EMILI TEIXIDOR: "Pan negro"

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 Apenas transcurridos diez años escasos desde su publicación (una de las últimas novelas de su autor, que falleció en junio del año 2012) es esta novela ya un clásico de pleno derecho, que aúna prestigio crítico y popularidad (más por la exitosa película de Villaronga filmada en 2009 que por el propio libro, claro) y, junto a Los girasoles ciegos de Alberto Méndez y los cuentos de Juan Eduardo Zúñiga queda como la más conseguida reafirmación de la posguerra española como motivo temático desde una originalidad y una exigencia estética que supera su conversión en un tópico del realismo social más plano. Y, es que, sin dejar de retratar con implacable lucidez un entorno social e histórico de tal crudeza, Pan negro  se va revelando como un relato global de iniciación al mundo y a la vida que adquiere tintes de universalidad. Su protagonista, el niño Andrés, es un hijo de “proscritos”, su padre es un obrero represaliado en la cárcel tras su implicación en la guerra (y finalmente fallecido por las condiciones inhumanas de su existencia allí antes que por la sentencia de muerte que pesaba sobre él) y su madre, obrera de una fábrica, vive consumida en la pasión amorosa que siente por su marido,  que convierte su vida en peregrinaje angustioso en busca de influencias y favores para salvarlo que obliga a que el niño tenga que quedar finalmente en casa de sus abuelos, guardeses de una finca señorial en el mundo rural catalán y secretamente comprometidos con la clandestinidad del “maqui” junto al prior de un convento de frailes cercano con que el autor retrata a la mínima parte (que existió) de la iglesia que permaneció fiel a unas inquietudes de cuño republicano y liberal que obviamente tenían mucho más que ver con el mensaje primitivo de Cristo que el viraje totalitario que tomaron los líderes de la institución. En el aprendizaje humano de Andrés junto a sus primos, especialmente junto a la Lloramicos, la otra “recogida” por caridad de la familia (sus padres huyeron a Francia tras el conflicto para salvar su vida tras su decidida implicación) alcanzan un papel esencial la naturaleza (esas escenas de los niños jugando en las ramas de los árboles….cómo no me iban a emocionar), sobra la que se alcanza una plena sabiduría al intuir ya su superioridad moral sobre el hombre y la necesidad de este de dejarse aleccionar por ella y prescindir de su complejo de ser inteligente y dominador y el sexo, temido y a la vez ansiosamente deseado mientras se le espía en las conversaciones de los adultos o los adolescentes, unido a cierta curiosidad morbosa por el cuerpo como enfermedad (la fascinación de Andrés por los jóvenes tísicos que recogen los frailes en el convento) o generador de impulsos atroces (la pederastia del maestro de la escuela, el señor Madern, en quien se retrata también ese otro drama del hombre condenado a fingir unas convicciones ajenas a sí mismo para sobrevivir en un mundo tan marcado ideológicamente como el de la educación) y que se va aprendiendo en los primeros tanteos inocentes con su prima Lloramicos, entre cuya ingenuidad parecen intuir ya el auténtico sentido del contacto carnal: el único acto en que los desarraigados pueden tal vez sentirse parte de la condición humana con pleno derecho. Junto a este aprendizaje de lo “ancestral”, asoma la podredumbre de un mundo marcado por la soberbia y la violencia física y moral que ejercen las fuerzas vivas vencedoras sobre las clases humildes (los continuos registros de la guardia civil en la finca y, especialmente, el momento de la comunión de Lloramicos, que el párroco fascista del pueblo quiere convertido en una “pasada por el aro” pública y oficial de una familia de tan plena adhesión al enemigo), incluso en actos de caridad que solo pretenden tranquilizar su conciencia y que malamente pueden disimular su carácter profundamente interesado (el afán de los terratenientes, los señores de Manubens, por acoger a Andrés tras la muerte del padre y proporcionarle unos estudios…con la manifiesta intención de presionarlo para hacerlo sacerdote y se convierta por tanto en un juguete de su obsesión por la apariencia de la virtud) el peso de una moral hipócrita que alcanza dimensiones directamente dramáticas en su opresión sobre la mujer (los casos de la tía Enriqueta, criminalizada incluso por su propia familia por aspirar a una vida sentimental en libertad y romper su compromiso matrimonial, conflicto que consigue solventar con la afirmación de su propia identidad que supone escapar de casa… algo que por desgracia no hace Felisa, la tía materna de Andrés, resignada a un matrimonio sin amor como única manera de huir del destino quizá más cruel reservado a la “solterona” en casa ajena), ambos temas implicados en un pulso entre la permanencia de una vida tradicional ligada al campo y las expectativas de libertad y progreso económico que los más jóvenes fabulan en el mundo moderno de la ciudad y la fábrica… dramáticamente frustradas por la imposición brutal de la guerra y la posterior represión. Las páginas finales alcanzan una plena intensidad emocional en el debate íntimo de Andrés entre la fidelidad a la madre y con ella a sus raíces sociales e ideológicas y la fatalidad de tener que aceptar el destino trazado por la supervisión de los gerifaltes del mundo.... no os anticipo aquí como se resuelve esta antítesis salvo que, como podréis imaginar, su dramatismo hace que tras ninguna opción consiga una redención personal sino más bien una amenaza de perturbación a perpetuidad que empaña su futuro de hombre adulto. Tanto el estilo de la novela, que aúna los mejores logros del realismo social en la espontaneidad que desprenden los diálogos y la descripción de escenas de la cotidianidad, como su superación por medio de la exigencia formal de los pasajes con más intensidad lírica o de una hondura reflexiva casi ensayística, como los personajes (la inolvidable abuela Mercedes, enérgica y conmovedora en su aspiración frustrada de instruirse y desarrollar una conciencia lúcida y comprometida sobre el mundo, el vigor “viril”, a menudo fatalmente rayano en la violencia y la crueldad, de los Quirico padre e hijo o la hosquedad, de animal mal domesticado, del “abuelo Mozo”…) resultan impecables y afianzan la talla literaria de una novela que queda como un hito referencial para la aproximación a un tema que, tratado desde este grado de rigor formal y búsqueda de la originalidad en la coherencia con la propia memoria, parece inagotable.


