Andrés Sánchez Robayna "Cuaderno de las islas"




Sin duda una de las más agradables sorpresas en la cosecha lírica del pasado año que, para mí, además de remitir a un mito poético cuya fascinación sin embargo nunca me he atrevido a afrontar líricamente (por culpa de Sánchez Robayna, ahora ya estoy “zarpas a la obra”) tiene el valor añadido de suponer la rehabilitación en el interés por un autor por el que nunca he sentido demasiado  pese a su merecida fama de excelente poeta: sin duda, se trata de mi progresivo acercamiento, intelectual y afectivo, a los “hombres del silencio”. Más allá de las filiaciones biográficas y subjetivas (el autor es natural de Las Palmas), este cuaderno es un diario “nombeliano” (que bien merece mi amigo que se le consagre un género) en el que el motivo central de la isla da pie a un conjunto de fragmentos caleidoscópicos cuyas costuras ya se han anticipado sabiamente en la cita inicial: Imaginé un día algo semejante a un saber insular. Era un saber hecho no de contenidos positivos, de datos o inferencias lógicas, sino de intuiciones, de percepciones, de olores, de sabores, de epifanías. Un saber de los sentidos. No era una sabiduría, sino una misteriosofía. En efecto, ya se ha apuntado lo esencial: la isla suscita la reflexión abstracta e intelectual (La experiencia del límite- el límite que las aguas representan- es consustancial a la experiencia de la isla. Todo está circuido o cercado. De ahí una peculiar experiencia del espacio. ¿Cuál?. El espacio como límite, el espacio como frontera) pero sobre todo la imaginación, la celebración sensorial y a menudo intensamente carnal (la isla-cuerpo), su imposición como entidad enigmática que se transmite por medio de mitos que no conocía y que me han despertado una enorme fascinación (todo lo relativo a la isla inexistente (o no) de San Borondón a la que, curiosamente, aludía el Sr Chinarro en su último disco) y, principalmente, todo un diálogo con la tradición (cultural, en sentido amplio, ya que muchas de las referencias no son estrictamente literarias ni poéticas) en el que por medio de un símbolo de índole universal se salta por encima de épocas y orientaciones estéticas para fundirlas en el enganche de las imágenes esenciales que además, en este caso, apuntan a la esencial heterodoxia del arte verdadero (la isla es anomalía, excentricidad, apertura a lo exótico y aventurero) y a los cimientos de la reflexión metapoética (la isla-palabra). Por lo que respecta a la breve antología poética con la que Sánchez Robayna acompaña su cuaderno, regalo infinitamente delicado con el lector de buena parte de los autores y obras citadas, decir simplemente que bien se le podría quitar el calificativo de “insular” para convertirse en simple  y llana antología: apunta lo mejor de los más grandes: Andrew Marvell y su delirio de locus amonenus barroquizado (“Visión de las Islas Bermudas”), W.B Yeats demostrando como se puede revitalizar y modernizar ciertos tópicos literarios sin traicionar su esencia (el “beatus ille” de “La isla en el lago de Innisfree”), la cualidad enigmática y el maridaje entre isla y drama sentimental del excelente  “Las islas” de Hilda Doolittle, la filiación a un sensorialismo irracional en “El muro” de Saint John Perse, la revelación de la esencia del aventurero en “Islas” de Blaise Cendrars, una capacidad de imaginación  y creación de imagen que (ahora sí) puede emocionar en Breton (“Me han dicho que son negras las playas”), un curioso híbrido entre orientalismo exótico y cierto todo moderno de protesta civil en “Domingo en la isla de Elefanta” de Octavio Paz y un epigrama de cualidad atmosférica estremecedora (“Esto es Sicilia”) de un autor al que hay que conocer pero ya: Adam Zagajewski. Pero por encima de todos, “Las islas” y Cernuda: vale por sí mismo para evidenciar como llegó al hueso de la poesía de Kavafis y la hizo más grande si cabe: un tono narrativo como lírica esencializada y en sordina, la experiencia sensorial y erótica, la orla de trascendencia que el sexo da al canto elegíaco y alguno de esos versos, que en efecto, son isla: ¿No es el recuerdo la impotencia del deseo?. Además, esta breve selección me permite apuntar el nombre de algunos poetas prácticamente desconocidos para mí que conviene investigar: Alonso de Quesada, plástico, intenso y sugerente en Tierras de Gran Canaria, Pedro García Cabrera con un logrado maridaje entre lo insular y lo utópico en Un día habrá una isla o Bartomeú Rosselló Porcel en su superposición del anhelo del sueño y el ideal en A Mallorca, durante la Guerra Civil. Un libro en realidad inagotable (cómo lamento no habérmelo comprado, por una vez la biblioteca pública de Cuenca, que tan pocas alegrías me da, me da una que realmente no quería) que me regaló, él solito, un fin de semana de felicidad intensa hasta extremos de culpabilidad. 

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