Bien hace Jean de la Ville en comenzar esta novela con una cita
inicial de Cervantes sobre la fatalidad de tener que soportar en la vida a un
buen número de “plebeyos” (en el plano en que lo hace el autor del Quijote: no
en sentido de clasismo social y político, ni siquiera de intelecto, sino de
pura ética) que no hacen sino hacer bulto en el cómputo de la humanidad (se
nota que Cervantes es piadoso: habría que matizar que lo que hacen realmente es
daño), pues son los mismos que le arrebataron a él prematuramente la vida
(muerto en una acción militar de la IGM en la que, inexplicablemente, se alistó
de forma voluntaria) y al mundo una prometedora carrera literaria que ya había
dado sus primeros frutos (era también un notable poeta) y hacía suponer las mejores
previsiones, al margen del encanto de la inteligencia y la autenticidad vital
que tan bien retrata Mauriac, amigo y compañero de correrías en el París
modernista, en un prólogo lleno de admiración y afecto. Creo que es esta una
novela en dos actos, el último solamente agradable y simpático (el encuentro de
Jean con una joven, Elvire Barrochet, encantadora pero caprichosa y llena de
tics de niña de papá que remueve los sólidos cimientos de su atonía vital y con
la que tiene su única posibilidad de acceso a una vida convencional hasta que
lo abandone y el protagonista, con su mentalidad de sistematismo kantiano, pase
por todas los preceptos del desconsuelo amoroso (melancolía, caída en el
hedonismo desesperado) hasta un intento de suicidio... que aquí no os revelo si llega a consumar...) y el primero absolutamente memorable, capaz de
epatar a Melville o Goncharov en sus retratos ya clásicos de la abulia
existencial pero añadiéndole nuevos matices que redondean una impresionante
hondura psicológica: Jean Dezert es un Bartleby, o un Oblómov, inerte, incapaz
de toda iniciativa vital, espectador de una vida anclada en sus propios ritos
(como la cena diaria en un restaurante que le proporciona su único amigo, un
tal León Duborjal al que tan sólo escucha pasivamente y cuyo perfil de hombre
vitalista, pragmático y un tanto ambicioso parece anular cualquier posibilidad
de empatía), envuelto en una grisura de carácter tan espontánea que impide la
depresión (vía la abolición de toda expectativa), inteligente pero incapaz de
crearse una identidad a través del arte y el intelecto (ni sus intentos de
escribir poemas, de llevar un diario o de leer (apenas un libro de máximas
filosóficas de Confucio que no hacen sino confirmar drásticamente su apatía)
parecen una vía efectiva de supervivencia) y de una vida profesional opresiva
(rutina, sometimiento jerárquico, angustia burocrática con algún detalle
especialmente turbador como el del compañero de despacho que se oculta tras un
biombo y sólo deja escuchar ocasionalmente su voz o el rasgado del bolígrafo
sobre el papel). Sin embargo, a diferencia de los referentes literarios que se
prestan de inmediato a la comparación, Dezert es también un “hedonista
amortiguado”, capaz de encontrar en el domingo
su propia ventana a la asfixia cotidiana y, aun con un sentido de la
programación racional que parece la pura antítesis de la espontaneidad del
placer, llenarlo de experiencias estimulantes (gastronomía, actividades
reconfortantes para la belleza y la salud corporal), algunas tan deliciosamente
irónicas como el hecho (para él, al que nadie podría imaginar siquiera en un
coito conyugal) de acabar la jornada asistiendo a una conferencia en una
farmacia sobre higiene sexual entre damas francesas recatadas. A partir de
aquí, creo que la novela decae con la irrupción de la anécdota sentimental,
pero De la Ville ha demostrado de sobra un talento que, junto al encanto de
malditismo de su temprana muerte en el anonimato, justifican su creciente
conversión en figura de culto de la literatura francesa (muy elogiado por
autores del prestigio y la popularidad de Houellebecq)y, desde luego, esta
impagable traducción, tan estupendamente editada como todas, del sello
Impedimenta.