VIJAY PRASHAD: Las naciones oscuras: una historia del Tercer Mundo

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Valiente y necesario (amén de impecablemente documentado) este ensayo histórico del profesor indio afincado en Estados Unidos que desvela las causas del  hundimiento progresivo de la más legítima utopía que haya afrontado la humanidad en los últimos decenios: la consecución de la estabilidad económica y social y el restablecimiento de su identidad cultural para todas las naciones, en su mayoría situadas entre América del Sur, África y Asia, que fueron surgiendo del desmoronamiento progresivo de los antiguos imperios coloniales de Occidente tras la Segunda Guerra Mundial (proceso, en muchos casos, tardío además de sangriento, como ilustra el caso de los antiguos territorios portugueses, “emancipados” a golpe de fusil ya en los años setenta).  Con infinidad de ejemplos que abarcan todo tipo de entornos geográficos e históricos, la lucidez de Prashad va relatando como, tras ser planteadas en términos de idealismo triunfalista y contar en principio con la implicación de algunos de los dirigentes políticos “míticos” de los orígenes de las nuevas naciones (Nehru, Nasser, Sukarn...)la huida de la pobreza y la creación de un frente de poder común va arruinándose por infinidad de factores entre los que destacan la perpetuación del colonialismo a nivel económico, el enzarzamiento de los nuevos países en guerras de frontera que no son sino la herencia de la arbitrariedad ejercida por las antiguas naciones dirigentes (como los que mantiene la India con Pakistán y posteriormente con China en los años 60) y el establecimiento de gobiernos en las nuevas naciones que se fundamentan sobre las bases de las antiguas jerarquías occidentales (a menudo en forma de dictaduras convenientemente legitimadas por los antiguos dueños o por la ambición capitalista de Estados Unidos, como ilustran casos como los de Argelia o Chile o contribuyendo decisivamente a frustar la actuación de los pocos gobiernos que parecían auténticamente comprometidos a crear estados donde primara la igualación de los derechos sociales y el poder adquisitivo, como  el de René Barrientos en Bolivia al frente del Movimiento Nacionalista Revolucionario) y olvidan sus compromisos éticos con la población después de haberlos instrumentalizado para alzarse con el poder, amén de sugestionarles para buscar un “tercer enemigo” en el que desahogar su ira legítima tras el desencanto (para eso siempre fueron muy útiles los comunistas… sobre los que a menudo se ejerció el crimen organizado de forma sangrante, como  en los inicios de la dictadura militar de Suharto en Indonesia en los años 60, desarrollado entre la indiferencia de toda la escena internacional… incluida la URSS): es decir, las líneas maestras de la penosa historia del género humano. En su primera parte, Búsqueda, el autor hace una detallada cronología de los primeros intentos de establecer una conexión entre países alejados geográfica y culturalmente pero llamados a la empatía por su condición de territorios dominados por los grandes poderes políticos y económicos, tales como una primera Liga contra el Imperialismo celebrada en Bruselas en 1928 (… irónicamente en el país que estaba perpetrando uno de los más sangrantes genocidios imperialistas en el Congo Belga a partir de la sangrienta ambición del gobierno de Leopoldo II cuestión que, por supuesto, no pudo ponerse sobre la mesa y restó por tanto a la reunión buena parte de su hipotético alcance humanitario),  la Conferencia Afro-Asiática de Bandug (1955), que tuvo el valor de plantear cuestiones como la necesidad de un desarme a escala global en el contexto de un mundo aterrado por la reciente revelación de los horrores del armamento nuclear y la amenaza de un apocalipsis inminente…. aunque con poca legitimidad moral por la existencia de gobiernos tercermundistas que compraban efectivos militares de forma subterránea a los países pudientes, la aparición de todo tipo de movimientos cívicos y culturales que se consideraban el necesario complemento de la lucha política por la emancipación (el impulso dado al feminismo p or la Conferencia Afro Asiática de Mujeres de 1961 en El Cairo o las asociaciones de escritores e intelectuales relacionadas con el mito de la “negritud”, valioso a la hora de dar por una vez difusión a las manifestaciones artísticas de estos territorios marginados  pero quizá a la postre convertido más en una “moda” que en un esfuerzo sincero de integración o nivelación cultural) y finalmente la creación del NOAL (Movimiento de Países no Alineados, en 1961) durante un encuentro de líderes internacionales en Belgrado a menudo denominado con no poca ironía dramática “La Yalta del Tercer Mundo” (terminología de uso común a partir de los ensayos del francés Sauvy en los años cincuenta,  para designar al complejo bloque de países  que formaban una frontera indefinida en el mundo dividido entre el capitalismo occidental y yanqui y el comunismo soviético y su esfera de influencia), la más explícita reivindicación de estos países a definir su futuro y su propia identidad frente a la fatalidad de convertirse en satélites de las facciones enfrentadas durante los años de la Guerra Fría, preludio de una década en que, tras plantearse en términos pacíficos y de un idealismo poco efectivo a nivel pragmático, la cuestión tercermundista va adquiriendo tintes más revolucionarios y violentos por estímulos como el triunfo de movimientos liberales armados en países como Cuba o la intervención militar de países occidentales que tendrá su ilustración más bochornosa en la Guerra de Vietnam de finales de los sesenta, cuyo desenlace alienta la ilusión de una vulnerabilidad de los grandes estados a la que nunca se le sabría sacar auténtico partido. Especialmente revelador resulta el análisis de los condicionantes que justifican la imposibilidad de un despegue económico  al margen de la explotación de las grandes empresas internacionales que reduce la independencia de los nuevos territorios casi a un concepto retórico: pese a la nacionalización de las principales materias primas sustento de las exportaciones que debían afianzar la economía, la falta de capital monetario para convertirlas en productos vendibles (especialmente exigente en el caso del petróleo, que exige complejas infraestructuras para generar sus productos derivados) y la corrupción de los gobiernos amancebados con dólares las deja a merced de la actuación de las empresas internacionales, situación que impulsa valiosas iniciativas como la OPEP, el más valiente pulso contra la opresión de los grandes cárteres petrolíferos (sobre todo con el holding conocido como “Las Siete Hermanas”) que inspira otro sinfín de asociaciones que intentan fomentar la autonomía de los países pobres para sacar partido de sus recursos naturales. Y ya en los años 80 se acaba de dirimir la incertidumbre de los países tercermundistas entre atreverse a sobrevivir con modelos económicos y sociales alternativos a la imposición occidental (el caso de Cuba es único y, al menos en ese sentido, meritorio si obviamos las múltiples violaciones contra los derechos humanos con que sea consolidado el poder castrista, claro) o caer en la retórica maliciosa de la “globalización”…. hecho que supone finalmente el fin, nos tememos que a perpetuidad, de las aspiraciones enunciadas hace décadas: a la sucesión de sociedades progresivamente empobrecidas por la falta de libertad de mercado y el progresivo abaratamiento de las materias primeras que suministran (especialmente sangrante en casos como el de Jamaica… y a este propósito sabe el autor retratar perfectamente cuanto tuvo el movimiento “reggae” de insurrección social al margen de sus aportaciones culturales) se le sumará poco después el drama del endeudamiento , la necesidad, inútilmente paliada por iniciativas meritorias pero ineficaces como las plataformas del 0,7 %, de devolver las aportaciones de capital entregadas por el Fondo Monetario Internacional con un férreo sistema de plazos, intereses abusivos y medidas abiertamente punitivas contra su incumplimiento, que consume los ya limitados réditos de estos países y hace inoperante cualquier tipo de inversión en calidad de vida para sus habitantes, un entramado opresivo del que en principio solo parecen librarse los llamados Tigres Asiáticos (Hong Kong, Singapur, Corea del Sur, Taiwan), que viven una efímera prosperidad económica conseguida a costa de la expansión del urbanismo más irracionalmente consumista y la violación sistemática de los más elementales derechos del trabajador, que a partir de finales de los años ochenta comenzará a revelarse tan ficticia y obviamente manipulada por los intereses foráneos como la de cualquier otra parte del mundo. Y así termina el libro, con un desasosiego y una imposición de un rotundo pesimismo en cuanto a las expectativas de futuro de estas “naciones oscuras”, la única conclusión a que puede llegar un intelectual (y, en general, un ser humano) auténticamente honesto: siempre la lucidez por encima de la ingenuidad o el triunfalismo idealistas… aunque duela tanto.


