MARK TWAIN: "Las aventuras de Huckleberry Finn"

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Nunca es tarde para cancelar una deuda pendiente, ni menos para darle la razón (otra vez) a Faulkner y corroborar que, en efecto, en Mark Twain ya está contenido todo lo que haría grande a la narrativa norteamericana en el siglo por venir, la misma cuyos efluvios ya intuías en la infancia con ese Las aventuras de Tom Sawyer convertido en el libro de horas de tu niñez provinciana. La historia continúa por donde quedó aquella, con Huck en la “cumbre de su buena fortuna”, con una confortable posición económica que parece sacarle de la mendicidad… pero que atrae sobre él el acecho de su más íntimo terror: la amenaza de que lo integren a la civilización. Entre la sobreprotección maternal de la viuda y la moral castrante de su hermana solterona cuyas contradicciones Huck, casi analfabeto, sabe desmontar con inteligencia endiablada con los dos únicos sentidos necesarios para vivir (el del humor y el llamado “común”), la vida junto al padre alcohólico y vagabundo, desarrollada en la anarquía y la repulsa a la norma a la que aspira, parece casi atractiva de no ser porque pasa por el abuso físico y moral… así que solo queda una de sus clásicas huidas, en este caso junto a Jim, negro que escapa de la casa con la esperanza de recalar en un estado norteño tolerante con la esclavitud al que pueda llevar a su familia. Desde luego que Jim no es Tom Sawyer, no es el compañero audaz e ideal de la aventura: ingenuo, con un perfil timorato continuamente alimentado por la tendencia a la superstición de la incultura; Huck se debate entre la tentación perpetua de vacilarle y la de quedar conmovido por su nobleza que va alternando sin que deje de resultar emocionante que, educado en una moral reaccionaria que le hace sentirse encubridor de un delito al permitir y facilitar su huida, rechace todas y cada una de las muchas oportunidades que tiene de entregarlo a la justicia y hacerse simultáneamente con una recompensa de dinero y afecto en el corazón podrido de los hipócritas. Está en Jim, desde luego, la única mácula que no puede dejar de encontrarle un lector moderno al libro la misma, por más que la calidad literaria de Twain esté a años luz, que lastró las novelas de Beecher Stowe: la perpetuación del mito del negro como “buen salvaje”, noble pero de manifiesta inferioridad intelectual, al que hay no solo que agredir sino querer más por su indefensión que por su consustancial derecho a la dignidad como hombre. Por lo demás, es una rotunda obra maestra, tanto en el retrato implacable de las miserias coyunturales del sur americano (sobre todo durante la estancia en la casa de los Grangreford, idílica estampa familiar redondeada con el punto de decadentismo estimulante de la memoria de una hija adolescente artista fallecida, única tentación sincera de Huck de rendirse a la convencionalidad, que se deshace brutalmente en la imposición de la violencia irracional de las luchas de clanes a lo Puerto Urraco) como en su sabor picaresco, plenamente emparentado con la propia vida vagabunda, pluriempleada y andariega de Twain, que deja momentos hilarantes como todos en los que Huck se ve obligado a mentir y enredar ficciones en que su esencial ingenuidad queda delatada entre la sonrisa de ternura del lector y, sobre todo, dos personajes legendarios como “El Duque” y “El rey”, finísimos retratos de toda esa casta de timadores, charlatanes y embacaudores asociados a la sordidez rural americana con los que Twain toca techo como creador de situaciones precursoras de la comicidad del absurdo, humorista plenamente capacitado para la parodia, especialmente de los registros de la “alta literatura” (esos pastiches de Shakespeare que arman los dos sinvergüenzas en sus “representaciones”) y ferviente devoto de la auténtica caridad, como relatan los escrúpulos morales de Huck que finalmente le llevan a posicionarse con los más débiles cuando sus compañeros de correrías logren suplantar la identidad de un fallecido y engañar a unas jóvenes indefensas para apropiarse de su herencia. El final, aunque de desarrollo un tanto previsible y retardado en exceso, no deja de resultar igualmente delicioso, con ese juego de las identidades falsas entre Huck y el súbitamente reaparecido, como “deus ex machina” del delta del Mississippi, Tom y sobre todo, con el cómico repudio  de este a la facilidad y cómo su mente privilegiada, encendida por la literatura de aventuras y su necesidad innata de que cualquier vivencia suponga en reto para poner a prueba sus evidentes aptitudes, consigue armar una sofisticada estrategia para conseguir la emancipación definitiva de Jim… que para entonces ya había conseguido su libertad por una disposición testamentaria de la viuda. ¿Final feliz? No, en un escritor de la talla de Twain tenía que ser necesariamente “abierto” y ambiguo: rota la confortable coartada de que todo el mundo lo diera por muerto, Huck vuelve al punto de partida, a un reto que se prevee ya será su dinámica vital perpetua, la huida de la convencionalidad (ahora lo que acecha es el cariño dulcificador de la tía Sally…) para preservar una espontaneidad que lo convierte, bienaventurado él, en un animal sublime más que en un hombre. 