JHUMPA LAHIRI: "Tierra desacostumbrada"
Libro de consolidación, con un explicable éxito entre la
crítica simultáneo a otro ya bastante más inesperado de público y ventas, para
esta autora indioamericana que ya se había establecido en el canon de las
letras americanas modernas con dos libros iniciales (el volumen de relatos Intérprete de emociones y la novela El
buen nombre) que se antojan de lectura imprescindible. Al margen de la
continuidad en el argumento y el trazado de algunos personajes (sobre todo en
la segunda parte, Herma y Kaushik,
sincopada historia de amor marcada desde el principio por la imposición de la
tragedia (la muerte prematura por cáncer de la madre de Kaushik) y finalmente
abocada al dramatismo por efecto de la cobardía (la incapaciad de Hema para ser
valiente y decidirse a rechazar un matrimonio concertado) y el “fatum” doloroso
(desaparición final de Kaushik, tras una vida marcada por la inminencia de la
muerte por su audacia como reportero periodístico en entornos políticos
conflictivos en una tragedia natural en Asia), los relatos se cohesionan por
medio del tratamiento de unos bloques temáticos en común reiterados de forma
obsesiva: tratándose de literatura de “emigrantes” parece inevitable el tema
del desarraigo, de la imposibilidad de adaptación a un entorno que se siente
como íntimamente extraño y que genera un desarraigo que se ahonda más allá de
los usos culturales concretos y se hace existencial (especialmente en Amit el
protagonista masculino de Una elección de
alojamiento, con dificultades para sobrevivir alejado de los suyos en un
colegio elitista de clases acomodadas americanas, educado en una sensación de
extrañamiento que prolongará en su vida conyugal y de la que trata de desasirse
en una escena final de sexo (previa a haber dejado abandonada, más por
agotamiento mental que por propia voluntad, a su mujer en la boda de una
antigua amiga a la que amaba) que puede contarse entre las más desconsoladas de
la literatura reciente, pero creo que el tema más importante de estos cuentos
es de la inautenticidad de la organización sentimental y familiar convencional
(y la consecuente infelicidad que genera), convenientemente pertrechada por el
conservadurismo y la persistencia de lacras atávicas en la sociedad india como
el matrimonio concertado (la protagonista de Cielo e infierno, casada a la fuerza y abocada a un amor frustrado
por un compatriota que se une a una americana que se convierte en un repudio
irracional por todo lo yanqui que llega a amenazar el futuro de su propia hija,
los pretendientes desconocidos que acosan a Sang en No es asunto de nadie y su propia relación con un hombre de su país
que le es infiel; si bien el relato se convierte en memorable y alcanza su
auténtica identidad en el magnífico trazado del personaje de Paul , su
compañero de piso, aprendiz de “loser” cuya dignidad se antoja intacta entre el
fracaso de sus estudios (devenido finalmente en éxito), su propio deseo
frustrado por Sang y la obligación de verse envuelto en intrigas, malentendidos
y escenas de celos y alta mezquindad emocional. Siendo estos relatos de gran
calidad, considero que la verdadera revelación del talento de la escritora está
en otras piezas en que este mismo motivo se lleva más allá de la crítica de
cuño cultural y social para convertirse directamente en existencial, en su
génesis en problemas coyunturales de cobardía, incapacidad de comunicación o
simple desconocimiento irracional de las propias emociones que no pueden sino
plasmarse en formas de vida cuestionables: es el caso del titular Tierra desacostumbrada, conflicto (sin
plantear un conflicto, he ahí lo meritorio, entre la descripción de una
cotidianidad aparentemente apacible y hasta feliz) entre una hija con una
relación un tanto fría y desafectuosa con un padre viudo que con sus propios
planes de vida (entre ellos una nueva vida amorosa) la salvará de su fatalidad
a asumir la imposición cuidarla de acogerlo en su casa, un relato en que el
amor, como siempre que es verdadero, se crea a sí mismo de forma espontánea y
no dictada por normas (el que su nieto, un niño pequeño, acabará sintiendo por
su abuelo) y de Fin de año, pieza
maestra del ciclo de Hema y Kaushik,
en que el protagonista masculino sucumbe
a la necesidad de fingir la normalidad social para tratar a una madrastra y sus
hijas nada más enterrar a su madre de forma trágica y prematura hasta culminar
en una de esas huidas histéricas y desnortadas del mejor cine y literatura “on
the road” de la tradición yanqui. En cuanto al estilo, y dentro de los límites
que deja apreciar la traducción, se adivina preciso, sencillo, sin retórica y
efectismos estéticos innecesarios lo que, unido a la capacidad de penetración
psicológica mostrada no puede sino suscitar la tentación de sumar a su autora,
por mucho sari que vistan ella y sus
personajes, a la tradición de la mejor literatura norteamericana desde mediados
del S.XX.
