LUCÍA PLAZA: "Lonely planet"

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La excelencia de este último libro de Lucía Plaza restalla antes incluso de su primer poema: con una cita de Kavafis  (… la ciudad es siempre la misma./Otra, no busques- no la hay- ni caminos ni barco para ti.- La vida que aquí perdiste/la has destruido en toda la tierra)  que resulta una elección inmejorable para sugerir que la huida es una ficción, un gesto tan inútil como un simple cambio de postal  que pretende conjurar un vértigo que permanece tan afirmado en la propia subjetividad que no hará sino proyectarse en cualquier lugar que acoja su ansiedad.  Por ello, Matías Miguel Clemente en un prólogo breve pero sumamente esclarecedor por su aproximación certera a las claves del poemario, señala que la poeta “no deja de mostrarnos la globalidad que supone hoy el dolor, el desarraigo, la soledad, el amor que se desmorona por las calles de cualquier ciudad”.

 Eso es Lonely planet, ya desde la inquietante ambigüedad de su título, una cartografía del sufrimiento, un itinerario desasosegante por los más diversos escenarios y apariencias de la derrota que abarca el desgarro de la separación  (“Objetos perdidos”, “Los paraguas de Cheburgo”), la fatalidad de crecer para corroborar la pérdida de la inocencia (“Universo”, ) la conclusión amarga del sueño de la celebridad en una deriva de excesos y fama impostada en que el reconocimiento externo se contrapone a la certeza de no contar con nadie que se comprometa con la propia intimidad herida (Contratos multimillonarios que no pueden comprar/un lugar/donde poder llorar a solas/donde nadie pueda ver/la pena hirviendo en mis ojos enrojecidos se dice en “God save the queen”, líneas que remiten al escalofrío de aquel “cada día hago el amor con 25.000 personas y después me acuesto sola” que sentenciara  otra víctima prematura del éxito como Janis Joplin),amar como el sometimiento al pulso de comprobar cuánto ha sobrevivido a la devastación del tiempo (“Trenes”, “Bienvenido”) y con ello renunciar a cualquier tipo de coartada para no asumir  la proximidad asfixiante de la enfermedad y la muerte (“Hospital central”), el peso de afrontar la supervivencia en un mundo inauténtico, la suplantación artificial de una naturaleza cuya espontaneidad solo puede ya perfilarse  en el delirio (“Un techo de estrellas”), una carencia de valores éticos que niega la posibilidad de enraizarse en patria alguna e impone la conformidad con el autoexilio (“Nothing to declare”)…si bien, y es parte fundamental de la complejidad que debe caracterizar  todo libro genuinamente memorable,  no todo en este planeta solitario es desgarro, persiste alguna senda cuyo destino marcado no suponga  el extravío: “Usa” conserva casi intacta la euforia  del viaje como una aventura de construcción personal a través del otro y el excelente “Cercanías” ahonda en la inminencia del reencuentro hasta el punto de ejercer una deformación de los límites espaciales y temporales  que impone la distancia (Así- de tu corazón al mío- se reduce la distancia/se vuelve un suave traqueteo casi un arrullo/una elipsis para soñar y disfrutar del paisaje/para pasear el corazón/por confortables vías de acero).

 Una parte fundamental de la singularidad que apuntala la consistencia del libro radica en la apuesta novedosa, y también sumamente arriesgada, que implica su estilo: además de la mezcla sugestiva de irracionalidad (sin la complacencia hermética de tanto experimento supuestamente vanguardista) y referencialidad realista,  el talento de su autora  para subvertir la impersonalidad de lenguajes decididamente asépticos (guiones cinematográficos, anuncios breves de prensa, textos instruccionales) y convertirlos en códigos capaces de transparentar la fragilidad emocional, especialmente en  “No life vest under your seat”, donde un instante anodino  de la cotidianidad va transformándose en una apelación dolorosa a asumir la vida como una apariencia, la conciencia de la propia insignificancia y el deseo como una ortopedia en que apenas se sostiene el pundonor de resistir (No olviden/que viajan con sus sueños como único equipaje/no haciéndose responsable la sociedad ni la empresa/si estos aparecen rotos y mojados/flotando en alta mar/bajo el amanecer violeta). Igualmente, y como quien ha asimilado el magisterio de un “Poeta en Nueva York” de García Lorca, los lenguajes tecnológicos e informáticos que conforman el bagaje más emblemático de la modernidad aparecen líricamente afinados para insinuar la opresión, para sugerir una alienación vital en que se asienta la paradoja de que su voluntad de tender lazos afectivos no ha hecho sino confirmar nuestra rotunda incapacidad para la empatía (En la era de la comunicación/nunca una sílaba costó tan cara(…)Un Olimpo de ondas/de cifras/de cables/que nos condena al ostracismo/de no entendernos, concluye “Papelera de reciclaje”). Igualmente, nos asombra a cada momento una palabra de total competencia sugestiva, un talento para la recreación climática de “atmósferas” emocionales  que tiene sus mejores ejemplos en el inicial “6:30” (su panorámica la ciudad recién amanecida nos evoca la ternura que suscita la palpitación frágil de cuanto acaba de nacer (Se va apoderando a pinceladas de las calles/derrochando un perfume de café/y flores de piel recién abierta/ con piezas ensambladas del engranaje/de una caja de música)  pero también el desequilibrio  que  impone una civilización vaciada por la robotización y la uniformidad (Haciendo enrojecer con su furia los estratos bajos de las nubes/detonando la maldición/de los despertadores/de los hombres embozados en trajes grises/del llanto hueco de las campanas)) y en “La chica de la fábrica de cerillas”, cuya ambientación  llega a cobrar las dimensiones de una densidad onírica colindante con la duermevela asfixiante  y la pesadilla.