ELENA QUIROGA: "Viento del Norte"

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Partiendo de la base de que el “canon” de toda promoción literaria necesita una revisión, una reescritura que deje de lado los condicionantes puramente externos que determinan la ubicación de un escritor para dar preeminencia a la palabra, la única realidad no erosionable por el tiempo, está claro que la Generación de los 50 o Realismo social español es una de la que los precisan de forma más acuciante. Dejando de lado casos directamente sangrantes como el de Ramiro Pinillla y el menor medida el de García Pavón, poco o nada tiene que envidiar, al menos en este título que en su momento se hizo con el premio Nadal, la santanderina pero de adopción gallega a nombres más influyentes y citados en las promociones siguientes como los Laforet, Matute o Martín Gaite. Aunque quizá de factura demasiado “clásica” para los gustos de unos años en que se empezaba a buscar una superación del realismo tradicional, demuestra Quiroga poseer una prosa plástica, exquisita,  de equilibrada belleza que, entre algunos excesos que se antojan la única pega que se le puede poner a la novela (el arcaísmo lingüístico se hace puntualmente cargante en la caracterización de personajes como Ermitas, la anciana criada), brilla en su capacidad de sugerencia en la descripción de la naturaleza , en la recreación de dialectalismos y giros populares de la Galicia rural que todavía conoció en su infancia y juventud y sobre todo en el reflejo de ese entorno marcado por las lacras de la incultura, la miseria y la superstición, en una mirada aprendida del realismo gallego clásico de una Pardo Bazán, pero  lejos de su expresividad dramática y sus caídas en cierto “tremendismo” por el innato sentido estético de su autora. Pero sin duda su mejor tanto está en la caracterización de los personajes y en la coherente línea de evolución psicológica a que los va llevando hasta un final realmente “climático”: de un lado Álvaro, que de inmediato pide ser cotejado con el aristócrata de, por ejemplo, La ilustre casa de los Ramires de Eça de Queiroz, hombre bondadoso y apacible que no se rebela contra los roles marcados por su posición jerárquica pero los cumple de forma pasiva, como cuestiones ajenas por completo a su corazón, dominado por una fascinación por lo intelectual y lo libresco que, salvo en excepciones como su prima Tula (triste muchacha tísica que, antes de su prematura muerte, se apunta entre el clan como única posibilidad de realizar un matrimonio entre iguales respetado por los de arriba…y hasta por otros tantos de abajo tan inexplicablemente necesitados de jerarquías) no puede sino suscitar incomprensión en su entorno. De otro Marcela, hija de una réproba, una adúltera, solo acogida por el amo y por la vieja Ermitas, encarnación quizá demasiado obvia de la ética consustancial al “pueblo” auténtico, que, despreciada por un mundo marcado por la hipocresía moral y las tentaciones supersticiosas de la incultura, se convierte en un ser primitivo en su más noble acepción, capaz de establecer una comunicación interior, casi mística, con la naturaleza que recuerda a los personajes hipersensibles de Gabriel Miró (de hecho, después de ser confinada en un “convento” para evitar el escándalo de las malas lenguas, la decisión de Marcela de contraer matrimonio finalmente con el señor no la marca el amor sino el hondo sentimiento de fidelidad a la tierra). El amor le llega a Álvaro como una de esas revelaciones fortuitas, como chispazos entre la más gris cotidianidad, y la originalidad de Quiroga consigue convertirlo en una línea argumental muy diferente al clásico deseo obstaculizado por desniveles sociales y económicos (que sí sufren otros personajes, como su primo Miguel, enamorado de una campesina, Saruca, cuyo matrimonio queda prohibido por la imposición de Don Enrique, monstrenco machista que la autora parece presentarse con cierta simpatía, como el odioso prototipo del “jerarca campechano” , que directamente no comprendo) en tanto que para Álvaro, íntimamente ajeno a los prejuicios de clase, entiende lúcidamente que la única jerarquía posible entre ellos la marca el tiempo, un acecho de su vejez que el amor hace más torturante y gravoso que lo convierte paradójicamente en el “inferior”, que trastorna su carácter y le hace caer hasta en la irritabilidad y que, lleno de efusión erótica, le lleva incluso a contraer matrimonio incluso desde la lúcida certeza de que sus sentimientos no son correspondidos y Marcela solo pretende huir de un entorno opresivo, la rutina y la disciplina del convento, que para un ser “animal” como ella es directamente la pura negación