Alejandro Céspedes: "Flores en la cuneta"
Afirma Julio Mas Alcaraz,
en unas palabras del epílogo (excelente) con que se cierra este libro, que “el
impulso narrativo es un pilar fundamental en la escritura de Alejandro
Céspedes(…), cada uno de sus poemarios ha tenido como origen la voluntad de
narrar una historia individual o un conjunto de historias comunes”. Esto, que
parece cierto visto el fiable análisis que realiza de obras que aún no he leído
como “James Dean, amor que me prohíbes” o “Las palomas mensajeras sólo saben
volver”, no puede sino dejar sorprender, más bien desconcertar, a quien ha empezado la casa por el
tejado, a quien ha tenido como primer
contacto con la obra de Céspedes su reciente Topología de una página en
blanco, un libro con tendencia a la abstracción, el hermetismo metapoético
y una práctica de la irracionalidad plena de sugerencia y desligada de
cualquier inclinación a la anécdota narrativa o el registro de lenguaje
coloquial que a menudo apunta en estos versos. No sorprende tanto este tipo de
planteamiento como la cantidad de
registros divergentes entre sí que en él se pueden aunar: el tema de la
carretera se presta de inmediato a una filiación con el “realismo sucio” y sus
querencias temáticas y estilísticas de “road movie” (estilo plenamente logrado
en poemas como “Te hará feliz o te devolvemos tu dinero”, tan próximo a uno de
esos ejercicios de “non style”, de negación de la filiación de la poesía a la
retórica tradicional, que podrían aparecer en cualquier poemario de Raymond
Carver) pero a él se opone, por ejemplo, la intensa “poetización”, de intensa
expresividad pero a la vez de cierta atmósfera de cualidad metafísica, de los
dos poemas finales (“No es lo que vives con él, es lo que sientes dentro de él”
“Lo nuevo es intemporal” que creo son la “cumbre” lírica del libro y que Mas
Alcaraz afilia acertadamente con los monólogos de muertos del realismo
hispanoamericano, por su capacidad de epatar el desasosiego de los difuntos de
Rulfo, que canjean el reposo por la obsesión y el sentimiento de culpa ), por
no extenderse en el dominio del humor negro, la capacidad de parodia de
lenguajes científicos y técnicos (sobre
todo en “Conduce donde el interior te lleve”) amen de los pertenecientes al
campo de la modernidad “mass media” (más obvios por su aparición en los
títulos) y el talento para convertir
detalles de la cotidianidad (véase “Iventa tu ruta”, sobre el motivo de los
zapatos perdidos de los muertos en carretera o “¿Quién posee a quién?”,
escalofriante en su condición de catálogo de formas de atrezzo de la muerte) en simbología de atrayentes posibilidades
dramáticas. Parte de la calidad del libro radica en que, siendo la carretera
una escenografía de la muerte, los narradores-personajes encuentren en ella
posibilidades aún más luctuosas que su misma desaparición: en la carretera,
arrasan, además de a sí mismos, a toda las formas de inocencia superviviente
que pudieran quedar en el mundo (sean la naturaleza o el amor sentido con
verdad, como en “Los animales de dos en dos, ua, ua” o “Autoemoción”) o quedan
perpetuamente encerrados en un delirio en el que se reitera indefinidamente la
escenografía de la tragedia (“Vuelve a soñar”, “Todo lo que conocías, ha
cambiado”, poemas en los que además se pone de manifiesto que los juegos
tipográficos rara vez son caprichosos en Céspedes y son parte esencial en la
transmisión de la sensación de irrealidad que los personajes intentan
transmitir) y que es mucho más perturbador que la posibilidad de la nada. Y,
sobre todo, y como parte esencial de la sabiduría sobre la condición humana de
su autor, en el hecho de que estas muertes gratuitas y accidentales no sean
solo para sus víctimas la consumación de unas vidas dominadas por la
inautenticidad y el absurdo sino, principalmente, la revelación, fortuita y sin
posibilidad piadosa de vuelta atrás, de la propia vaciedad de las mismas (el
poema “Y de pronto, hoy es un buen día” es no sólo brillante sino especialmente