SUE KAUFMAN: "Diario de un ama de casa desquiciada"

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La literatura como manera de sondear las raíces de la infelicidad, de establecer una distancia de objetividad con el propio dolor que, además del beneficio colateral del consuelo, alumbre las causas del desbocamiento de la vida, sobre todo la desarrollada en condiciones aparentemente perfectas, hacia su desustanciación. A este presupuesto se aplica Tina Balser por medio de sus diarios o “informes” en una novela que más allá de las mitificaciones tópicas (Kaufman es otra de las novelistas americanas muertas prematuramente y con premio literario instituido a su memoria, con los mismos cincuenta años de Carson McCullers, y una obra desgraciadamente breve) y una filiación al ideario feminista que el contexto histórico (los social y políticamente “movidos” años sesenta) en que apareció hacen más inevitable si cabe (no hacía falta matizar, como se apresuró a hacer la crítica de la época, que Kaufman era una “versión femenina” de Richard Yates o John Cheever… baste decir que tiene sus mismas cualidades), la pone en primera línea de una gloriosa nómina de escritores americanos (el listado, además de prólijo, es evidente) que, aunque no sean brillantes desde un punto de vista técnico, se hacen memorables al aplicar una despiadada lucidez y un humorismo mordaz a la hora de señalar las contradicciones y los múltiples razones para la debacle personal en unos tiempos modernos en que la felicidad se ha convertido en una asignatura tan obligatoria como hipócritamente dada por sentada por todos. Y así, entre las páginas que Tina escribe como refugio clandestino en su cotidianidad doméstica, va pasando revista los traumas de una infancia sin afecto (una madre con problemas de ludopatía que la ignoró por completo), la mentira de la maternidad como única manera de realización personal para una mujer (de sus dos hijas, es la mayor, Sylvie, la que parece más maleducada e irritante, perfecto prototipo del niño convertido en “tirano” de sus padres), la terapia psicológica (tema sobre el que se ironiza de forma implacable durante toda la novela) como otra falacia en que con la excusa de dirigir a las personas a su definición personal se les encajona en roles estándar y se achatan sus perspectivas vitales (claro, a una chica como Tina, talentosa pero insegura, había que decirle que lo que realmente quería era ser una esposa y madre modelo y no una artista…) y, sobre todo, el peso de un matrimonio convertido en su mayor lastre vital después de que Jonathan, siempre ambicioso pero al menos cercano y afectivo, a causa de una herencia y un par de golpes de fortuna en la bolsa, se haya convertido en un snob rampante, colérico y obsesionado por aparentar en sociedad y círculos de la “intelligtensia” y la bohemia artística sin duda para desahogar su complejo de inferioridad cultural, una vida inauténtica a la que debe plegarse Tina como otra de tantas féminas que pululan en este mundo (elegante, sofisticada… y  sin cerebro alguno… para lo cual se ocupa puntualmente de ridiculizar las pocas ganas de leer o de ser creativa que hayan podido sobrevivir a su asfixia doméstica). Impactantes, a medio camino entre la ironía despiadada de los cronistas de sociedad ingleses y el más sangrante patetismo, esas escenas de “party” entre la farándula (incluida una aparatosa mascarada en la propia casa que será un rotundo fracaso), en las que Tina, incapaz de integrarse, deambula abochornada por la soledad y el desarrollo de todo tipo de patologías obsesivas (agorafobia, claustrofobia… y otras tantas inventadas por ella misma) con que expresa su perturbación, una falsedad que solo parece tener un mínimo contrapunto en el personaje de Lottie, la criada, cuya querencia, aunque sugestionada por la conciencia de inferioridad social y la adhesión ciega del pobre a la mano que le da de comer, se antoja el único punto de autenticidad de su entorno humano. Y así, entre crisis mal atajadas con ansiolíticos y somníferos, un buen día se decide a jugar a Madame Bovary (Madame “Ovary” la llamará pérfidamente en una ocasión su amante…) con George Gaylord, un snob cínico que escribe obras teatrales, prototipo perfecto de ese “intelectual” que se obligado a demostrar continuamente su teórica superioridad sobre los demás con un ejercicio constante de la ironía cruel que raya el sadismo y que somete a la protagonista a un continuo debate interior en el que se van alternando la repulsa a causa de la conciencia puntual de su propia dignidad, su avocación fatalista, como “chica frágil”, a enamorarse del típico cabrón de instituto y el pulso entre dejarse llevar por la aproximación afectiva que parece inevitable tras echar más de tres veces un polvo con la misma persona y someterse a su frialdad del “sex is just sex” que convierte a los demás en poco menos que un dildo, un consolador o cualquier juguete erótico. La obra, tras la intensidad dramática que gana con el tema del supuesto embarazo extraconyugal de Tina (que la sume en el vértigo de acabar con una rutina que la hacía infeliz pero que era tan consoladora como cualquier credo que nos libera de la responsabilidad de ser libres) acaba en uno de esos finales (que voy a tener la delicadeza de no contaros...) desoladores pero indefinidos, que crean más angustia en el lector que cualquier culminación trágica previsible (¿el suicidio, culminación predilecta del adulterio decimonónico femenino,  con el que llega a fantasear? ¿el tópico del abandono del esposo y la familia en busca de la propia identidad a lo “Casa de muñecas” de Ibsen?) .