de la vida. Incapaz de asimilar el “cambio de roles”, una súbita posición de preeminencia a la que se le eleva no desde su condición de persona humilde sino de objeto de desprecio de todos los de su misma clase, Marcela es incapaz de amar y, con la mínima tregua de las esperanzas de acercamiento afectivo que se abren con la maternidad, se instala con su marido una permanente atmósfera de incomunicación,  de silencio en que cada uno de los dos vive alineado en su propia insatisfacción que no puede sino rubricarse de forma trágica: una tarde, una disputa trivial (el que Marcela, como símbolo de su incapacidad para asumir su nueva posición, acuda vestida como una campesina más a la misa de funeral por el tío Enrique) hace que de la boca de la joven salga la única palabra (“un viejo”, pronunciado con rotundidad y resentimiento contenido) capaz de destruir a Álvaro que, enloquecido de dolor, monta con furia suicida a su caballo hasta tener un accidente que desde entonces lo dejará paralítico y hará cargar a Marcela con el múltiple peso de su sentimiento de culpa , el odio de Ermitas, hasta entonces de trato con ella indistinguible al de una madre por su amorosa capacidad de entrega y el de otros tantos de su casta que han encontrado finalmente la coartada para expresar su antiguo odio ahora intensificado por la envidia tras su ascenso social.  Pero aún se reserva Quiroga para el final un nuevo giro argumental que lleva la historia a límites aún de mayor intensidad climática... que debéis descubrir por vosotros mismos.:. En fin, una excelente novela pese a los citados excesos de forma (usos arcaizantes, lirismo un tanto retórico en las descripciones, si bien son momentos parciales, puras muescas en una prosa de evidente calidad formal) que abre a partir de ahora una línea de investigación de estos narradores (me interesan, como no, especialmente las mujeres) a menudo no incluidos en las nóminas y recuentos oficiales: de la propia Quiroga, me intrigan novelas como “La sangre” o “Tristura” (lástima que la mejor editada, en la colección femenina de Castalia y con estudio de Amorós, trate sobre el tema de la tauromaquia y en principio no me interese lo más mínimo) y habría que retomar “Nosotros, los Rivero” y alguna otra de Dolores Medio para corroborar si las intuiciones (que algún instinto para la buena literatura confío en que tuviera ya por aquel entonces) de aquel lector adolescente que fui se ven refrendadas en este tránsito a la madurez-decrepitud. 

P.D: La ilustración no pertenece a la portada del libro, que me resultaba un tanto anodina, sino al cartel de la versión cinematográfica realizada en los años 50 por el director andaluz, que realizó buena parte de su obra cinematográfica en el exilio, Antonio Momplet. 

JESÚS F.ARELLANO: "Las pequeñas"

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Desde su misma, y posiblemente involuntaria ambigüedad genérica, mitad cuento, mitad tebeo, mitad “novela de iniciación” (ojo, no valen como referentes, por la espontaneidad y la falta de pretensiones con que escribe Jesús F.Arellano, ni los modelos hispánicos de la narrativa de personaje “alter ego” de Azorín o Baroja, ni menos aún el más rimbombante de las ínfulas intelectuales del “bildungsroman” de la tradición germánica pero sí ese tono de confidencia, de confidencia de un desconocido en la barra de un bar de JD. Salinger y otros clásicos de la narrativa norteamericana del S.XX) pero ante todo álbum de cromos sentimental (quizá esta es la definición más precisa, no sólo por la voluntad de su autor de desmarcarse de esa ansiedad de tantos por ser considerado artista sino por el papel central que ocupa la temática femenina en el imaginario de la cultura pop (Pérez Andújar cita muy acertadamente a The Beatles y se podría añadir a Bob Dylan y, en el mundo, hispánico a Fernando Márquez “El Zurdo”, que recogió todas estas esencias para dar forma a un disco tan inolvidable como “El eterno femenino”), esa “sensibilidad camp”, reformulación de los principios del futurismo en torno a las nuevas formas de ocio difundidas por los medios de comunicación de masas que, si no fuera porque carece de esa vena experimental decididamente hermética y en consecuencia elitista, podría ponerle en contacto con generaciones artísticas en las que, por edad, podría perfectamente integrarse, como la de los “Novísimos” poetas españoles) es este ya un libro del todo memorable. Con todo, hay mucho más que reseñar y que admirar entre sus páginas: lo logrado de ese tono falsamente “naif” (lección para tanto arte moderno que ha querido apropiarse de ese sentido de la esencialidad obviando el pequeño detalle de que la sencillez no