revelador en este sentido), tras años en que su falta de inteligencia les ha
permitido comprender una paradoja
esencial del existir: la ficción de que crees “buscar”, ser la parte dirigente
y el líder de la iniciativa de los hechos que van punteando tu camino (los
poemas focalizados en personajes entregados al vértigo del “vivir deprisa” o a
una risible sensación de poder expresados en hábitos de conducción suicida)
cuando realmente eres un elemento pasivo, “buscado” por caprichos del destino
trágico o el simple azar cuya naturaleza no puede revelarse. Poco más que
decir: el libro me tenía ganado de antemano por la sola elección del simple eje temático de los poemas (“Una
cruz en el camino”, del último libro que escribí, es la última manifestación de
una fijación casi patológica por los “ramos de flores” de las carreteras a los
que el autor alude en la cita inicial) pero su hondura existencial y la citada
heterogeneidad formal mandan certificar su calidad al margen de las obsesiones
particulares y todos los traumas freudianos de la enfermedad de cada cual.
ERRI DE LUCA: "Montedidio"
Con un pie en los sórdidos, aunque traspasados de belleza,
aguafuertes de la Nápoles posterior a la IIGm de una Ana María Ortese (el
referencial y en su día polémico, sobre todo por motivos “internos” del mundo
literario, El mar no baña Nápoles) y la prosa fragmentaria y poética
para afrontar entramados históricos y sociales problemáticos de una Herta
Muller, este primer contacto con el más intelectualmente atípico (su carácter
autodidacta, sus experiencias como obrero de la construcción, conductor de
vehículos humanitarios en el conflicto de los Balcanes hasta una exclusiva y
apasionada dedicación a la narrativa para forjar una obra extensa y ampliamente
reconocida en su país y el extranjero) y quizá brillante narrador italiano de
su generación no decepciona en absoluta y lo convierte en de indefinida visita
obligatoria. Lo más meritorio de este libro, más un conjunto de prosas poéticas
con sutiles pero a la vez firmes hilos de costura que permiten simultáneamente
un fluir espontáneo y la imposibilidad de rechazarlos como un caos incoherente
y deslavazado, es que, pese al marco
doloroso en que se desarrolla (el propio barrio natal de Luca, el Montedidio de
Nápoles marcado por la impronta de una guerra perdida que ha dejado debilidad
psíquica y miseria material, las desigualdades sociales y el abuso sobre los
más vulnerables y las propias circunstancias personales del protagonista-autor,
un día a día marcado por la obligatoriedad del trabajo física (y la obligada
madurez que conlleva) a edad temprana, la enfermedad y finalmente la orfandad
con la muerte de la madre) no transmite en absoluto sensaciones trágicas y
deprimentes sino, a la inversa, la dignidad con que las afronta el protagonista (y uno no puede sino intuir que el propio Luca
también) los convierte en un erial
cotidianamente traspasado de magia. Así, el trabajo y el consecuente abandono
de los estudios no son un trauma sino entrega voluntaria, “claudiorodriguiana”
no solo a su propio entorno sino a la vida y el mundo se ensancha a diario en
la capacidad de encontrar el sentido en lo más mínimo y anecdótico (el
boomerang que le regala su padre, que se convierte casi en una posibilidad de
vuelo espiritual simétrico al que germina en el anterior de su buen amigo
Rafaniello), el descubrimiento del amor y el erotismo con la joven vecina María
(un personaje extraordinario, fuerte, resolutiva, que lleva la iniciativa en su
temprano noviazgo y ha convertido sus
sentimientos y primeras prácticas sexuales con el protagonista en su acceso a
la libertad y su rotunda autoafirmación como mujer y pobre orgullosa de serlo
tras pasar por la humillación de la prostitución con el casero que amenazaba
con su desahucio y el de sus padres), la contemplación de la solidez afectiva
del matrimonio de sus padres y el íntimo placer de protección ante el mundo que
le crea (y que persiste incluso en el desmoronamiento final) y sobre todo la
sabiduría, precoz, totalmente intuitiva teniendo en cuenta su edad, de saber