ROSARIO CASTELLANOS: "Juegos de inteligencia"

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Por fin conozco a esta extraordinaria mujer de las letras hispanoamericanas que, además de con una obra poética directamente conmovedora, fascina con su perfil humano de renovada y mejorada versión de otros nombres femeninos del cono sur como Clorinda Matto de Turner: hija díscola de una familia adinerada burguesa que se reveló contra el papel estándar y plano reservado a la mujer con una honda formación intelectual (fue una celebridad como profesora universitaria, conferenciante, directora de instituciones culturales, una de las pioneras del feminismo hispanoamericano sobre todo en su obra ensayística y finalmente embajadora en Israel, donde encontró la muerte de forma prematura y absurda en un accidente doméstico) y una vena reivindicativa que le llevó a practicar la novela social y hasta a despojarse de su herencia y sus tierras para devolvérselas a sus legítimos dueños indígenas, amén de superviviente de todo tipo de naufragios personales (un matrimonio de desamor y anulación que, a diferencia del de Ajmátova, al menos no consiguió vaciarla como poeta sino todo lo contrario o la muerte del hermano varón y predilecto de sus padres que le llevó incluso al sentimiento de culpa por haberle sobrevivido). Quien no fuera capaz de emocionarse (básicamente porque tenga corazón de perro) con el contenido de una poesía “desgarrada”, “impúdica”, como la califica acertadamente Amalia Bautista (la única pega que se le puede plantear a esta antología de Renacimiento prologada y seleccionada por ella es quizá el título, extraído de uno de sus poemas: “juegos de inteligencia” quizá no es la expresión más apropiada para sintetizar a una poeta que, sin negar las virtudes de su intelecto, está claro que se hizo grande más por razones de vísceras que de cerebro) tendría necesariamente que rendirse a su lenguaje, expresivo, rotundo, lleno de una impetuosidad lírica que puntualmente no puede sino resultar excesiva pero de una enorme calidad y, además, con la capacidad de renovarse y hacerse progresivamente novedosa y original desarrollando nuevos tonos y registros apuntados de forma más embrionaria en sus primeros libros. El juvenil Apuntes para una declaración de fé (1948) sorprende ya por su  impresionante texto titular, extenso poema en el que expresa la nostalgia por un estado primitivo y natural de la existencia que, tras el simbólico pecado edénico, se convierte en degradación y angustia vital (impresionantes los versos dedicados al suicidio) fácilmente conectable con la inanidad de la vida moderna y las atrocidades de cuño social y político hasta una inesperada restauración de lo paradisíaco original al que se llega por la fascinación de la naturaleza de la selva que como nacida en Chiapas conocía tan bien. Trayectoria del polvo (1948) conduce su consumada intensidad verbal tanta a la desesperación como a tonos más eufóricos (el poema sobre la adolescencia) y en De la vigilia estéril (1950) podemos encontrar esa habilidad para el rotundo y desolador epitafio existencial (Origen será el primero de tantos posteriores como Retorno) o para una melancolía amorosa más tenue (Distancia del amigo). Dentro de lo poco que deja entrever una antología tan escasa como la presente, su producción de los años 50 (libros como El rescate del mundo o Poemas 1953-1955) resulta un tanto apagada, pero a partir de Al pie de la letra (1959) recobra su mejor tono en poemas de cierto aliento metafísico: Diálogo del sabio y su discípulo, que previene sobre los peligros del “yo” (al contrario de lo que parece transmitir en Piedra, donde la mirada individual se convierte en elemento redentor) para cantar el encuentro con los demás pese una conversión del mismo en sufrimiento que se corrobora en El otro. En Lívida luz (1960) manda el desgarro narrado con la citada concisión epigramática (El día inútil) o una entrega desconsolada a la imposibilidad de amar (El despojo, el impresionante Jornada de la soltera) que aspira a desdecirse con rabia en poemas como Presencia. Materia memorable (1969),se puede considerar en buena medida un libro de transición hacia una renovación de su lírica que no era necesaria puesto que no daba síntomas de agotamiento pero que no deja de antojarse valiosa y sugestiva: poemas sorprendentes inspirados en elementos de la cotidianidad (Sobremesa, Nota roja o El recital, que funde la ironía sobre el mundo poético con versos más perturbadores sobre la incapacidad de comunicarse a causa de la alienación) abren el camino a lo que confirma En la tierra de en medio (1969): un acercamiento de la palabra a registros más coloquiales, a un prosaísmo sabio y elaborado y un dominio de la ironía y el sentido del humor que, por no prescindir de la calidad formal anteriormente mostrada, la pone a la altura de los mejores logros de la generación prodigiosa de Sabines, Pacheco o Lizalde. Junto a algunas de las mejores muescas de su drama amoroso (Elegía, Desamor), Autorretrato, por inteligencia incisiva y talento para la desmitificación personal pasa a formar parte de los mejores logros de este peculiar género (o subgénero, si así quiere) poético y aún tiene tiempo de “escandalizar” a las mentes pacatas desvirtuando los tópicos de la maternidad como consumación femenina (Se habla de Gabriel, que bien podría ser el “anti-poema” dedicado al hijo) o los tópicos de una educación basada en una mitificación del orden y racionalidad que desbaratan los traumas íntimos (Economía doméstica) o una bondad mal entendida que crea remordimiento por degenerar en falta de identidad propia y coraje para enfrentarse a la injusticia que no puede sino devenir en un estoicismo derrotado como única salida (los buenos no son inquisitivos… nos recuerda en el extraordinario Lecciones de cosas), amén de desengañarse del poder redentor de la escritura (Entrevista de prensa) porque la palabra tiene una virtud:/si es exacta es letal/como lo es un guante envenenado. Una senda similar, en tono y logros, siguen los últimos poemas de la autora, integrantes no ya de títulos individuales sino de compilaciones como Poesía no eres tú (1972) en textos como Mutilaciones,  Pasaporte (otro logro pleno de su capacidad para la autoironía) Meditación en el umbral, deliciosa reflexión sobre la necesidad de realizarse al margen de las actitudes marcadas por los grandes referentes, ficticios o reales, de la literatura femenina o Kinsey report que alude al potencial transgresor de las encuestas del famoso experto en sexualidad aportando brutales testimonios de mujeres tan dispares como adolescentes idealistas, lesbianas, casadas insatisfechas o solteras entregadas al desenfreno o el encierro virginal. En fin, de cabeza al Olimpo de mis diosas poéticas, bien cerquita de Emily Dickinson o Wislawa Szymborska (con la que la unen tantas cosas, especialmente en sus últimos poemas) y en marcha una recogida de firmas acuciante para exigir unas obras completas, otra de las renuncias que nos ha impuesto el enanismo cultural patrio.

