FERNANDO NOMBELA "En esta luz nosotros"





Un poemario, un libro que en realidad son dos, dos partes disímiles en su factura formal (de la “pureza estilística” a una amplitud de registros en que tienen cabida la reelaboración lírica del lenguaje coloquial, el prosaísmo bien entendido, la heterodoxia onírica y surreal y hasta alguna concesión “arty” al barroquismo) y su temática (una evolución de la subjetividad a la apertura al drama humano del otro que se hace coherente en su condición de emanación espontánea del sentido de la gratitud y la  humildad ante la existencia, que constituye el subtexto más emotivo, pero también más oculto, más necesitado de un lector de hipersensible agudeza,  de estos poemas) que se cierran como una sola, como un bucle firmemente ensamblado en su apelación a la esperanza, la única cuya existencia parece legitimada, la esperanza “per se”, la que se nos ofrece como posibilidad inmotivada (no hay ningún motivo para la esperanza, y todos lo sabemos) y por  pura terquedad de afirmarse,  sin necesidad de obviedades de felicidad  que no hacen sino frivolizarla;  frutos ambas de una permeabilidad creativa y una cultura literaria que se antojan tristemente insólitas en el actual panorama literario español.

La obra se inicia con “Esta luz”, un arrebato de gozo guilleniano (ese “de tan alta y sin vaivén” de “Beato sillón” que se cuela deliberadamente, como una intertextualidad eufórica, entre sus versos) con guiños al Dámaso “metafísico” de los Gozos de la vista, texto que ya revela las mejores cualidades de esencialidad y reducción a mínimos estilísticos de la voz del autor (especialmente perceptibles en las “distancias cortas”, en los poemas en verso breve, encabalgado y “puro” o esa maestría de precisión lírica de las múltiples muestras de literatura aforística que contiene) y, fundamentalmente, el que será el principal eje temático de esta primera parte: la humildad, indisociable de cierto pudor de no merecer la felicidad o al menos de temor a deshacerla por la persistencia del contacto con la tristeza, la grandeza de espíritu de saberse obsequiado por la vida (en “Noche”, será la oscuridad quien reciba la intensidad de su acción de gracias como antes la luz y “Velando” es un poema emocionante por esa reciprocidad, decidida, alentada desde dentro y no casual, del “don” haciéndose a sí mismo “ofrenda”, afán de entrega con un celo que alimenta el sentirse urgido por la gratitud), una modestia que no se niega sino que queda paradójicamente reforzada en la sutileza de una percepción sobre el mundo que lo hace cuasi dios, receptor y hasta ejecutor de fenómenos físicos y prodigios (“Mirada”) y le labra su propia autosuficiencia, el convertirse en un depositario de intuiciones  cuyo ahondamiento en su interior le hace no necesitar la insuficiencia del lenguaje. Gemela de esta idea resulta una concepción de la existencia como negación de la actividad intelectual o la reflexión, una decidida antítesis entre el pensar y el vivir en que este se convierte en un fluir espontáneo de la sensación que se concreta en atmósferas de belleza y serenidad en que se relativiza y diluye el yo (como la que alienta el poema “Despedida”) y llega a violentarse incluso la imposición de la condición mortal, didáctica de lo sensorial que no anula la supervivencia de cierto afán “inquisitivo” afirmado sobre el potencial de revelación de la naturaleza que parece apuntar en poemas como “En un jardín brunelesco”. En definitiva, lucidez y hondura emocional que no  pueden sino confluir en un poema final como “Credo”, conmovedor en su certeza de que toda derrota es apariencia porque por medio de ella se ha adquirido el sentido de la propia dignidad personal ante la flaqueza (Creo/en la resurrección/de la carne/de los amantes./Creo/sagrado/el eterno vavién/de vida/muerte/de los que aman)./Perdí el amor,/gané este alba).