puede entrar en contradicción con la hondura (si es que pretendemos hacer arte mínimamente auténtico…) ni ser una coartada para carencias técnicas o formativas) capaz de apuntar a temas esenciales desde la humildad de solo transmitir la incertidumbre que suscitan y no querer aparentar que se tiene vigor sentimental e intelectual para desvelarlos o el retrato de lo femenino como vía de acceso a una serie de valores (por ejemplo, la fascinación de lo enigmático y lo exótico en el protagonismo que alcanzan las chicas de origen extranjero o el afán transgresor contra el orden y el esnobismo cultural que representan chicas como Pili o la propia fascinación por lo prohibido del protagonista en episodios como “Cinco internas”) que le permitirán afirmar su identidad como disidente en un mundo que ya puede intuir frustrará buena parte de sus expectativas. Pero entre todas las evidentes virtudes del libro, yo me quedo sin duda alguna con el humor, que aporta no solo sus típicas atribuciones de espontaneidad, ironía, y, mejor aún, autoparodia, que lo convierten, como todos sabemos, en el “antioxidante” de la literatura (este libro no se ha hecho prematuramente viejo desde la época en que fue escrito y las cualidades citadas auguran su conservación en óptimas condiciones por otras tantas décadas) sino que además se convierte aquí en una insólita mecánica de redención: así, consigue deslizar una sonrisa compasiva sobre los “defectos coyunturales” de cada uno de los sexos (en los hombres, esa puerilidad permanente de aparentar fortaleza u ocultar la vulnerabilidad que supuestamente fascina a las mujeres y que da lugar a impulsos hilarantes como el de querer arrojarse como “espontáneo” a un ruedo taurino o convertirse en el líder de una camorra de misivas intimidatorias; en las mujeres esos arrebatos de ternura y protección maternal que pueden llevarse a un extremo de irracionalidad que los convierte directamente en irritantes, como le sucede al protagonista en “Cinco internas”) y, sin hacer crítica social ni política explícita, un mundo, el de la posguerra española y la dictadura, cerrado, opresivo, lleno de ojos acechantes de moral hipócrita en el que no es fácil  o directamente imposible crecer pero que queda difuminado por la convicción, llena de una inocencia que no se deja tentar por el desencanto,  de quien en está buscando en el arte, los afectos (los amigos, el amor) o la simple euforia de sentirse vivir y crearse a sí mismo, los propios cimientos de su supervivencia. Hace poco, hablando precisamente con Rubén de esta obra, definía a su padre como un “talento desaprovechado”. Me desdigo: frente a los aleccionamientos, (tan superficiales y, sobre todo, tan malintencionados…) que recibimos desde pequeños para rentabilizar nuestras virtudes,  es evidente ningún talento tiene por qué “aprovecharse”, basta con que reconforte al que lo tiene como una posesión íntima que lo consuela y lo protege de la perpetua agresión del mundo; si Jesús F.Arellano, insensible a las necesidades de sus potenciales lectores, no escribió más libros como el presente es, con total seguridad, porque, además de no necesitarlo, sabía (y aquí demuestra a cada paso lucidez de sobra para alcanzar certezas de esa hondura) que el arte es una presencia que pervive más  allá de cualquiera de sus supuestos actos de afirmación. 

JANNE TELLER: "Nada"

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Por las vías simultáneas de su calidad literaria, el impacto emocional  que produce su historia (una de las más brutales que cualquiera podría recordar en toda su vida como lector) y el hipócrita escándalo que suscitó (prohibiciones y censuras en países que presumen de liberales como Dinamarca, tierra de la autora, Francia o Noruega), es este libro uno de los mayores best-sellers de la literatura europea de principios de siglo. Se inicia este “cuento” (la propia  Teller le da esta denominación, que pese a las apariencias creo que es bastante exacta) tremebundo como un guiño a un planteamiento argumental tratado por clásicos de la narrativa moderna como Capote, Welty o Calvino: el personaje que, hastiado definitivamente con la realidad que le rodea, decide aislarse de los demás y convertirse en profeta de la disidencia. Desde el ciruelo en el que se ha establecido, el adolescente Pierre Anthon lanza las proclamas de su filosofía de nihilismo e inacción recientemente descubierta ante unos compañeros de generación que, sabedores ya de que sus actos los guía la lucidez y no la enajenación, intentan devolverlo al redil para no ver vencidas sus incipientes certezas sin renunciar en principio ni la violencia (la escena inicial de la lapidación). Cuando