XAVIER VILLAURRUTIA: "Obra poética"

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Cumbre del mito literario forjado en torno a la revista Contemporáneos e incluso quizá de toda la poesía mexicana del S.XX (aquí sí que habría mucho, pero mucho que discutir… por Dios que no se me enfaden  ni mi Jaime Sabines ni mi Rosario Castellanos) , Villaurrutia es uno de esos poetas de obra desgraciadamente breve pero impecable, regida por un sentido de la exigencia y la ética artística que imponía una lenta y tortuosa maduración de los versos hasta cristalizarlos en obras impecables y con una personalidad que, como añadido anecdótico, pero que es indudable que no deja de influir en la recepción de la posteridad de su autor, presentaba todos los ingredientes idóneos para convertirlo en carne de leyenda, ya incluso en vida: una personalidad enigmática (no en vano, es esencial en él el tema de la identidad, o más bien de la carencia de la misma) sombría, antagóncia entre una “tristeza estática” y una notable capacidad de acción (la intensidad de su dedicación a las tertulias, las conferencias, la crítica literaria, el mundo del teatro y en sus últimos años también al cine que abordó no sólo como autor sino como promotor en sentido amplio), atacada una hiperestesia y una melancolía inseparables del trauma de su homosexualidad, que Villaurrutia iría poco a poco asumiendo (desde la rotunda negación en los poemas amorosos de sus primeros libros) hasta una actitud que no cabe calificar de “desafiante” pero sí de obviamente valiente para su época (gracias a la influencia de compañeros de viaje más audaces y concienciados en ese sentido, especialmente Gilberto Novo, amigo de por vida y con el que incluso compartió paso en uno de los “ghettos” gays de la ciudad de México)  hasta culminar en una muerte enigmática y prematura que cada vez más biógrafos y estudiosos de su obra atribuyen a un suicidio más que al vago “ataque al corazón” con que siempre se explicó. Villaurrutia creció como escritor en un contexto histórico y cultural convulso en que la literatura mexicana intenta sacudirse no ya los lastres de un Modernismo caído en la reiteración y el tópico (aún patente en los primeros versos del poeta recogidos en esta antología, carentes de su intensidad emocional y su originalidad pero con una factura lingüística que no puede hacer sino adivinar a un poeta grande a poca intuición literaria que se tenga) sino en la “tiranía” impuesta por superadores de esa propia estética (el caso más significativo es el del “torcedor de cuellos de cisne” Enrique González, para Villaurrutia y otros poetas del grupo  excesivamente presente como “gurú” de los nuevos rumbos por los que debía caminar la poesía mexicana moderna) y en la que los Contemporáneos, tras pasar por la tentación de convertirse en “líricos oficialistas” (Villaurrutia, a instancias del lírico más orientado a la vida pública del grupo, Torres Bodet y de figuras de generaciones anteriores como Henríquez Ureña, participó en los proyectos de regeneración  y modernización de la cultura de su país, a la búsqueda de una definición de su identidad frente a su consideración de “auxiliar” de la europea y española ,que propulsaron políticos como Vasconcelos) sufrieron todo tipo de menosprecios (incluso en España, donde sus poemarios o textos sueltos aparecidos en revistas cosecharon una fría indiferencia) por practicar una poesía supuestamente europeizante y desligada de la tradición autóctona (complejo nacionalista que, como veremos, es en Villaurrutia una rotunda mentira), “afeminada” (no comments…) y carente del compromiso social y político que se exigía desde estéticas tan dispares como los pintares muralistas encabezados por Diego Rivera o algunas incipientes vanguardias como el Estridentismo.