identificar y establecer lazos afectivos con las personas que permiten la
preservación de la dignidad entre tanto desastre: el maestro de su taller,
Errico, el portero Ciccio, su propio progenitor pero, muy especialmente,
Rafaniello, el otro gran hallazgo de caracterización del libro, hombre de
origen judío que sabe que a la verdad
humana solo se accede por la persistencia en la piedad tras la experimentación
extrema del dolor y por ello arregla zapatos gratuitamente para los pobres tras
trágicas experiencias personales durante la guerra y mantiene intacta, en la
fabulación de sus viaje a Jerusalem y las metafóricas alas que le rebullen
buscando libertad dentro de su joroba, la trascendencia que es conciencia
interior pero cuyo reflejo salva el mundo a diario. Ni siquiera al final, entre momentos que podrían predisponer a la tentación a la tragedia que no os quiero contar aquí, el libro se
resigna a ser melancolía previsible: no solo deja en pie la
esperanza sino, más importante todavía, atestigua que si el dolor se enquista
en nuestras vidas a perpetuidad con no menos terquedad lo hacen sus posibilidades
redentoras, con el único peaje de que se haya conservado algo de la inocencia
que a todos se nos dio y nos apresuramos en malvender.
PETER CAMERON: "Algún día este dolor te será útil"
No cometeré el error de empezar equiparando esta novela a
“El guardián del centeno” de Salinger, que bien se ha ganado ser el referente
casi inevitable para comentar cualquier novela (y no solo americana) que aborde
los traumas del tránsito de la adolescencia a la vida adulta: esta es igual o
de buena, o mejor. James Sveck, es un chaval que acaba de terminar el
instituto, tímido, incapaz no sólo del contacto sino de reconocerse su propia
sexualidad, casi sociápata pero, como
tantas personas de su perfil, llenos de ansia de comunicación frustrada. A
punto de empezar la “nueva vida” de la universidad, ha proyectado en un aspiración
al ascetismo (retirarse a una zona rural de Estados Unidos para vivir solo y
tener un trabajo modesto que le permita leer el mayor número de horas posible)
su extrañamiento ante la amenaza del mundo institucionalizado (del que ya tiene
una traumática experiencia en su participación en “El aula norteamericana”, uno
de esos empalagosos certámenes para estudiantes brillantes para adocenar sus
mentes y dejarlos listos para el matadero del sistema, del que no podrá sino
huir literalmente hasta tener que ser buscado por la policía) y, sobre todo, de una falta de asideros en un entorno
afectivo en que solo el afecto de su abuela se le aparece como el único acceso
a la autenticidad. Y en realidad poco más hay que pueda servirle: ni la vida
sentimental de unos adultos cuya agobiante soledad les lleva a cometer errores
o fabular idealismos irrisorios (el absurdo matrimonio de su madre divorciada
con un ludópata, el desespero de John, el negro homosexual con el que trabaja
en el museo de su madre, por encontrar pareja, al que, en uno de esos actos que
delatan la desorientación y el absurdo vital, acabará haciéndole daño tras
fingir una identidad suplantada en internet en la que parece repuntar su propia
ansiedad por encontrar su identidad afectiva), el esnobismo que representan la
galería de arte en que su madre le obliga a trabajar, un auténtico catálogo de
despropósitos de ese arte moderno que necesita explicaciones simbólicas para
ocultar su mediocridad (las grandes “obras maestras” que albergas son cubos de
basura y esos irritantes engendros del “arte pobre”) o su hermana Gilian,
envanecida tras su relación con un profesor universitario casado (y
progresivamente irritante y mezquina en su comportamiento) y un padre yuppi y
satisfecho de su condición de triunfador, que se hace operaciones de cirugía estética
y compra zapatos caros a la vez que intenta dárselas de comprensivo y padre
moderno y disimular inútilmente su indiferencia, o los placebos tramados por
esa sociedad para huir de su absurdo (las sesiones con la psicóloga Adler,