Dejo para el final, y no puedo sino transcribirlo entero, el que quizá es mi momento predilecto en este vuelo poético de texturas tan perturbadoras que merece mucha mayor difusión y atención crítica de la que seguramente ha recibido : ”Automático”. Más o menos conocedor de la peripecia vital de Lucía (soy compañero de trabajo de Javier, su marido, en el IES Jorge Manrique de Motilla del Palancar), su necesidad de renunciar a menudo a la vida familiar por imperativos laborales, no puedo sino dejar de conmoverme ese esfuerzo de aleccionarse (tan frustrado como el de otros poemas de temática similar como “Fotogramas”, que no hace sino revelarle cómo la nostalgia es una adicción exigente/que sólo habla/-y no escucha-/ni sabe de dolor/ni comprende) para la insensibilidad, para diluir el amor en una anestesia capaz de salvar su herida confundiéndolo en el ritmo opaco que implantan la vida convencional y la rutina…y  la poesía, sabedora de que es más que una condenación al olvido de cuanto invoca:

Voy a levantarme cada mañana
Y no voy a pensar en ti

Voy a ponerme el traje gris marengo de “Soledad & Rutina”
Y a tomar el café en una taza
Que no reconozca el roce de tus labios

Después

Peregrinaré hasta el trabajo
Por calles que nuestras sombras nunca han recorrido
Y me mantendré en pie-cada vez-
Que mi pecho reciba
El impacto mortal de tu recuerdo

Voy a sincronizar los latidos con el tic-tac del despertador
Y  limitarme a abrir
Y cerrar los ojos

No voy a mentirme

Te sacaré de mí- poco a poco-
Goteándote en cada una de mis palabras
Aunque sea necesario
Un universo de versos

Para extinguirte.

FRANCISCO CARO: "Cuaderno de Boccaccio"

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Aquellos lectores que aún sigan teniendo reticencias con la poesía culturalista, que la perciban como un exhibicionismo “arty” sin más sustancia que el brillo de la referencialidad de la que presume, puede que hayan leído alguno de los libros adscritos a dicha tendencia en la poesía española de los años 70. Desde luego, no han leído a Francisco Caro y su “Cuaderno de Boccaccio”. Un ejemplo de que la “impostura” se rebela contra la connotación que la pretende una forma de la mentira.  Un viaje a la Italia renacentista del S.XIV, a las clases ficticias de un ya anciano Boccaccio ante un grupo de alumnos predilectos, que llega hasta el tuétano de los dos o tres motivos verdaderamente esenciales de la poesía y sobrepasa la fascinación de la coartada literaria que lo motivó.

Me gustan especialmente en este libro las reflexiones metaliterarias, las sabias apelaciones a una poesía sobria, contenida tanto en el desgarro y la exaltación emocional  como en el preciosismo formal (de la que estos poemas, por supuesto, son cumplido ejemplo en virtud de la coherencia rotunda con sus propios planteamientos que preside cualquier libro de este excelente poeta), que es una emanación espontánea del vivir pero que es consciente de que solo podrá comunicar su verdad a través de una mínima disciplina de refreno y equilibrio (Que nunca se derrame/ni os domine/ como a veces pretende,/que no os tema,/conducidlo/ sereno a su final llevándole de la mano). Una poesía que no termina en su realización verbal sino que queda incompleta y hasta vaciada sin el cotejo con la experiencia que alentó su existir (pensaos en poema como fruto/imperfecto, mortal, matriz en esperanza/entendedlos así:/trinidad y conflicto/permanente y acción, hacedlo verbo/esperad tiempo y modo, conjugadlo  afirma  en “De la acción y el verbo”), que desvela la trascendencia muda en su humildad de cuanto aparenta insignificancia (En las que no griten,/poned vuestra atención en tales cosas,/también existen,/tienen/la misma intensidad/de aquellas que vocean su presente) sin renunciar a ser una suerte de materialización de lo imposible (También es un poema/la cúpula imposible,/sueño núbil y abierto en el Duomo del Fiore/ de quién será/-ofrecía Boccaccio-/la palabra que cubra tanto azul infinito?), que es entrega y a la vez recogimiento sugestivo en su propio misterio (… No contéis la evidencia/ni desveléis lo oculto,/vuestros lectores deben/intuir vuestra senda, pero hacedles/dudar sobre el exacto recorrido), que mana del magisterio de los clásicos pero que a su vez sabe que solo alcanzará su autenticidad a través de la transgresión de su genealogía (Alguno de vosotros (…)/escribirá sin mí, renegará,/me negará/tres veces como padre, será poeta), que es lúcida y sabe tentar sus propias carencias y por tanto sentenciarse a sí misma al silencio, sin necesidad de la evidencia del desprecio de los demás, cuando ha rozado lo mediocre y lo inane (Vosotros, mis futuros: Alessandro,/ Filippo, Luca, Massimo, Paolo,/que pronto viviréis en tales tiempos,/juradme ser humildes, que jamás/os haréis imprimir/libros inútiles).

Una palabra, en definitiva,  que asume con ternura su propio desgaste,  que se niega a ser una salvación estética de la vida para, por el contrario, asumirla y verse a sí misma crecer en el sufrimiento y la sensación de orfandad e intemperie que fatalmente nos impone (Os conviene mirar de cerca el miedo/y salir,/tocar la tierra,/el negro frío con las manos,/saber de soles sucios y de oteros,/escribir de los hombres que orinan el dolor) y por ello deja como testamento una invitación al viaje “kavafiano” aun sabiéndolo un pulso desesperado contra la ruina  del tiempo (“Que conozcan las islas/o las huérfanas letras,/la errante, venturosa,/riqueza de quien anda,/que sean de oro pobre/ y de prez escondida).  Por todo ello, y por la rotunda originalidad de su enfoque y su ángulo de enunciación lírica, este es mi poema predilecto de un libro en el que ningún texto está demás, que es la obra de un poeta clásico que caracteriza a otro clásico a través de un decir que hace suya la virtud estilística de lo clásico: un insólito regalo, rayano en el milagro, para el lector.

DE PALABRAS Y CALLES

Por donde pasen torpes
Jinetes como ángeles mecánicos
De oscuros vicios

Ni de abadía,
Ni de una audiencia, quiero
-confesaba de sí
Boccaccio de Certaldo-
Que mis palabras sirvan
Para empedrar las calles

Que les arranquen
Sus aristas las aguas,
Sus sílabas los pasos de mil brutos

Que griten golpeadas por el hierro
Errático de furias y herraduras

Que pierdan su inocencia y sepan

De la inmisericordia. 