Entrando ya en materia lírica, la poesía de Villaurrutia se nos presenta ya casi de cuerpo entero, tras esbozos iniciales publicados en revistas escritos desde la adolescencia a los veintipocos años, en el admirable Reflejos (1926), que dedicó al poeta Enrique Díez Canedo. El poema inicial y titular, “Reflejos” y el inmediatamente posterior, “Sueño”, ya marcan el tono con su aspiración a una salvación amorosa que se revela fatalmente imposible o solo asequible por medio del sueño y un lenguaje depurado que combina lo mejor de la esencialidad juanrramoniana con toques de irracionalidad que preludian la posterior influencia del Surrealismo (su influencia vanguardista más reconocible, junto a cierta tendencia al juego léxico heredada de la orientación lúdica de muchos de estos movimientos) y cuya orientación, en contra de lo que muchas veces se ha dicho de su autor, no es exclusivamente trágica sino aplicable al deslumbramiento que sugiere la naturaleza (como atestiguan los poemas “Aire” o “Incolor”). Emocionan en el joven autor su capacidad para proyectar estados de ánimo de tristeza crónica o de delirante imaginación sobre referentes artísticos (“Soledad”, “Cuadro”) o elementos de la cotidianidad (“Puzzle”, “Fonógrafos”, “Azoteas”, “Cinematógrafos”) y de crear atmósferas, a menudo inspiradas en la vida rural de sus primeros años de vida entre la pequeña burguesía culta y acomodada que le proporcionó todo tipo de estímulos artísticos, ya sutilmente decadentes (“Pueblo”), de una tristeza traspasada de un misterio en que parece superarse dicha melancolía (“Amplificaciones” o  como una la fuga mística con la naturaleza como  agente de enajenación salvadora (“Domingo”). Igualmente reseñables son las primeras aproximaciones hacia al estética del “nocturno” que tocará techo en su siguiente libro (“Noche”) o los breves apuntes de “Suite del isomnio”, de una precisión lírica y una condensación del ingenio dignas de las mejores greguerías de Gómez de la Serna.

Y esto, que ya es mucho, parece nada ante el imbatible Nostalgia de la muerte (1946), su obra maestra y uno de los pocos libros (junto a los mejores de Neruda, Vallejo, Lorca o Juan Ramón) que se antojan tienen una vigencia indefinida en la tradición lírica hispánica y un papel referencial que parece creado a propósito para acoger el concepto de “clásico”. Su primera mitad, los memorables “Nocturnos”, culminan una tradición primero romántica y musical y luego también modernista y literaria cuya recepción profundamente original por parte del poeta consiste en la integración de los referentes más predecibles (Novalis, Baudelaire) con otros resultado de la impronta de la literatura autóctona (López Velarde, en cuya poesía cifraba Villaurrutia el camino a seguir para la superación de la estética modernista y la configuración de una poesía mexicana moderna y, más atrás en el tiempo, Sor Juana, toda ella como figura pionera en quien el autor encontraba además las afinidades dramáticas de la represión sexual y la incomprensión por parte de un entorno cultural reaccionario, pero especialmente su “Primero sueño” de mayor densidad intelectual pero de una cualidad atmósferica poco menos que gemela de los mejores poemas de Villaurrutia) que además echan por tierra las malintencionadas (deliberadamente mentirosas) tesis sobre el carácter extranjerizante de la poesía de su autor que se difundieron en su momento. Frente al citado “nocturno” romántico o modernista el de Villaurrutia, y ya desde un primer texto-manifiesto que no podía sino titularse así,  se antoja más trágico, más proclive a la perturbación a través de una densidad melancólica en la que agobian la soledad,  la imposición del terror, su clásico sentido de la desnortación existencial y la carencia de identidad y la premonición obsesiva de la muerte, frente a la tendencia a complementar la noche con matices más estimulantes en su aproximación a lo misterioso y enigmático o a lo carnal en su papel de ambientación prototípica para las relaciones eróticas. Todos los textos son impecables y al lector sólo le queda citar sus favoritos: los míos son “Nocturno en que nada se oye”, radiante en su antítesis entre el silencio y la sutil vida amortiguada (que se antoja tan angustiosa) de los sonidos acallados en la noche, “Nocturno en que habla la muerte”, quizá el más “asequible” por una aproximación al lenguaje coloquial (aunque en realidad es su estilo un coloquialismo lírica y sobriamente elaborado)  que no es muy frecuente en Villaurrutia y una de las personificaciones de la muerte más inquietantes de la literatura moderna, “Nocturno de los ángeles”, ligado a la exaltación vitalista y sexual ( locales de jazz, vida nocturna y locales de ambiente) de su  estancia en Carolina del Norte, amén de a la influencia de autores explícitamente homoeróticos como Luis Cernuda (“los marineros son las alas del amor”… imagen que encantaba al mexicano y que aparece en uno de sus dibujos que incluye esta edición… precisamente en la portada o Cocteau) pero que  se antoja igualmente inquietante en la asociación del ángel no a la redención espiritual sino a la misma ansiedad carnal impotente de cualquier hombre común (personalmente, creo que hay mucho más Alberti de “Sobre los ángeles” que Luis Cernuda aquí…), “Nocturno rosa”, inseparable en la memoria del poema de Borges a este símbolo poético universal en “Fervor de Buenos Aires”, en el que juega a desustanciarlo de sus atribuciones tópicas (inocencia, belleza, intensidad pasional) para contaminarla de la turbiedad de su mundo, “Nocturno mar”, necesaria y parangonable en altura literaria vuelta de tuerca a los poemas del mar trascendentalizado del Juan Ramón del “Diario…” (libro y autor esenciales para el mexicano) y el “Nocturno de la alcoba”, culmen de una encarnación de la muerte en la cotidianidad tan perfecta que queda abolida cualquier posibilidad de salvación. La última parte, “Nostalgias”, añade poemas escritos casi en su totalidad durante la estancia en Estados Unidos, vivencia bipolar donde se alternaron la citada intensidad vitalista y una caída en la gris cotidianidad (especialmente en la conservadora y tediosa New Haven) que icentivó su permanente predisposición a la “bilis negra” con que lo caracterizaba Octavio Paz, entre los que destacan los asociados a la nieve (“Nostalgia de la nieve”, “Cementerio en la nieve”), símbolo que le permite tanto la imposición trágica de la muerte como una sutil apertura a la esperanza a partir de la sugestión creadas por la belleza y el incentivo del enigma, o los breves apuntes, más próximos a una estética prototípciamente americana en su escenografía de “realismo sucio” (hoteles de solitarios, hospitales, salas de espera) o la aparición de problemáticas sociales y políticas (el tema del racismo) de “North Carolina Blues”.