llenas de momentos cercanos al “diálogo de besugos” (pero también de
intuiciones de no premeditada hondura por parte de James, al reflexionar sobre
su soledad o los límites del lenguaje para expresarse) y en las que el autor
probablemente toque techo al abordar el tema de la memoria del 11S en los
neoyorquinos, denunciando valientemente su conversión en tópico necesariamente
traumático (es para la psicóloga, pregunta obligatoria y clave a tener en
cuenta para explicar su desnortamiento) y su conversión en pretexto para un victimismo
complaciente que, claro está, siempre puede utilizarse para justificar las
faltas éticas de la vida social y política. El final es quizá un tanto
descafeinado e impide que la novela sea completamente redonda (le ponemos
“solo” un 9) pero aquí no os lo revelo... . En cuanto a cuestiones formales, una novela totalmente yanqui en
cuanto de bueno (mucho) puede tener el concepto: quizá poco “arty” en el uso de
la lengua, de nulo o escaso lirismo, pero lleno de espontaneidad, talento para
la ironía y esa sensación de estar desde la primera línea ante algo verdadero
de las mejores páginas de Carver, Wolff o el citado Salinger. Le guste al autor
o no, de cabeza al “aula norteamericana”.
Pedro Antonio González Moreno: "Anaqueles sin dueño"
Suscita este nuevo libro de Pedro A. González Moreno, nada más empezar a leerlo, una “pega” que en realidad será la última que podrá planteársele: se echa de menos, en la dedicatoria inicial, que no se especifique quiénes son Pedro José y Enrique Moreno y por qué es pertinente dedicarles estos poemas. Creo que en este libro, además de una dedicatoria, es necesaria una advertencia para “espantar” a dos tipos de lectores de potencial igualmente nocivo: el “sensacionalista” y el “culturalista” que busque el dato erudito sin prestarse al esfuerzo de ahondar en la realidad humana que lo ocasiona. Revelando quiénes son los citados se revela de entrada que esta no es lírica culturalista (que puede ser, por otra parte, tan digna como cualquier otra), que si el poeta ha elegido el tema del suicidio es porque se corresponde con su fondo vital más sangrante y hondamente sentido y le servirá, ante todo, para profundizar en viejas obsesiones que han ido tomando forma en libros anteriores (la muerte, el paso del tiempo, el arraigo en la afectividad que intenta salvarlos y la poesía como posicionamiento ético y vital ante esa incertidumbre). En cuanto al contenido de la obra, digamos primero lo más importante: Anaqueles sin dueño es un tratado sobre la piedad lo que, si faltaran otros méritos, lo convertiría de entrada en un libro digno, sobre todo porque no se resigna a ser conciencia propia, delicadeza individual, sino que aspira a crecer en los otros y crear en el lector una necesidad de empatía. Esta llamada ininterrumpida a la conmiseración es el eje del libro y la clave que nos permite interpretar la gran cantidad de prismas desde que se afronta el hecho del suicidio: el que el acto “luctuoso” reciba una intensa poetización que lo salva de su sordidez (la muerte de Goytisolo en El salto es casi éxtasis o rapto místico: La perfección./Herir el aire,/trazar la línea exacta del regreso/abrazarse el abismo para saber si algo/continuará elevándose), que se apele a la comprensión del dolor íntimo del asesino de sí mismo (Pero París no mata, nunca mata/tampoco la estricnina. Sólo mata el desprecio/Y el dolor. Y el olvido), que el suicidio se justifique como un acto estético (De la turbia belleza), ético (destinado a salvaguardar a la vida de su tránsito a la indignidad, como ya nos instruyó Séneca, en El ruido de un sable o Sólo deriva) y hasta epistemológico (el deseo de saber, de ir “más allá” de las apariencias de la realidad que en Orillas del Ouse da una sugestiva vuelta de tuerca a un tema tan hecho lugar común como el suicidio de Virgina Woolf: ¿Cómo será la última mirada desde dentro/del agua? ¿Cómo el último/brillo, ya sin color, de la materia,/la levedad de un cuerpo que va hundiéndose), el que se eleve al