JOSÉ MARÍA EÇA DE QUEIRÓS: "El primo Basilio"

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Pese a que José María Eça de Queiroz la concibió como su primera aproximación certera (y punto inicial de un proyecto de novelas cortas sobre el Portugal contemporáneo, con personajes intercalados, según el modelo de la comedia "balzacesca" que nunca llegó a materializar debido a su creciente distanciamiento con este movimiento literario ) a una estética realista que  consideraba clave dentro del proceso de modernización social y cultural de su país que se propuso su mítica generación (con el malogrado Antero de Quental a la cabeza), como muestra del aún persistente romanticismo que había influido, aunque a su pesar en las primeras prosas del autor, “El primo Basilio”, que Eça corrigió y reescribió varias veces sin encontrar nunca el resultado que satisfaziera su implacable autocrítia,  es un folletín. Pero, eso sí, es probablemente la sublimación del folletín, la prueba definitiva de que hasta el género más previsiblemente execrable puede ser el cauce de una obra maestra si viene servido de la mano de un impecable estilo literario y una agudeza crítica y satírica (Basilio Losada reivindica en la introducción a esta edición que leo, traducida por el poeta Rafael Morales, en Planeta que fue uno de los grandes humoristas de su época) que confirma a cada instante la legítima ubicación del portugués entre los grandes un movimiento que ha aportado algunos de los nombres más grandes de la historia de la novela. Ligado a la temática decimonónica del adulterio femenino y a su filiación a la sátira social y la introspección psicológica en los abismos de la culpa, su protagonista, la joven Luisa, como han señalado reiteradamente los críticos en la necesidad (que ya es más bien fastidio) de cotejarla con la Madame Bovary que es personaje emblema de este conflicto, no es una soñadora enérgica, decidida, con plena voluntad de practicar la evasión sentimental y carnal para crearse su propia fuga a una realidad insatisfactoria, sino más bien un ser “pasivo” cuya caída es resultado de una serie de condicionantes externos que será incapaz de gestionar al tropezar con la maldad y la hipocresía que le rodea. Ningún retrato suyo podría ser más acertado que el escrito por su propio creador:

“…la señora sentimental, mal educada, nada espiritual (porque el cristianismo ya no lo siente y porque no sabe lo que es la sanción moral de la justicia), atiborrada de novelerías, lírica, sobreexcitada por la ociosidad y por el objeto del mismo casamiento peninsular, que es ordinariamente la lujuria, nerviosa por la falta de ejercicio y disciplina moral, etc, etc… en fin, la burguesita de la Baixa”.

Luisa vive en su propia Arcadia feliz, casada con un joven burgués de posibles y mayores expectativas de éxito, noble aunque inevitablemente tocado por el espíritu reaccionario y conformista de su clase, leyendo novelas, estrenando vestidos para ir al teatro y recibiendo al selecto grupo de amigos de la familia en las pequeñas tertulias y frivolidades de salón de una Lisboa más provinciana que cosmopolita. Una prologada ausencia del esposo por motivos de negocios al Alemtejo y la súbita reaparición de su primer amor de juventud, el primo Basilio, un joven de origen humilde convertido en la más execrable versión del Don Juan y la soberbia del “hombre hecho a sí mismo” que, enriquecido por efecto del azar y su carencia de escrúpulos en las colonias brasileñas,  mira cuanto le rodea con hastío y una grotesca sensación de superioridad, sumada a la influencia de su amiga Leopoldina (como han señalado los críticos, la auténtica Emma Bovary de esta historia, una fabuladora impenitente enredada en una y otra historia sentimental que es despreciada por el nudo de la sociedad biempensante lisboeta simplemente por atreverse a reconocer y vivir de forma explícita lo que  el fariseísmo de los demás convierte en algo clandestino), quien le presenta el adulterio casi como un requisito imprescindible de refinamiento y modernidad frente al catetismo del matrimonio institucionalizado, la precipitan a una pasión ilegítima, como hemos comentado antes, más inducida que elegida voluntariamente y alimentada siempre por cierto poso de culpa ante el supuesto enamoramiento y el tormento que sufre Basilio que no es más que una hábil mascarada para la satisfacción de un capricho sexual.

A partir de este motivo central, se desata un subtexto de la novela que sin duda era el objetivo principal de su autor: una crítica social acerba, de una intensidad de querencias viscerales nada objetiva, contra una sociedad carcomida por el atraso y la hipocresía moral (No dejan lugar a ambigüedades palabras de Eça para caracterizar su principal interés en evolucionar hacia una estética realista y naturalista: “Queremos hacer la fotografía, iba casi a decir la caricatura, del viejo mundo burgués, sentimental, devoto, católico, explotador, aristocrático, etc. y señalarlo para escarnio, carcajada y desprecio del mundo moderno y democrático, preparando así su ruina”) cuyo juicio moral, falso pero implacable, es la garra que se cierne alimentado el complejo de culpa de la mujer díscola. Para su caracterización, Eça se sirve de una implacable galería de seres tirando a esperpénticos que le permiten lucir su no siempre reconocido talento para la sátira: el consejero Acacio, caricatura del hombre público pomposo, retóricamente vacío y autosatisfecho, el dramaturgo Ernesto, con el que satiriza los excesos de la estética romántica aún persistente y los conflictos del artista en su contacto con editores y empresarios (sin duda, todo ello con un fondo autobiográfico que nos habla de la peripecia literaria del propio Eça), la irritante Doña Felicidad, dama ridícula y cursi, de ideas ultramontanas y con un afán patológico de llamar la atención apelando a la autocompasión por sus problemas de salud o sus castos amores frustrados… un mundo inauténtico siempre amenazado por el absurdo del que solo parece salvarse la autenticidad humana que representa Ernesto, personaje bondadoso aunque un tanto resignado y falto de iniciativa que aún conserva valores humanos de fidelidad y sincera implicación en el otro que, pese a su insobornable sinceridad, no dudará en recurrir a la mentira (por dos veces: para disimular los encuentros furtivos de Luisa y Basilio y para intentar ocultar después la evidencia del “crimen” ante su amigo del alma) para intentar defender la honra y buena imagen pública de los predilectos de su corazón. Pero entre todos los caracteres de la obra, y así ha sido reconocido por unanimidad por críticos y lectores, deslumbra el retrato psicológico maestro de la criada Juliana, parte legítima de la galería de mejores personajes novelescos salidos de la inventiva decimonónica, cuyo resentimiento supera ampliamente el de un simple odio por diferencia de clase para convertirse en una turbiedad que alimentan sus complejos físicos, su frustración sentimental y sexual,  el acecho de una muerte temprana por problemas físicos, cierta delectación morbosa en la inmoralidad de los demás y una existencia escrita sin participación de su voluntad que la convierten en una implacable maestra del chantaje, la mentira y la manipulación sentimental que se va dosificando en un impecable “in crescendo” de la tensión dramática en la segunda parte de la novela (sustancialmente mejor a la primera que detalla las interioridades de la relación adúltera e incestuosa de la protagonista con Basilio) en que se va ejerciendo una progresiva inversión de los roles “señora-criada” a medida que crece la euforia y la sensación de poder de Juliana, que no podía sino convertirse en el detonante de la tragedia final.