la acción de la fuerza se revela inútil, inician un peculiar proyecto de intentar desmontar su pesimismo haciendo acopio de sus objetos más preciados e íntimamente significativos para convertirlos en un aval del sentido de la vida que se se convierte en la radiografía más explícita de la condición humana: el intento inicial de no comprometerse y salir del paso aportando cosas superficiales da paso a una creciente fiebre de transgresión moral guiada por el resentimiento (cada uno se venga de la renuncia que le ha exigido el anterior inventando una audacia cada vez más aberrante) en la que, además de la incidencia en actos de crueldad gratuitos (como cuando se exige la cabeza de “Cenicienta”, la perra encontrada en el cementerio) se acaban malogrando valores en principio éticamente sagrados como la muerte (Elise debe aceptar que el ataúd de su hermano pequeño sea desenterrado y añadido al “montón de significado”), la patria, la religión (caso significativo del adolescente árabe que debe entregar su alfombra de rezos con el consecuente desprecio que eso le acarrea en su entorno como traidor a sus valores)o la libertad sexual (Sofie debe dejarse “arrancar su inocencia” para aportar su himen sangrante como testimonio). Cuando el “líder” y miembro más popular del grupo pierda el respeto de los demás tras la indignidad con la que afronta  el sacrificio que se le impone(la amputación de su dedo pulgar, no solo guiada por el morbo sangriento sino por la crueldad de despojarle de su don más preciado: su talento para tocar la guitarra) y se convierta en delator a la policía, la novela cambia momentáneamente de rumbo para convertirse en una valiente sátira de los falsos fenómenos sociales y  debates éticos fomentados por los medios de comunicación de masas (la controversia entre partidarios y detractores del grupo de jóvenes, que llega a sobrepasar los límites del propio país) o el esnobismo y la desorientación de valores estéticos del mundo del arte (museo que reivindica el “montón de significado” como una obra genial y está dispuesto a pagar una elevada suma de dinero por exhibirlo) que, además proporciona a Anthon, cuyo nihilismo se ha mantenido insensible a la celebridad ganada por sus compañeros y sobre todo a la evidencia de lo que han sido capaces de arriesgar para persuadirlo, el argumento perfecto para vencerlos cuando señale lúcidamente que la conversión de sus significados en materia comercial es la prueba definitiva de la inanidad de los mismos. El final, (que no os avanzo, claro) aunque añade la rúbrica definitiva de brutalidad a la historia y resulta de gran expresividad, creo que no puede sino resulta en parte previsible y es lo que el lector ha intuido desde el primer momento. Aunque tal vez, al menos eso quiere uno pensar,  al final, la inmolación del “héroe” no haya resultado del todo inútil y  revela que han aprendido tal vez la única lección existencial que puede asimilarse: que, al margen de todos los valores subjetivos que le queramos atribuir (llamémosle amor, patria, religión, familia…) la vida, objetivamente contemplada, no es sino vacío y absurdo pero que de esa certeza, más que el pesimismo, debería nacer la conciencia de la vulnerabilidad, es decir, la raíz de la única ética auténtica. 


ANA ARES: "55 minutos"

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Si faltaran en este libro poemas de sustancia, logros redondos por su emoción y uso limpio del lenguaje (que no es el caso), creo que sería igualmente memorable por su simple movimiento estructural, su disposición de tal manera que remite a toda una larga tradición de poemarios que intentan describir el proceso de amor y, a la vez, su habilidad para desmarcarse de ellos en un final que reclama se reconozca su evidente originalidad al margen de posibles modelos. Así, presenta el sentimiento amoroso como una dinámica de premonición ( emocionante ese primer poema en que se habla del amor como un germen, una semilla cuya llegada se intuía pero a la vez se retardaba casi voluntariamente hasta lograr la madurez del corazón y el dominio sobre la palabra que pudieran hacerle justicia: Esperaba algún viento,/la voz mía,/para llegar más alto,/para decir más blanco/y no herir el silencio/con palabras de amor/que no nos contuvieran ), búsqueda (“Pasaporte biológico…”, que hace más emotivo el género lírico del “retrato” en tanto que no busca la definición de la propia identidad sino el ser indicio, huella para ser hallazgo en otro que se complementa con la simultánea búsqueda del ser amado que testimonia el siguiente poema), hallazgo (resulta conmovedor aquí como la autora reivindica su melancolía como el mejor aval para que el otro