suicida a la categoría de símbolo de la condición humana (Con nombre de erosión), el que, pese a dejarse arrastrar en ocasiones por el decadentismo o la fascinación del delirio y la enfermedad (Desde los terraplenes del insomnio, Calendario roto), se imponga cierta esperanza con la presentación de un mundo sensible hacia el que va a morir (los puentes de París sobrecogidos por la desaparición de Celan)o que se reivindique el auténtico (aunque frágil) amor a la vida de estos poetas, mostrando las últimas oportunidades que son capaces de concederle a la existencia antes de arrancársela (Se ha asomado primero a la ventana/para ver si aún el mundo/sigue siéndole ajeno/y ha visto un turbio mapa de calles donde huele/a pólvora de despedidas, antes del pistoletazo de Larra) o que finalmente, se presente el sucidio como un acto tan “fácil” que parece casi exigido por la propia inercia del vivir (Una llama en el agua). Un poema excelente como Último amanecer, sobre Sylvia Plath, serviría de síntesis de todo lo anterior: la muerte en una mañana de sol como “antídoto” al tono lúgbre esperable, la directa implicación del autor (si es preciso nos ahorcaremos con la misma soga), el último acto de amor inútil del desayuno a los niños….sencillamente impresionante. Las muescas de pura humanidad son tantas, y tan brillantemente defendidas, que la posible indolencia y cinismo del autor quedan sin cobijo posible y no tienen más remedio que firmar su rendición. Junto a lo comentado, el lector atento y mínimamente versado en la poesía del autor encontrará múltiples guiños a su mundo creativo, ya sea a nivel de ideas (la manifestación de la decepción ante un oficio poético que es pura ortopedia de la vida que no ha sabido reproducir, en Formas de la negación o La noche del visionario) o de simples imágenes (en la descripción del interior de Costafreda como un caserón desolado de Danza de fantasmas no podía faltar un desván(…)con su olor a baúles, con su danza de sombras/ y su lenta deriva/de cosas muertas…). En cuanto a técnicas compositivas, es necesario comentar estrategias tan hábiles como la creación de poemas a partir de versos suministrados por los autores que se retrata, con lo que se consigue, por lo menos, estas dos certeras dianas: la generosidad de permitir a los poetas participar de su propio epitafio y dotar al libro de una densa atmósfera dramática de “continuación” de la obra poética que decidieron abortar, cuyas fisuras va completando el autor con un poso de tristeza impotente. Y, al igual que en los poemas del breve Dodecaedro, son frecuentes los casos de “contagio”, el que la semblanza de un determinado poeta lleve implícita la asimilación de sus señas de identidad creativas (en Instrucciones para no perderse en un sueño, el versículo, los elementos irracionales y oníricos o la concepción del poeta como “visionario” se ajustan al retrato de un surrealista, los elementos de vanguardia lúdica pero traspasada de compromiso social al de Maiakovsky en La rosa nueva). Consignar finalmente que, una vez más, la estructura del libro vuelve a ser la más sabia: antes de la sucesión de baldas y autores malogrados, el Prólogo ha introducido el sobrecogimiento que aguarda al lector con esa presentación de esa librería como un organismo “vivo” a costa del desgarro nunca salvable de quienes la pueblan, Estantería y Anaqueles sin dueño, que alguien podría rechazar como simple reiteración de lo que va exponerse, quedan justificados en la posición introductoria que ocupan (son anticipo, no repetición) y en la altura emocional de su imaginería (…están todos/los que bebieron sed y nunca se saciaron/los que bebieron frío y escupieron cal viva/los que alumbraron con alcohol las noches/baldías de su almohada (…)o los que prefirieron, sorbo a sorbo,/beberse el aire hasta sentir por dentro/el roce de la luz, su quemadura) y el Epílogo se hace depositario del hermanamiento emocional mostrado durante todo el libro con la decisión del poeta de enrraizarse en esos muertos pese a la hipotética perturbación que aporten a su vida, gesto que, sencillamente, los reintegra de nuevo entre los aún vivos: Al llegar cada tarde, cuando vuelvo del mundo/salen a recibirme con sus manos, aún tibias/que nunca se acostumbran a morirse del todo; y a veces me preguntan/cómo sigue la vida por la calle,/si la avena está alta o si germina/el último poema que dejaron escrito…Un último escalofrío para uno de los pocos libros auténticamente redondos (en contenido, forma y estructura) que nos ha regalado la última poesía española