Tragedia final con dos “clímax”... que por supuesto no os revelo aquí.  La novela tuvo un éxito impresionante en su época, tanto entre la crítica (salvo en los pacatos de turno, similares a los que llevaron a Flaubert a juicio por inmoralidad, que la calificaron de “pornográfica”) como en entre los lectores, y supuso la mayoría de edad inmediata del realismo portugués que desde entonces, y hasta que a partir de la década de los ochenta Eça se viera tentando por evolucionar hacia otras estéticas orientadas a lo estético, lo fantástico o lo humorístico en cuya suma veía la misma encarnadura de la modernidad, ya contaba con un autor capaz de competir con los frutos de las mayores luminarias del español, el ruso o el modelo francés originario. La única y muy significativa voz disonante fue la del brasileño Machado de Assis, que criticó duramente la “inercia” que presidía el comportamiento de algunos personajes (entre los que solo salvaba la “intensidad shakesperiana” del carácter de Juliana) e ironizaba sobre el supuesto mensaje crítico y moral de la obra (para él reducido a que “hay que saber elegir a los fámulos en las relaciones adúlteras), un ataque que era más para toda la estética realista (que no tardaría en imitar… y ya quisiera su Blas Cubás llegarle siquiera la horma del zapato) más que al propio Eça,  que respetaba su juicio (llegó a escribirle una carta para agradecérselo al considerar que era el único que había sido absolutamente sincero al valorar su novela) y que de hecho alimentó mucho el propio, que siempre la menospreció un tanto, se mostró insegura con ella (de ahí la abundancia de reescrituras) e incluso se distanció irónicamente (la llegaría a tildar de “falsa, afectada y ridícula” sobre todo a medida que vaya tomando forma efectiva su distanciamiento respecto a la estética realista. Para todos los demás, una obra maestra y el más consumado fruto de la aspiración crítica y renovadora que han convertido a Eça en autor inoxidable de la narrativa universal que seguiré leyendo sin tregua: próxima estación Los maias.

PHILIP ROTH: "La conjura contra América"

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En noviembre de 1940, Francis Delano Roosevelt, convertido ya en leyenda y referente moral del liberalismo americano por la firmeza de sus posiciones contra la creciente extensión del totalitarismo en Europa y el éxito de las medidas de reactivación económicas integradas en el “new deal”, marca un hito en la todavía corta historia democrática de su país obteniendo un tercer mandato presidencial tras derrotar claramente al candidato republicano Wendell L.Willkie, periodo que pronto se revelará dramática por la necesidad del país de participar activamente en el conflicto internacional tras los sucesos de Pearl Harbor y cuya súbita muerte no le permitiría completar, así como tampoco asistir a la derrota definitiva de la amenaza fascista en 1945. Pero, ¿qué hubiera sucedido en América de haber llegado a la Casa Blanca un gobierno conservador con sintonías mentales con Hitler, predispuesto, si no a participar de manera efectiva y bélica a su favor, al menos a justificar indirectamente su atrocidad con una política de neutralidad o hasta de apoyo logístico?. De esta pregunta nace una auténtica obra maestra de la mixtificación histórica, de la conversión deliberada de la historia en materia de fabulación que casi toda la crítica consideró la última gran obra de Roth tras el retrato, tan implacable como impecable, de la sociedad norteamericana, tanto semita como gentil, en la trilogía integrada por “Pastoral americana”, “Me casé con un comunista” y La mancha humana” y antes de un vocacional abandono de la literatura por motivos que atañen quizá más que a la salud a su coherencia artística y altísimo grado de exigencia personal (mejor no producir nada que no poder alcanzar las cotas de antaño…aunque servidor sigue pensando que últimas novelas como “Némesis”, pese a la frialdad con que fueron recibidas por aquí hasta por devotos-discípulos confesos como Muñoz Molina, en absoluto desdoran la grandeza de una obra impecable que todavía por ahí siguen resistiéndose a redondear con el Nóbel).

Roth elige como personaje central de su admirable inventiva a un personaje real plenamente sugestivo y sintomático de la América de entonces: el aviador Charles Lindbergh, entronizado como héroe civil tras sus viajes trasatlánticos en el “Espíritu de San Luis”, casado con una especie de híbrido entre Amelia Earhart y Eleanor Roosevelt capaz de satisfacer las demandas  idealistas tanto de conservadores como de feministas combativas,  al que se añade ya una pátina de mitificación trágica (el asunto del secuestro y posterior asesinato de su bebé)que lo hace directamente irresistible. Visitante ocasional de Alemania y fascinado por un régimen(en efecto, ni en momentos en que ya no se podía disimular la impiedad de sus “amigos germánicos” quiso jamás devolver la medalla de oro con que le condecoró el ejército germano por sus hazañas en la aviación) que, pese a signos que debían haber puesto en guardia a cualquiera con una mínima lucidez histórica, aún estaba por mostrar sus facetas más siniestras, aprovecha su tirón popular para convertirse en líder del partido republicano, apoyada por algunos de los grandes poderes económicos del país como el del magnate Henry Ford (cuya sintonía mental con el odio al judío nazi fue más que conocida en aquellos años) y, tras una insólita campaña electoral que permite a su autor parodiar los aspectos más grotescos de la “cultura del espectáculo” vargallosiana,  derrotar inesperadamente a un intocable como Roosevelt. Las malas perspectivas no tardan en encarnarse y firma de inmediato un vergonzante tratado de amnistía con Italia, Alemania y Japón, enmascarado en la falacia del “absentismo” para centrar los esfuerzos en la reconstrucción interna del país y evitar a la nación un trauma comparable al del todavía de reciente recuerdo de la Gran Guerra, que Roth va modulando con enorme sabiduría y un admirable sentido de la tensión narrativa. Sin recurrir a sus clásicos “alter-ego”, Philip Roth se elige a sí mismo y su infancia en Newark, New Jersey, en el seno de una familia humilde pero dotada de un admirable sentido de la dignidad moral, para retratar un momento histórico perturbador que se convirtiendo en brecha de división en su propia familia y la misma comunidad judía en la que crece: el rechazo popular ante la mentira endémica  de la Casa Blanca frente a la sumisión de grandes figuras económicas e intelectuales hebreas que confían en la supremacía del clasismo por encima del desprecio étnico (el  rabino Bengelsdorf, el negociante sin escrúpulos Abe Steinheim,  el detestable tío Monty ,nuevo rico de la saga de los Roth que ejerce un repugnante e hipócrita paternalismo siempre vulnerable a cualquier mínima amenaza de alteración de sus propios intereses); el de Alvin, el sobrino huérfano que acabará fugándose a Canadá para de este país integrarse en las fuerzas armadas británicas para desafiar al principal enemigo de su raza… para acabar como tantos jóvenes americanos de su época (lisiado, con un desnortamiento existencial que acabará convirtiéndolo en un parásito y un vagabundo que llegará a provocar incluso el rechazo de su propia familia, carcomido por un odio que expresará simbólicamente en el escupitazo en la cara y la pelea que mantiene años después con el Sr.Roth, al que considera emblema de una generación que lo ha abocado a la tragedia….y durante el mandato de Lindbergh además perseguido, acosado por un FBI que lo considera un “traidor a la patria” que ha luchado a favor de potencias extranjeras y que acaba con cualquier mínimo intento de reintegrarse en la sociedad) frente a Sandy, el talentoso hermano mayor de Philip que acabará siendo víctima inocente de las campañas de disimulo y manipulación dirigidas a anular la conciencia crítica de la comunidad judía sobre su creciente opresión (campañas de jóvenes semista para conocer el país e integrarse en otros contextos profesionales y económicos…tristemente lideradas por las figuras que se supone eran la reserva moral y la cumbre del prestigio de su comunidad) y, más tristemente aún, a acabar enfrentado con su propia familia al alinearse vitalmente con el bando del reverendo Bengelsdorf y la tía Evelyn….y en medio el joven Philip asumiendo por primera vez la ruptura sin vuelta atrás del paraíso de la inocencia y asolado por una incertidumbre ante la que no puede sino balbucear un intento tras otro de huida (los inocentes juegos de “persecución” de desconocidos junto a su amigo Earl, la fuga fracasada tras robar las ropas de Seldon, la última tentativa de escapar a la famosa “ciudad de los muchachos” del padre Omaha en  Nebraska, etc).