supere el miedo a hacerle daño que se ha convertido en freno para la unión: Dónde puede llevarte tu tristeza /que no se haya embarrado/antes mi corazón? Tómame de la mano. No le temo/a ninguna tiniebla en la que habites), intensificación y… cuando el lector espera la desolación peligrosamente convertida en tópico, la rendición casi obligatoria al “largo lamento” saliniano  tras ser voz debida a otro, (los guiños a Don Pedro no son caprichosos, no tanto porque la propia autora lo cite en la introducción a la segunda parte sino porque el estilo de todo el poemario demuestra una plena asimilación de las lecciones de esencialidad, precisión léxica, música a media voz y captación de la “esencia” sin necesidad de cascarilla brillante y ornamentos retóricos que nos regala toda su obra), encuentra, de manera sorpresiva y gozosa, tan sólo unos “atenuantes “ (término bien elegido que sugiere cierta elegancia y distancia irónica en el desconsuelo), versos que registran ausencias (Qué extraña sombra tuya/cuando te vas y queda/en tu lugar un cuerpo que te busca/hecho cántaro roto y sangre no vertida), culminan con un desiderativo (el magnífico Ojalá) que expresan la inseguridad, el miedo a perder (o tal vez, peor aún, a dejar de merecer) aquello que se ha amado, pero cuyo mensaje final parece no ser otro que la supervivencia de los amantes y su intensidad pasional entre el cerco de un mundo opresivo (Cómo así, tú y tu piel?/Cómo estos ojos tuyos, tu mirada, cuando todo en el mundo se ha perdido?). El título del libro, en principio desconcertante, parece remitir (y ya me comentará la autora si esa era su intención) a la idea de que estos estados evolutivos del sentimiento no se dan de forma lineal ni están radical(y temporal)mente separados los unos de los otros, sino que cada instante de la vivencia amorosa, cada hora (o cada 55 minutos) consiste en la sucesión simultánea de los mismos, un eterno retorno en el que se pasa, en una circularidad viciosa,  del anhelo a la consumación, y, en consecuencia y con plena sabiduría, los poemas están “desordenados”, dispuestos para sugerir una dinámica de avances y retrocesos, de la necesidad de encontrar el amor a su consumación erótica… y vuelta a la incertidumbre inicial y de esta de nuevo al “éxtasis… y así hasta el infinito. El proceso, podríamos decir “intermedio” ,de crecimiento progresivo del amor una vez que ambos amantes lo han desvelado, ocupa buena parte del libro y nos proporciona muchos de sus momentos más logrados: entre ellos, la delicadeza con que el amor filtra un eco de trascendencia entre la cotidianidad (Oler tu ducha, /oler tu desayuno/desde el hueco que dejas en la cama), la asunción voluntaria del sufrimiento precisamente para ser digno de liberarse de él (No he dicho que me quieras derrotada,/pero así habré de ser cuando llegue a ti) y quede siempre un poso de humildad y de conciencia de casi no merecimiento que de el amor su auténtica dimensión humana (Yo sé que me  dirás están abiertas/las puertas a que llamas/ mas yo me inclinaré con reverencia/otra vez, esta vez, la misma vez……estos versos, si no pusiera “Ana Ares” en la cubierta del libro, se los atribuiría sin pensar a Elizabeth Barrett), los momentos en que hasta  el mundo y sus fenómenos naturales (el estupendo poema sobre la lluvia) parecen convertirse en pretexto para nuevos ritos de unión, las ganas de enajenarse hasta convertir el amor en otra dimensión inalcanzable para la realidad, el “jardín cerrado” al que aspiran los místicos de vocación (Venzo la tentación/de llevarte conmigo a donde vaya,/de esconderte en el bolso, en un bolsillo,/donde pudiera solo acariciarte/sin saberlo los ojos de la gente)o la manera inadvertida, casi de “voayer” indecente, en que se cuela la otra pasión auténtica, la de la palabra, entre la celebración erótica (Cuando se enredan dos/que son como tú y como yo,/los dos poetas,/hay besos entre versos encubiertos,/y la guerra intestina de palabras/es un órgano más, enfebrecido), hasta que la autora pueda clamar, eufórica, que “han vuelto las palabras” y se poseen plenamente para dar testimonio de la plenitud que ha logrado (y no deja de hacer otra cosa hasta el final del poemario).  En fin, un verdadero hallazgo que, volviendo al juego del título, tal vez pueda leerse en tan sólo 55 minutos gracias a la espontaneidad, a esa “fácil dificultad” de los verdaderos poetas, los que ofrendan la hondura sin violentar el legítimo hedonismo del lector, pero cuya verdad, humana y poética, le queda retumbando al lector, sin traicionar la vocación de humildad de la autora (por ahí , en algún hueco oculto de esa nuestra víscera rectora y tantas veces tirana) de forma perpetua.


