Luis Pimentel "Barco sin luces"



La del lucense Luis Pimentel (1895-1958) es otra de tantas tristes historias de poetas de la literatura española: la de los expulsados del “canon” y las etiquetas oficiales por elección idiomática (parte de su obra escrita en una lengua periférica como el gallego), vida provinciana (apacible existencia como médico y padre de familia en su ciudad natal, al margen de los grandes cenáculos literarios) o finalmente por los malentendidos a que se prestan sus peculiaridades artísticas (como señala González Garcés “emoción contenida, depuración, musicalidad, virtuosismo poético. Poesía dolorida y sencilla. Quizás pueda parecer, a los simples, que faltan en ella recursos estilísticos.) Nunca encontró acomodo en la Generación del 27, a la que pertenecía por edad y formación literaria (la impronta de poetas como los simbolistas franceses, con Laforgue a la cabeza) ,pese a  la admiración que le tributó Dámaso Alonso y un breve libro en gallego publicado (Triscos) y dos (los más sustanciosos), uno en gallego y otro en castellano (Sombra do aire na herba y Barco sin luces) justifican un rescate que, más allá de las reivindicaciones regionalistas, nos tememos nunca será completo. Si algún día se le pusiera finalmente en su sitio, sus fans aún tendríamos mucho por descubrir: un buen número de poemas inéditos, como los de temática civil de “Cuentas” y otros tantos que quedaron fuera de la versión póstuma de este título, que equivale casi a uno de esos libros “totales” típicos de la Generación del 27. Como ya señalaba Dámaso en su famoso prólogo, su grandeza sigue estando en su emocionante sensación de vulnerabilidad, desde las impresionantes estampas descriptivas del biográfico Diario de un médico de guardia (En el patio, Sala de cirugía y especialmente En el depósito de cadáveres hay un niño), a esas Oraciones que encaran a Dios desde la conciencia de la vaciedad de ambos, que lo convierte en mero interlocutor para compartir incertidumbres y carencias (Señor: si sacudo tu manto/me llenas de sombras se lee en Oración de los trabajos del día) o peticiones de conmiseración inútiles (Oración del comisionista, Oración al poeta muerto). Nada más que añadir sobre Oración para que no se muera un pájaro, es un poema que simplemente estremece. Interior, amén del poema a Rosalía de Castro, que bordea los tópicos sobre su figura pero los supera con la autenticidad y la contenida emoción de su imaginería, deja otros textos memorables en El amigo, Palabras (una de las mejores muestras de su aproximación afectiva a la infancia) y los dos poemas innominados “No hacer nada…”, maestros en su capacidad de sugerir una sensación de ataraxia en la que persisten restos y latidos que confirman la persistencia de la vida. Como todo no puede ser perfecto, diría que no me acaba de convencer el Pimental amoroso y erótico, me suena lo que no ha sido nunca: convencional. Pero cierra el libro otra breve sección impecable que recoge la fascinación por una condición humana débil pero que alumbra la naturaleza y la creación poética (Paisaje sin historia, A este hombre), el latido elegíaco (Descubrimiento) y un impresionante poema final (El viaje) que supone un modesto triunfo de la vida y de sí mismo ante el sufrimiento por su condición efímera.
 

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