto es la misma condición humana, merece contarse entre las mejores versiones contemporáneas de la épica homérica. Encontramos aquí un Ulises diametralmente alejado de su condición heroica, melancólico, desnortado por los azares trágicos y el dolor hasta el punto de perder la conciencia de su identidad y hacerse encarnar de forma dramática el nombre de “Nadie” que le había sugerido su astucia y su sentido de la ironía durante la famosa aventura de los cíclopes. En una playa de Ítaca adaptada a la escenografía de la posmodernidad (un chiringuito de playa que sirve bebidas y tapas en el que trabaja un camarero que se revelará finalmente como una de las metamorfosis de la diosa Atenea), va asistiendo a cómo el paso del tiempo ha sido implacable con la memoria heroica que en principio le pertenece: le llegan noticias de cómo Penélope (que no aparece en la obra), lejos de su rol de esposa casta y melancólica, disfruta con el cerco erótico de sus pretendientes y está a punto de contraer matrimonio, ve cómo Euriclea, retratada como un divertido vejestorio beodo, no le reconoce y confunde su identidad con la de otros personajes con los que no le había unido ese lazo en principio irrompible de la infancia y la primera inocencia y, decepción primordial, cómo su hijo Telémaco (que tampoco es capaz de reconocerlo), convertido en un intelectual regido por los firmes ideales del estoicismo y el “vanitas vanitatum”, se niega a caer en los tópicos del orgullo viril o el concepto externo de la honra (sabio, muy sabio…), asume con pasividad indiferente su inmediata pérdida de su derecho al poder y la riqueza a favor de una vida consagrada al descubrimiento interior y, más aún, da como buena la ausencia de su padre, al que ya no le une no sólo ningún afecto sino ninguna mínima posibilidad de empatía al imaginárselo como poco más que un arribista, un bucanero que surca los mares en guerras guiadas por la más vil ambición.  Y es precisamente este desprecio (concepto muy asociado a la revisión moderna de los mitos homéricos si recordamos, por ejemplo, la excelente novela de Alberto Moravia) el que actúa quizá de peculiar “electroshock” para que Ulises recobre su energía y, tras rechazar la eternidad que le ofrecía Atenea a cambio de la persistencia en una vida de continuo exilio (exterior e interior) , de Odisea alargada a perpetuidad y se decida a entrar a la ciudad dispuesto a una lucha por sus derechos conyugales, ecónomicos y políticos que no son sino un pretexto para la restauración de la propia identidad. 


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