MARIO VARGAS LLOSA: "La ciudad y los perros"

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Rotunda obra maestra de juventud del genio peruano y la que, tras las iniciales Los cachorros y Los jefes (que aún tengo pendientes de lectura) lo dio a conocer en nuestro país y consolidó su papel de figura referencial del cacareado “boom” hispanoamericano tras hacerse con los premios Biblioteca Breve y de la Crítica (1962 y 63 respectivamente).  La novela es un logro inacabable ya desde su ambientación, el tétrico colegio militar limeño Leoncio Prado, emblema de la institución especializada en desustanciar a los hombres, en extirparles prematuramente su potencial de lucidez crítica y empatía humana para convertirlos en eslabones pasivos del sistema, de cuya inautenticidad es víctima incluso el cuerpo docente y militar que lo dirige (casos muy significativos como el afeminado profesor de francés que, por su apariencia de debilidad, se convierte en blanco de la visceralidad reprimida de los alumnos)… hecha la excepción del teniente Gamboa, de un fervor por la disciplina de puro fanatismo religioso, resultado de la ingenuidad de que la complejidad de la vida y el ser humano es reductible a reglas, que una vez que se desvelan las múltiples “transgresiones “ al orden ocultas (alcohol, juego, robos, prácticas sexuales) a propósito del asesinato de El Esclavo, no puede sino tomarse la restauración moral del colegio como un pulso personal vivido con tal rigor que finalmente lo hace inaceptable para el sistema y labra el fracaso de su futuro en el ejército con el “destierro preventivo”. Lo peor no es ya tanto el clima de disciplina inhumana de la institución, la continua apelación al valor y la virilidad en sus acepciones más viles (para colmo impuesta desde una paradójica cobardía, como se expresa en actos como el casi tribunal de guerra con el que se intimida a un alumno por romper un cristal y robar un examen y, especialmente, con la miserable ocultación de las evidencias de un crimen por temor a las represalias y la presión de familiares, superiores o medios de comunicación), sino el hecho de que los alumnos hayan asumido la supervivencia como agresión, como la falsa dialéctica del “morir o matar” sin que nadie, ni siquiera los más obviamente sensibles y predispuestos al sentimentalismo (sobre todo Alberto, el “poeta”, hombre frágil desde su problemática vida familiar, tendente al enamoramiento atormentado pero también lo suficientemente pragmático para convertir su talento para la escritura no en un lastre sino en una forma de resistencia, haciéndose respetar como redactor de cartas personales… o de relatos pornográficos para aliviar las libidos desatadas), se atrevan a defender la compasión como forma de disidencia.  Así, los alumnos novatos son calificados de “perros”, sufren todo tipo de vejaciones físicas y psíquicas que a su vez alientan su ansiedad por crecer y convertirse a su vez en verdugos lo que, sumado a su necesidad de revancha respecto a sus propios agresores, crea una atmósfera de violencia a perpetuidad, un ciclo imposible de romper, como bien demuestran los estudiantes de “El Círculo”, núcleo de supervivencia liderado por el aparentemente inhumano El Jaguar… aunque incluso él fue una vez inocente y capaz de amar, y hasta de emprender una carrera delictiva desvalijando mansiones de clase alta para conseguir dinero con el que seducir a un primer amor de juventud. Quienes opten como estrategia para resistir el servilismo con los fuertes se equivocan; ahí está el drama de Ricardo Arana, “el esclavo”, una pieza maestra de la hondura psicológica de Llosa, pura carne de humillación desde su infancia con un padre castrante que se avergüenza de su fragilidad y aspira a “hacerlo un hombre” de forma inhumana, la continua violencia física y mental que recibe en el colegio y, finalmente, despojado de su única opción personal  de redención por su supuesto único amigo, Alberto (que le arrebata a Teresa, “la chica” de su infancia, auténtico centro emocional de la novela por la que compiten no sólo los dos personajes citados sino también El Jaguar y posible razón auténtica, aunque no confesada explícitamente (ni siquiera por el narrador) de su conversión en criminal), que precipita su conversión delator de sus compañeros y en consecuencia un asesinato que será cobardemente disimulado por las autoridades del colegio como un accidente en unas prácticas militares. Como toda obra genial, esta lo es hasta en mínimos detalles que se antojan cargados de simbolismo: qué mejor imagen, resumen de toda la humanidad malograda de estos jóvenes que “La Malpapeada” , perpetuamente fiel entre la violencia que sufre, a El Boa, uno de los protomachos más bestiales de El Círculo… como nuestra propia rendición incondicional a una vida de la que no conseguimos más que la promesa de la futura y perenne agresión. Pese a todo lo expuesto, la crudeza de la obra no es absoluta (por cierto, la censura española debía ser ya descafeinada o directamente inexistente en esta época para pasar por alto las escenas de sodomía, masturbación o zoofilia… crudeza sexual típica de don Mario de la que imagino tomarían buena nota sus rivales políticos tristemente victoriosos en el Perú… y es que toda la “perversión” de Llosa no cabe sólo en Elogio de la madrastra, Pantaleón y las visitadoras o Los cuadernos de Don Rigoberto) y, ante el asfixiante inicio y desarrollo de la novela, el final se puede calificar casi de “happy end”: no os lo cuento, vosotros mismos lo juzgaréis... y veréis si estáis de acuerdo en pensar en que hay ciertas felicidades que se parecen peligrosamente a la rendición y que, en definitiva, quizá se pueda decir del colegio Leoncio Prado lo mismo que del campo de concentración de Austwitchz: que en realidad nunca hubo supervivientes… porque los vivos quedaron más íntimamente muertos que los mismos difuntos. 