Ya apuntada con detalles simbólicos desde las primeras páginas (la sospechosa expulsión de la familia en el hotel durante la excursión a Washington para, paradójicmente, conocer los fundamentos de la democracia y la teórica igualdad ante la ley) y con un “in crescendo” agobiante a medida que avanza la narración (decisiva la cruenta medida de la “dispersión” de comunidades judías con peso económico y demográfico como la de Newark a fin de obligarlos a vivir en lugares donde sean minorías y no puedan constituir un núcleo de ningún tipo de poder que amenace la autoridad de una sociedad dirigida por quienes ya abogan sin apenas disimulo por su progresiva eliminación… instante en que se inserta la conmovedora historia de Seldon, niño cuya fragilidad se ve progresivamente alimentada por el momento histórico que vive y las circunstancias trágicas de su vida familiar (suicidio del padre como consecuencia del estado de postración emocional tras caer en una enfermedad degenerativa) cuya indefensión cobra dimensiones alegóricas cuando su madre es asesinada en un “pogromo” y la familia Roth tenga que hacer un viaje homérico de redención para rescatarlo que afianza la reconciliación de Sandy con sus apellidos y el heroísmo moral de la figura del padre), Roth recurre a dos nuevos hechos ficticios para sellar la definitiva explosión del antisemitismo que ha ido sugiriendo: el asesinato del periodista Walter Winchell, virulento enemigo de la clase conservadora americana durante un mitin popular tras su elección como candidato demócrata a las elecciones dentro de una campaña autofinanciada y a pie de calle tras ser eliminado del emporio de los mass media sometidos por la mordaza del poder y la desaparición tras uno de sus actos públicos en avión del propio Linbergh… hecho cuya auténtica naturaleza nunca llega a aclararse (las dos principales teorías barajadas apuntan a una huida del presidente a Alemania precisamente para suscitar la teoría de la “conjura contra América” judía que sirva de coartada al estallido de violencia antisemita en las principales ciudades del país que retratan las últimas páginas y que pone al país al borde de entrar en la guerra…pero del otro lado tras una práctica declaración de guerra a Canadá, lugar de refugio preferido para los judíos con miedo a represalias y, de manera más novelesca, a toda una campaña orquestada desde el inicio por la Alemania hitleriana por la vía de la manipulación sentimental (conversión del entramado de Lindbergh en un “gobierno títere” tras haber secuestrado y enviado a su país a su hijo pequeño, que todo el país considera muerto en circunstancias trágicas, con la amenaza de llevarlo a una muerte segura en algún frente militar europeo) que acaba en un asesinato perpetrado por sus propios aliados al considerarlo un político con demasiados escrúpulos morales que no ha sido capaz de afrontar la “solución final” que se le exigía y que estaba tiñendo de sangre y vergüenza toda la Europa de la época. Un último eslabón de ambigüedad entre lo real y lo ficticio que es la antesala del retorno al seguimiento al pie de la letra de la verdad histórica: la superación de la inestabilidad con una convocatoria de elecciones que devuelve a Roosevelt al poder… y con ella a la entrada de Estados Unidos en la guerra como momento final del fascismo europeo tras la agresión de Pearl Harbor.


En conclusión, última ocasión que hasta el momento se nos ha dado (y, dada la honestidad de su autor, no hay motivos para pensar que no será así)  de leer a Roth en estado de gracia, como parte del podio de mejores narradores del mundo en que lleva décadas encaramado y… como decía hace poco en facebook, está bien que como lectores les resulte sugerente la deliberada confusión entre la literalidad histórica y su reivención fabuladora…pero, por favor, siempre con escritores como  Roth y no con “códigos Da Vinci” o sucedáneos incluso peores. 