Tras esta auténtica animalada, el último libro publicado en vida por Villaurrutia es poco más que una breve “plaquette”  de título sorprendente: Canto a la primavera y otros poemas (1948), ya admirable si lo consideramos simplemente un ejercicio formal ,un “juego” de asimilación de las influencias castellanas clásicas del lenguaje y la métrica barrocas (si a estas alturas alguien sigue defendiendo que Villaurrutia ignoraba o despreciaba la tradición es que tiene el encefalograma en estado comatoso), por la perfección de sus sonetos (algunos “canónicos” y otros con fórmulas rítimicas más peculiares), décimas, madrigales, estancias… ya presentes, aunque es difícil reparar en ello entre el deslumbramiento de tantas otras cosas, en el libro anterior (sus “nocturnos” presentan una gran heterogeneidad de planteamientos métricos y el libro se remata con una “Décima muerte”, de tono muy similar al de los textos de esta última obra). Frente a la tendencia, quizá inducida por el título y el poema que lo inspira (que no creo de los mejores de su autor, aunque sería sádico, a la vez que imposible,  plantearle algún reproche que no fuera puramente subjetivo) a considerarlo un libro de corte más optimista y vital, creo que los poemas amorosos que incluye son otra incidencia en la ansiedad depresiva de su mundo poético, un, no creo que sea correcto hablar de “reciclaje” o “adaptación” (¿de verdad que el amor no es una experiencia desasosegante incluso en sus momentos de triunfo?) del tema lírico por excelencia a las incertidumbres sobre la imposibilidad de la comunicación (inseparable del veto de silencio impuesto a la homosexualidad) , hasta el punto de fabular con la negación de su posibilidad de ser palabra(Dichoso amor el nuestro, que nada y nadie nombra;/prisionero olvidado, sin luz y sin testigo./Amor secreto que cnvierte en miel la sombra,/como la florescencia en la cárcel del higo sentencia el implacable “Madrigal sombrío”) la insatisfacción perenne y la difuminación de los perfiles de la identidad, tanto la propia como la del ser amado en un puñado de poemas memorables como “Soneto de la granada”, “Soneto de la esperanza”, “Décimas” o “Nuestro amor”.

 Aún puede el lector, después de este libro que deja un sabor ingrato de aperitivo de otro banquete que nunca llegó, consolarse con unos cuantos poemas inéditos, parte de un hipotético poemario futuro , como una manifestación de vocación poética tan encendida como angustiosa en su carácter inasible (“Poesía”), unos incisivos “Epigramas de Boston” en los que asoma una vena de sátira literaria y social (con el tema, tan íntimamente significativo, de la hipocresía sexual) que creó no practicó todo lo que debiera, un “Cuando la tarde…” que se antoja imprescindible en la elaboración climática de lo vespertino como introducción al mundo poético proyectado en la noche, nuevas incidencias en imaginerías propias sobre las obsesiones de la incomunicación (“Estatua”)algunos sonetos perfectos (“Mar”, “Soneto del temor a Dios”, insólita rendición a la necesidad de una salvación de una intensidad que parece salida de la boca del joven San Agustín anhelando el perdón) y un “Volver”… que cierta leyenda considera sus “días azules y sol de infancia”, como líneas encontradas en sus ropas de difunto… la verdad es que bien podría haber sido compuesto con vocación de epitafio. Ahí lo dejo, como la enésima muestra de lo que es capaz este genio rotundo de la poesía en nuestro idioma: Volver a una patria lejana,/volver a una patria olvidada,/oscuramente deformada,/por el destierro en esta tierra./¡Salir del aire que me encierra¡/Y anclar otra vez en la nada./La noche es mi madre y mi hermana,/la nada es mi patria lejana/la nada llena de silencio,/la nada llena de vacío,/la nada sin tiempo ni frío,/ la nada en que no pasa nada.