Flavia Compnay: "Que nadie te salve la vida"
Aparte del placer de conocer por fin a esta excelente
narradora de origen argentino afincada en España, de amplio predicamento entre
la crítica (Ángel Luján me ha recomendado sus Trastornos literarios, un
conjunto de microrelatos que ironizan sobre las patologías literarias y a la
vez ejemplifican las diferentes figuras retóricas…quién sabe, quizá me serviría
para clase), es reconfortante encontrar una novela en que las referencias
literarias no son un puro farol: durante el desarrollo de una trama apasionante
se citan a Patricia Higsmith y su “Extraños en un tren” y al clásico “Crimen y
castigo” de Dostoievski. Bingo: he aquí un libro con lo mejor del thriller
intrigante con calado ético y moral a lo Higsmith y la temática ,no solo
“dostoievskana” sino de la mujer literatura rusa en general, de la redención y
la culpa final e insólitamente enriquecida por la intervención del azar. Enzo,
el protagonista de la novela, hombre solitario, mujeriego, que ha afrontado su
existencia con una evidente frivolidad (como delata el hecho de que donara su
semen para que una mujer lesbiana casi desconocida, a la que conoce por asuntos
de trabajo, pueda ser madre junto a su pareja) justo nada más conocer su
sentencia de muerte prematura por una enfermedad deberá enfrentarse a una
angustia aún mayor que la de la desaparición: la de verse abocado a un acto
capaz de desbaratar toda la integridad de su existencia, a resultas de la
“deuda” contraída con Víctor, emblema del hombre sin escrúpulos cuyas
relaciones humanas y sentimentales (especialmente su matrimonio con Rosa, cuyo
destino final queda en el aire después de que esta intuya ciertas “sombras” en
el pasado de su marido) se reducen a contrato y cálculo y para los que las
emociones auténticas son un incomodo pragmático, quien le salvó de una muerte
absurda en su juventud. El pago no puede ser más cruel: que Enzo le quite de
encima, aprovechándose de su inminente muerte y la impunidad de que ella le
reviste, una vergüenza del pasado, una mujer a la que violó en su juventud que
se cierne como el único ángulo de sombra capaz de perturbar una carrera de
éxito económico y social; atrocidad que el agonizante comete no sin reservarse
la mínima posibilidad de redención de una carta dirigida a su hija biológica,
Berta ,quien, ya adulta, heredará el remordimiento paterno y la necesidad de
perdón por medio del encargo de hacer llegar sus “disculpas” al hijo de la
fallecida. La autora tensa magníficamente la intriga sobre el contenido de esta
carta fatídica y cómo el personaje de Berta la va asumiendo progresivamente
como un elemento que perturbará a perpetuidad su existencia, como delata en el
aire de ceremonia (la compra de un antiguo abrecartas para abrir el sobre, tras
días de debate íntimo sobre si hacerlo o no, similar al mantenido por sus
“madres” durante los años en que se vieron obligadas a custodiarlo) del que
rodea su lectura y que le va haciendo asumir la presencia del padre muerto e
inexistente a través de un vínculo tan indestructible como la culpa. Company
resuelve magistralmente una trama que ya había conseguido convertir en
apasionante por medio de la introducción del elemento de azar que sirve para
relativizar nuestra creencia de que la vida puede ser dirigida por medio de
actos de voluntad y decisiones morales.... pero esto no os lo cuento. En fin, una excelente novela,
rusa, americana y “greeniana” que no puede sino sumar a su autora a mi agenda de
lectura personal.