GONZALO TORRENTE BALLESTER: Los gozos y las sombras I: El señor llega

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En el año 1934, en plena inminencia de un conflicto civil que no se cita aunque se pueda intuir su crudeza, se arranca este inicio de una de las sagas más justamente memorables de la narrativa realista española del S.XX, con el retorno del aristócrata Carlos Deza, médico educado en el extranjero, a su pazo nobiliario original en una Pueblanueva que se convierte en otra Macondo o Santa María por su doble cualidad metafórica de la Galicia rural y de la existencia en su conjunto. En medio de una total desorientación existencial en que intenta encontrar el sentido de su vocación y sobre todo de su libertad tras la dominación que le han supuesto la relación con su madre y una experiencia sentimental frustrada, la presencia de Carlos en su tierra parece circunstancial, de pura vacación…aunque en el pueblo ya se ha marcado su destino como pieza fundamental para establecer el pulso definitivo entre el  atávico mundo nobiliario ligado a la tierra, el de los “Churruchaos” (apelativo ancestral de su linaje)  y un nuevo poder burgués que no ha hecho sino recrudecer las situaciones de desigualdad y ha dado a su retorno un perfil casi mesiánico (al que responde perfectamente el título de “El Señor llega”, con su deliberada ambigüedad religiosa, que también remite a la frustración de uno de los personajes centrales, Fray Ossorio, hombre de elevada formación intelectual que debe sufrir cómo las enseñanzas de su maestro, sintetizadas en una obra de igual título a la novela, un decidido renovador ideológico de la Iglesia, son obstaculizadas por las fuerzas vivas que controlan el mundo clerical).  Carlos Deza es un magnífico ejemplo de lo mejor que puede producir la aristocracia española, en su virtud pero también en su infinita miseria:  culto, educado, inclinado de forma innata a la piedad pero también un tanto abúlico, hiperestésico, incapacitado para enfrentarse a lo más pragmático de la existencia…mismamente como un noble de “El jardín de los cerezos” de Chéjov…. y  justo igual que su padre (un hombre asolado por la tristeza de su vida sentimental y lo insípida que le resultaba la vida pública a la que le había abocado su posición que optó por la fuga y la muerte en vida como única respuesta) y de hecho es su decidido alineamiento vital junto a él tras conocer los pormenores de su historia lo que convierte en definitiva, en una salida existencial, lo que en principio había sido un simple paréntesis para reflexionar y “tomar aire”. La excepción de la “casta” la constituye la tía Mariana, amiga y enamorada platónica de su madre, en cuya casa vive y que sí que demuestra voluntad de acción y coraje en su pulso decidido contra la doble moral (el hijo abandonado que tuvo de soltera…) y el nuevo estado de opresión burguesa con el mantenimiento de actividades económicas ( los jornaleros de la tierra, los pescadores) consideradas anacrónica por la soberbia y la tiranía de la modernidad de los nuevos ricos. Y es este rival de ambos, este Cayetano Salgado, una de las mejores creaciones de la novela: un auténtico Jarrapellejos galaico, un depredador social, político, económico y sexual, que recibe como agresión todo lo que no sea una subordinación sin condiciones a sus intereses, que ve en Carlos confrontación donde solo hay un deseo de paz y libertad,  jaleado por una corte de palmeros hipócritas y cobardes que al mismo tiempo que se muestran sumisos desean íntimamente su destrucción (y ponen por tanto en Deza todas sus expectativos de desahogo)…pero curiosamente aquejado por una extraña debilidad que le hace casi sufrir un Edipo de libro por su madre, enojosa encarnación de las virtudes tradicionales de la gran matrona galaica, y el único ser de raza femenina por el que no muestra un palmario e insultante desprecio.


 Con el fondo de este antagonismo, que además de social y político es también personal por las diferencias de carácter entre ambos, Carlos va conociendo un interesante catálogo de caracteres que Torrente traza con mano firme y manifiesta finura y profundidad psicológica: Juan Aldán, ejemplo prototípico de una “dignidad” mal entendida que se convierte en soberbia y lo aboca al parasitismo social, dominado por su obsesión tiranicida hacia Salgado a la vez que sufre la devastación de su problemática vida familiar (el desprecio hacia el padre fallecido que los engendró como “adulterinos”, una madre alcohólica y relaciones no menos difíciles con sus hermanas); su hermana Clara, uno de los pocos personajes del entorno capaz de reflexionar con lucidez y honestidad sobre la que ella considera fatal precipitación a la indignidad (que en Pueblanueva solo puede consistir en ser una más de las amantes de Salgado, claro) e intentar conjurarla en una fascinación erótica desesperada por Carlos; Rosario “la Chalupa”, condenada por la ambición y las ganas de prosperar de su familia a una prostitución al tirano en que el desprecio irá degenerando progresivamente en incluso violencia física; Paquito el Relojero, que cumple perfectamente su rol de “loco que dice la verdad” y oculta una insólita lucidez tras elegir a Carlos como “amo” y rebelarse contra el papel de criado servil y bufón al que le condena su problemática personal, el citado Fray Ossorio o el boticario Baldomero, de ideas políticas y religiosas firmemente conservadoras pero incapaz de afrontar el desprecio que le producen tanto su propia esposa como su sumisión a Salgado y sobre todo la cruda predisposición a la caída en la concupiscencia que pesa sobre él. La brillantez de las partes iniciales creo que se desinfla un tanto a medida que progresa un relato que acaba centrándose casi exclusivamente en  la conflictividad sentimental de Carlos, dolorosamente desgarrado entre la obligación moral y sexual que parece imponerse con sus “dos mujeres”: la una Clara la “esposa”, a la que se ha propuesto decididamente “redimir” pero cuyo rechazo sume a la Aldán en un conmovedor proceso de desprecio de sí misma y afán de perfección personal en que llega a creer que puede convertirse en alguien como su hermana Inés, una de tantas beatas de esa España que buscaban enajenar en la espiritualidad sus insatisfacciones de solteronas, la otra Rosario “la amante”, a la que le conduce un instinto que recrudece sus malas relaciones con Don Cayetano y cuya definitiva resolución carnal solo se sugiere. Dicha ambigüedad continúa en unas escenas finales en que no llega a saberse si Rosario ha llegado a cumplir su proyecto, con “bebedizo” de bruja incluido, de rescatarse a sí misma engendrando un hijo de Carlos o el desenvainado definitivo de sables que supone la escena final de su disputa con Don Cayetano, quien llega a su casa con la firme intención de agredirlo y acaba humillado hasta el punto de tener que reconocer su manifiesta inferioridad intelectual y moral con una tentativa de “pacto” que no es sino el retorno a sus intentos iniciales de anularlo sin necesidad de confrontación (le había propuesto, sin éxito, convertirse en médico de su astillero… un trabajo precisamente de astillero de Onetti) y que, fracasado, no hace más que obviamente avivar su resentimiento. Queda el odio encendido pues para una siguiente entrega y también la devoción del lector…aunque no me gusten las partes de trilogía que no parezcan resultar unidades perfectamente concluidas y ensambladas en sí mismas, a la medida de Nagib Mahfuz o Ramiro Pinilla. 