CHARLES BAUDELAIRE: "Pequeños poemas en prosa"

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¿A quién pertenece en justicia la autoría y el derecho de patente de un género literario, a quien lo inventa o a quien escribe en él su primera obra maestra, la que pone en evidencia todas sus posibilidades expresivas y queda como referente inevitable para sus posteriores practicantes?  Baudelaire no intenta hacer pasar el poema en prosa como un invento suyo, no niega la impronta ni de la teoría romántica del hibridismo de género (aquí plenamente lograda en la intersección de lo lírico-descriptivo, la hondura reflexiva y la anécdota narrativa, con el contraste de registros de estilo que supone) ni del francés Aloysius Bertrand (cuya influencia glosa en la carta inicial a Arsenio Houssaye que hace las veces de prólogo) pero lo escribe con tal brillantez, en poemas que tan poco le tienen que envidiar a Las Flores del mal ni en calidad literaria ni en  condición reveladora de la personalidad y las constantes obsesivas de su creador que, lo dicho, existe la tentación de considerarlo directamente una aportación suya (otra de tantas) a la historia de la poesía universal. Estos pequeños poemas en prosa son el enésimo intento del poeta parisino de crear un proyecto personal para conjurar los demonios del hombre (al menos los del hombre, plenamente persuadido de su vulnerabilidad como tal, que él era) que no son ni el demonio, ni el mundo, ni la carne (al menos el primero y el tercero bastante gratos a su persona y su identidad artística) sino la sensación de extrañamiento y desarraigo(¿Qué es, entonces lo que amas, extraordinario extranjero? Amo las nubes… las nubes que pasan… allá lejos… las maravillosas nubes, se nos dice ya de forma muy reveladora en el primer texto y considerados inclinación espontánea antes del mal aprendizaje del mundo en Las vocaciones) y la misantropía (culminación del desengaño de los afectos humanos, sean amorosos o de simple amistad,  en poemas como Los ojos de los pobres o La moneda falsa), inseparable de cierta tendencia patológica a la insatisfacción por todo y por todos (Los proyectos, En cualquier parte fuera del mundo) y una vivencia incoherente de los propios deseos (¡Ya¡)  que se impone al margen de la lucidez para desvelar nuestra miseria. ¿Sus armas? Las clásicas de su genialidad y de toda sensibilidad  y capacidad de intelecto que aspire mínimamente a lo auténtico: el acercamiento afectivo a los marginados y los débiles (La desesperación de la vieja), a menudo como la salvación en lo espontáneo frente al artificio del mundo reglado (El juguete del pobre)  pero no reñido con una vena corrosiva y crítica que roza el arte de la crueldad de un Jonathan Swift (por poner el ejemplo más brillante) y pretende no dejarles acomodarse en la autocompasión, ni mitificarlos “per se” (ahí está la terrible anécdota luctuosa que se nos narra en La cuerda, el más colindante con el simple relato frente a la reflexión lírica) ni caer en la trampa de la caridad que es parte esencial de la hipocresía de los poderosos (memorable el titulado ¡A los pobres, matémoslos a palos¡) la capacidad de crear atmósferas a partir de la sugestión emocional y el talento para la sublimación idealista del mundo, indistintamente aplicados a la naturaleza, el erotismo o la simple observación de la cotidianidad (todas radiantes en El aposento doble y otros textos como El loco y la Venus, Un hemisferio en una cabellera, Las ventanas, El deseo de pintar, ¿Cuál es la verdadera?, El puerto), la necesidad de provocación (más impulso irracional incontrolable que decisión consciente en textos como El mal vidriero), la posesión de la sutileza (léase aristocratismo) de espíritu suficientes para ser un hedonista de la soledad , especialmente en el refugio romántico de la noche que consuela la opresión de la vida diurna (A la una de la madrugada, El crepúsculo, La soledad), el tiento al mal en busca de una aproximación honesta a sí mismo frente a la simulación de la virtud (El jugador generoso), el canto al exceso, a la intensidad entre los límites timoratos de la cordura que nos desustancian la vida (Embriagaos), un humor que además de inteligente tiene la valentía de ser sincero y desvirtuar la trascendencia que se autoimpone como artista (Pérdida de aureola)… y otras tantas que espero me cuente algún lector más incisivo y atento porque este libro, como cualquiera de su autor, tiene tantas vidas y tantas lecturas como personas que se acerquen a él con la humilde intención (expectativa imposible de frustrar) de enajenarse de la propia.