La segunda parte, Nosotros, actúa como una suerte de “ensanche” del poemario  tanto por la cualidad poliédrica de sus  registros estilísticos (a la citada inventiva surreal, que en realidad ya ilustraban poemas de la primera sección como “Noche” u “Océano” o la aproximación a los usos coloquiales del lenguaje puede añadirse también la  agudeza incisiva de su humor, como en el  poema “Mi señor”, donde la perfecta asimilación del tono confesionalista asociado al remordimiento de cuño agustiniano va desembocando en audacia irreverente, una desvirtuación del tono y el léxico inicial que apuntalan una afirmación de la libertad individual) como por la evolución del motivo central del dolor desde el intimismo a su condición global, comunitaria, drama cuya naturaleza compartida no se admitía más por pudor, por exceso de lucidez de hasta dónde alcanzan los límites de su desgarro,  que por esnobismo, y que a menudo se nos narra como unas memorias de la fragilidad, de la desorientación vital abocada a experiencias trágicas (locura, alcoholismo, drogadicción) que hacen inevitables las referencias al tono del “realismo sucio” o el confesionalismo (digna de Anne Sexton o Alejandra Pizarnik es la serie “Tres ensayos sobre el olvido”, cuyo principal acierto es focalizar el trauma de saberse fondeando la nada a través de una desmemoria en que sólo resuena la única pervivencia del rencor) donde quedan fundidas la vida propia y la ajena . Entre poemas de singularidad inclasificable como “Abril”, híbrido extravagante en la confusión de su tono entre escatológico, alucinatorio y naif macabro, Nombela encuentra versos para evidenciar su dominio del “ritmo” poético (por ejemplo en la dinámica de avances y retrocesos del poema “Solitud”, con su  “in crescendo” desde la tristeza más íntima y desconsolada de las partes iniciales hasta la violencia expresiva, precipitada en la irracionalidad luctuosa de las imágenes de la parte III, para regresar al “sosiego”, fruto de la conversión del dolor casi en especulación existencial, de la coda final) y apuntalar en “Crisis” una poesía social que transgrede  todos los tópicos del género por su desarrollo por medio de paradojas: el drama de a quien le falta el  trabajo y eso le sume no solo en la pobreza sino en la histeria afectiva y con ella la soledad frente al de quien lo haya y es destruido metódicamente por él; el que tiene “poco” como única salvación del que carece de todo, en una firme apelación a la responsabilidad ética del ciudadano común frente a la tentación viciosa de delegar en las clases del poder o las instituciones).


Y aún le resta asistir al lector a un último rastro de caridad humana que lo es además de sabia construcción estructural, un final que otorga una cualidad cíclica al poemario  en el que la esperanza, en el sentido “arbitrario” que hemos comentado al principio,  queda restaurada súbitamente después de poemas que han afrontado de forma descarnada, con una valentía no sobornable al ternurismo o la corrección moral, las vivencias más sórdidas que podrían haber hecho corroborar  su extinción: Vivir, buscar, no encontrar, seguir o no buscando(nosotros, ocho, y esta luz cinco), uno de los mejores textos del libro, entre otra infinidad de matices que acoge su complejidad,  va creciendo como un inventario de raíces en que se sustenta el pundonor por vivir en que caben la memoria (ya sea en forma de recuerdos o de revelaciones tardías), el afecto humano,  la negación ingenua o la terquedad ante el hecho de que la existencia sea exclusivamente dolor o una actitud de honestidad ante el fracaso que lo convierte en un paradójico héroe moral a lo Álvaro de Campo; antesala de la redención, mitad anhelo y mitad certeza, expresada entre la confidencia y la gravedad casi lapidaria, que sugiere  ”Última fe” (Creo que/al menos mientras vivimos,/hay un bien imperecedero,/una suerte de dios,/en el hecho/de haber amado/alguna vez./Esa es hoy/mi última fe,/el único motivo/ por el cual/volvería a la vida).

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