WILLIAM FAULKNER: "El villorrio"

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Considerada por la crítica punto de partida de la llamada “trilogía de los Snopes” (junto a La mansión y La ciudad), El villorrio, título más representativo imposible de la estética denominada “gótico sureño”, es quizá la novela perfecta para adentrarse en el complejo mundo narrativo de Faulkner, su forma de narrar, sus personajes y temas obsesivos, debido a que carece de la audacia experimental de otros de sus clásicos y el mayor acercamiento a un concepto de novela realista tradicional, salvando fragmentos y hasta capítulos enteros que remiten a su peculiar  hermetismo, hacen asequible irse familiarizando con las costuras de uno de los universos narrativos más fascinantes y posteriormente imitados de la literatura del S.XX. 

Hace grande esta novela, entre otras muchas razones, el talento (a veces excesivo y demasiado moroso en detalles) de Faulkner para la descripción sugestiva y la hilazón de lo atmosférico pero sobre todo su capacidad para hundir las raíces en una tierra despiadada, un nido de víboras tomado por personajes que rezuman sordidez, codicia y la más absoluta falta de empatía y compasión y se convierten en alegorías implacables del mal y la vida como lucha encarnizada del ser humano contra sus peores instintos. Los Snopes, a los que la secreta piedad y el gusto por la complejidad psicológica de su autor aún reserva algún ángulo en que pueda filtrarse la compasión de algún lector predispuesto a ella (se nos narra en la primera parte el proceso de degeneración humana del patriarca, Abe, en principio un “buen hombre” a juicio de Ratliff, que pasó su infancia junto a él, quien se transforma en un desalmado tras sufrir sucesivas humillaciones como las estafas de un tratante de caballos sin escrúpulos ante el que, para redondear la deshonra, tendrá que ir a defenderlo…su propia mujer: mucha más vergüenza de la que permite el estado patriarcal y misógino impuesto en el secarral sureño) tienen que recurrir a la violencia explícita o la amenaza para lograr sus fines crematísticos o ejercer sus turbias manipulaciones, de hecho apenas hablan, emana espontáneamente de ellos un aura de perversidad que coarta progresivamente la libertad y el valor de los que se convierten en víctimas suyas y va estrechando la soga de ahorcado sobre la humilde población en la que recalan tras dejar tras de sí una memoria aterradora de engaños y venganzas mezquinas: progresivamente, Ab y sobre todo su hijo Flem irán cercando y apoderándose del patrimonio y sobre todo de la voluntad de la familia Varner, casta de terratenientes liderada por el anciano Will y su hijo Jody (que apenas merece compasión tras ser estafado por su falta absoluta de escrúpulos) en un goteo angustioso que confiere una perfecta atmósfera de tensión al relato: primero el almacén de víveres y la desmotadora de algodón, después la herrería, más tarde la escuela… y el golpe maestro que supone el matrimonio de Flem con Eula, hija menor de los Varner, un personaje fascinante por su capacidad, desde un físico a priori poco atractivo y desde una parquedad y falta de encanto personal parejo al de su futura familia política, suscitar auténticos delirios y éxtasis de deseo carnal que puedan llevar incluso a la locura de los anímicamente más frágiles (impresionante el relato de Labove, joven de familia humilde que hace extraordinarios esfuerzos para conseguir unos estudios universitarios y que finalmente tendrá que abandonar su puesto en la escuela después de que su obsesión carnal por la alumna le lleve hasta el borde mismo de la violación y el abuso) y que le acarrean su propia “deshonra”…de la que la rescata Flem con un matrimonio de conveniencia en el que gana el último arresto simbólico de aún quedaba a la dignidad del cacique: la propiedad, ya casi en ruinas, de un antiguo colono francés en que se cifraban las raíces de la comunidad, hecho alegórico de cómo los Snopes no solo han conseguido mediatizar el presente y futuro de la comunidad sino su mismo pasado.

Entre la crónica del arribismo de los Snopes, historias y personajes que nos dejan el sabor al Faulkner más auténtico e incisivo: mejor incluso que el Beny de El ruido y la furia resulta el retrato del mundo psíquico y afectivo de un oligofrénico en Isaac Snopes, obsesionado con la vaca de un vecino que finalmente se resignará a regalársela…suscitando una situación en que se pone de manifiesto la perversión íntima de los Snopes (en este caso la del primo Lump, uno de los más repulsivos ejemplares de la raza), cuya vileza se sobrepone al espíritu de casta o defensa de la honra de los consanguíneos que se supone el centro emocional del hombre sureño cuando llegan incluso a vender entradas para convertir en espectáculo público las relaciones zoofílicas que mantiene el disminuido psíquico con el animal de sus pasiones. Inequívocamente faulkneriano es también el tema de la agresión y el proceso psicológico de culpa y redención, impecablemente retratado en el personaje de Mink, quien tirotea a sangre fría a su vecino Houston por unos problemas de lindes y ganado que le habían hecho llevarlo al juzgado y después, soportando el acaso de su mujer y de los parientes que pretenden su huida no por compasión sino por su propio afán de especulación crematística (pretenden descubrir un dinero oculto de la víctima para asegurar la fuga de su familiar pero también para repartirse el resto sin ningún escrúpulo antes de que sea localizado y requisado por la policía), mostrando una firmeza en el sentido de culpa que no cejará hasta su detención, estancia durante meses en la cárcel del condado y finalmente confinamiento a una condena perpetua de trabajos forzados.

El último capítulo del libro, “Los campesinos” nos dejado el retrato aterrador de la últimas maniobras de estafa y manipulación realizadas por Flem en el “villorrio” antes de desaparecer para siempre junto a Eula y una niña pequeña que, dada la unión de genes, no puede sino ual desgarro y la miseria a su triste esposa y sus hijos pequeños…mientras que Flem ni siquiera acudirá al juicio posterior desarrollado en la comunidad, del que sale inexplicablemente “ileso” como expresión de su nulidad para la empatía y su desprecio para con la totalidad del género humano. Y su última vuelta de tuerca será un engaño con planteamiento de una inteligencia retorcida y maquiavélica llevada al extremo: fingir, cavando incluso durante noches en la propiedad y escondiendo monedas modernas falsas, que hay un tesoro ancestral de metales preciosos en la finca del francés que arrebató a los Varner para aprovecharse de la desesperación de unos (el citado Armistd) y de otros teóricamente lúcidos e inteligentes como Ratliff (hasta entonces, debido a su antiguo conocimiento de la familia Snopes, una especie de “voz de la conciencia” para la población que les prevenía de sus trampas y abusos) pero finalmente superados por su inclinación a la codicia y el deseo de acabar con la mediocridad y la rutina de sus vidas (Ratliff es un vendedor ambulante de máquinas de coser que son todavía demasiado novedosas para no ganarse el recelo de una comunidad tan reticente a cualquier tipo de novedad tecnológica o intelectual como el profundo sur pantanoso). Asoladora esa última estampa de Henry Armistd, revelada ya la estafa e instaurado el desencanto definitivo, cavando y cavando con la razón perdida e insensible a cualquier apelación racional… última imagen de la desolación a que ha llegado el poblado tras ser arrasado por la inhumanidad y falta de escrúpulos de una raza que, desde luego, merece como poco una trilogía por la culpable fascinación que suscita.


Como detalles anecdóticos finales, dejar constancia una vez más de la impronta que dejaron obras como esta en quienes no solo los leyeron sino supieron profundizar en su mismo tuétano y utilizarlos como materia primera de la configuración de su propio universo narrativo. El ejemplo perfecto no podía ser otro que Ramiro Pinilla, que lo imita en este y otros tantos detalles pero que con el tiempo será reconocido como un autor de sus mismas extraordianrias dimensiones: cómo no comparar el comportamiento e incluso la forma hablar de Ella de la trilogía “Verdes valles, colinas rojas”) en su confrontación con los caciques vascos de su comunidad con el pulso Snopes-Varner que es el hilo central de esta novela. Y que “El villorrio” ha recibido algunas críticas por ser un “refrito”, una utilización de cuentos y materiales narrativos previos del autor no utilizados en libros y solo conocidos en compilaciones como la de sus “Relatos inéditos” que conocí por medio de la traducción de Anagrama. ¿Cuál es el problema? No plagia en ningún momento, reutiliza su propia inventiva, sus caracteres, espacios y líneas argumentales, los estructura perfectamente hasta hilar un relato redondo y coherente y sobre todo…¿puede concebirse una base mejor para poner en pie una novela que un relato de William Faulkner?. 

E.L.Doctorow: "La gran marcha"

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Adoro las novelas sobre mundos flotantes, grietas de la historia en que se entreabre la ilusión de crear un mundo nuevo antes de que nuestra organización social y política muestre su terca inmutabilidad, que es tanta como nuestra tozudez en persistir en el error.

 En el año 1864, el ejército del mítico general unionista Sherman, del que estás páginas ofrecen un agudo análisis psicológico, avanza en marcha hacia el Sur esclavista e insurrecto. Y a su paso se van trenzando un buen número de historias humanas apasionantes: como la de Pearl, hija bastarda y mestiza de una esclava negra y uno de tantos terratenientes sureños que se verán obligado a desbaratar sus haciendas y huir prácticamente con lo puesto, que acabará siendo “tambor” del ejército de Sherman y enfermera a la vez que afronta el conflicto del sentimiento de culpa por haberse posicionado con el elemento “blanco”, la parte de su adn con que su corazón le prohíbe alinearse debido a su conciencia de marginada social, pulso que solo conseguirá apaciguar a través de la redención que supone la maternidad y la adopción de un niño negro huérfano, el mismo que había obligado al periodista inglés Pryce a replantearse su voluntad de retrato objetivista de una realidad ajena hasta el compromiso con los más débiles. O la de Mattie Jameson, soberbia cacique algodonera a la que la guerra obligará a una participación en el bando contrario por supervivencia, y sobre todo, a enfrentarse a su mayor terror, el de estar sometida a Pearl, la hija bastarda de su esposo, cuya existencia concibe como la viva muestra de la hipocresía del mundo falsamente privilegiado en que ha crecido. O la de Emily, hija del juez sureño cuya participación en la guerra a favor del bando en principio contrario crece al mismo ritmo de su pasión estéril por el médico de campaña Wrede Sartorius, un corazón imposible de abordar y vencer por su fascinación solipsista por la ciencia y la progresiva insensibilidad, puramente autodefensiva, a que va conduciéndolo su contacto diario con la atrocidad del conflicto.

Pero sin duda el centro de gravedad narrativo y emocional de esta magnífica novela es la comunidad negra, que sirve a Doctorow para tranzar una de las mejores reflexiones sobre la  naturaleza paradójica de la libertad que jamás haya leído. Ser libre, como todos sabemos, es un don, pero como tal es también un acto de responsabilidad que puede ser imposible de asumir si se ha crecido entre la anulación de la voluntad y la energía de la autoconfianza que supone afrontar la vida. Y por eso la comunidad negra, libertada por primera vez por los soldados unionistas, siente este logro casi como una maldición que desbarata el entorno, cruel pero a la vez seguro en su brutalidad, en que ha vivido y solo es capaz de enfrentar su incertidumbre siguiendo como un animal indefenso al ejército norteño para sumirlo en una dramática contradicción: la de que aquello que supone el aliento idealista de su lucha sea también un enorme problema a nivel puramente pragmático que amenaza con conducirlos a una derrota que acaba reforzando o convirtiendo en definitivos los grilletes recientemente arrumbados.

Resulta igualmente reseñable la presencia de personajes y líneas argumentales que ponen en contacto la novela de Doctorow con la más primigenia tradición narrativa norteamericana que, además, es contemporánea de los hechos históricos que se retratan. Y ahí están los caracteres que remiten a ese fondo realista y “picaresco”, el mismo que convierte nuestra narrativa y la yanqui en criatura simétricas, como la peripecia de Will y Arly, sometidos a un vértigo sin otro objetivo que la supervivencia más literal a través de una sucesión de traiciones, falsas alianzas y cambios de uniforme hasta que se revele el destino particular de cada uno: el del primero, la fatalidad; el del segundo una progresiva degeneración moral que le lleva al asesinato y progresivamente a la locura a través de la fabulación de vilezas inverosímiles como la de asesinar al mismo general Sherman utilizando la peculiar coartada de un carromato de fotografía que va capturando instantáneas del Sur abrasado en el odio fratricida…. como haría años después otro enorme tótem literario forjado en este mismo entorno literario y humano: una tal Eudora Welty.


En definitiva, un clásico con visas de imperecedero de la última narrativa norteamericana, reconocido en su día con el prestigioso premio Pen/Faulkner de 2006, que me desvela la grandeza de un autor que junto a Roth, McCarthy u Oates engrosa la nómina de los norteamericanos más perentoriamente merecedores del premio Nóbel….pero que sea ya porque, por desgracia, no parece posible que puedan estar entre nosotros mucho tiempo más.   Yo lo acabo de conocer… y ya era hora después de tantas apelaciones sabias a su acercamiento, ¿alguien me cuenta y me recomienda algo más de él?.