ELIZABETH BOWEN: "La muerte del corazón"

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Acierta Impedimenta de pleno (además de en la publicación y el rescate de esta autora para la lengua castellana, otro hito de un catálogo que hace mucho tiempo que se ganó el nombre de mítico) en la caracterización del estilo de la novelista inglesa Elizabeth Bowen como un puente de comunicación entre Virginia Woolf y Muriel Spark (se cita también a Iris Murdoch, pero al no haberla leído me ahorro el correspondiente cotejo):su estilo, aunque limpio y con el don de la esencialidad, resulta denso, predispuesto a la digresión ensayística (una vena que está sembrada de logros), equidistante entre el hermetismo experimental de la de Bloomsbury y el frecuente coloquialismo humorístico e irónico de la otra. Pero no hay lugar para el humor en una novela como esta: La muerte del corazón (reconocida por la revista Times entre las cien mejores novelas del siglo) abruma con un catálogo de personajes derruidos por la soledad (especialmente conmovedor el caso del coronel Brutt, de vuelta de la guerra sin futuro sentimental, ni laboral, ni lugar alguno en el mundo, buscando asideros en el recuerdo de la felicidad de los demás (la antigua relación de Anna con su mejor amigo, desaparecido sin dejar rastro) o en la protección melancólica y no sabemos hasta qué punto inocente que ejerce sobre Portia mediante los puzzles que le envía)o, peor incluso, por los efectos de una virtud que se desustancia al ejercerse por encima de la piedad: como la que ejerce la señora Queyne que, en cumplimiento de los preceptos de la más rígida moralidad e insensible a la debilidad y el perdón (“Ella no quería hacer el bien; quería hacer lo correcto”, sentencia Matchett, la criada, con su extraordinaria lucidez, que la convierte en  el único soporte de la protagonista ante la tibieza del afecto de su propio hermano), expulsa a su marido de casa y le hace casarse con la mujer a la que había dejado embarazada, y posteriormente sufre Portia, la hija de ese pecado, que, sola en el mundo tras la muerte de sus padres, es conducida a casa de Thomas, su hermanastro, donde languidece por efecto del cariño  convencional y frío ejercido por Anna, la esnob de clase alta con la que ha contraído matrimonio, que la somete a una rutina castrante (la formación de la “señorita inglesa” que con tan despiadada inteligencia sabía denunciar la citada Muriel Spark) y está siempre en busca de pretextos para justificar su desafecto como una supuesta correspondencia del de la otra (sobre todo cuando su nula inteligencia le impida entender los diarios de Portia y tomarse su tristeza como un agravio personal), una esterilidad emocional que la aboca a enamorarse de Eddie, joven cuyo perfil psicológico se antoja similar al de un Truman Capote sin talento, reducido a las miserias de su carácter ( de orígenes humildes, visceral e impulsivo, convertido en juguete para la diversión de aristócratas y burgueses frívolos a los que íntimamente odia (y sobre los que ha escrito una venenosa sátira en forma de novela, como hizo el propio Capote en aquel texto que labró su desgracia y que nunca llegamos a leer) y de una desorientación vital absoluta) que, pese a confesarse enamorado, rendido por la juventud y la inocencia de Portia, mantiene una relación llena de ambigüedades y equívocos con su cuñada, de una protección más guiada por la vanidad que el afecto y entreverada de desprecio, cuya auténtica naturaleza nunca se nos acaba de revelar aunque sí se sugiere de forma lo bastante sutil como para que siga resultando indefinida. Desde este planteamiento ya perturbador, la novela se va convirtiendo en una fábula atroz sobre la destrucción de la inocencia, en la que juega un papel decisivo el desengaño sobre la falacia que supone la palabra (decisiva en el proyecto de redención personal de Portia, por medio de sus diarios, que se convierten en punto esencial de su derrota final cuando el fatuo (pero a ratos también honesto y lúcido, como demuestra la reflexión que transcribo a continuación) Saint Quentin, novelista amigo de Anna, le confiese que esta los espía y lee a escondidas)  como depositaria de las emociones y la memoria (“ Lo que escribo en ellos nunca ha ocurrido. Podría haber ocurrido, es cierto, pero en verdad no sucedió. Y, aunque lo que se siente en ellos es plausible (y es, en el fondo, mucho más plausible de lo que imagina la gente), también bastante improbable. Por lo tanto, es un juego al que yo me consagro. Y nunca escribiría acerca de algo que ha sucedido de verdad. Nuestra naturaleza es olvidar, y uno debe cumplirla. La memoria es bastante insoportable, pero, así y todo, desecha bastantes cosas. Nos defraudaría si no fuera, en cierta medida, una farsa: recordamos para hacer con ello lo que queremos. En serio, Portia, debes creerme: si no nos permitiéramos unas pocas mentiras, no sé  cómo soportaríamos el pasado) y que tiene un paso decisivo en la estancia veraniega de Portia en casa de la señora Heccomb, antigua aya de Anna que la acoge durante el tiempo en que ella y Thomas tengan que ausentarse por un viaje en el que intentan reflotar su ya maltrecha intimidad, donde choca de nuevo con la aridez emocional que representan sus hijos, Daphne y Dickie y va asistiendo al hundimiento del idealismo amoroso al que había fiado su salvación en los cínicos coqueteos eróticos que entabla Eddie con la joven y culmina en  el clímax de desolación de las páginas finales en las que Portia, ya en el extremo de su vulnerabilidad y completamente desencantada, huye de casa en busca de la protección del coronel, al que llega a proponer le uno de esos matrimonios concertados para compartir la indefensión y no la vida, estado en que ni siquiera logra conmover a su única familia, como revela el hecho de que Thomas y Anna no vayan a buscarla en persona, sino que envíen a Matchett para preservar su ridículo orgullo y su derecho a sentirse ofendidos; uno de los finales más angustiosamente abiertos que nunca haya leído en una novela, de esos que abruman con el acecho de una perpetuidad del dolor del protagonista que no es sino la manifestación de la propia condición perenne del nuestro. 

JAIME DE ARMIÑÁN: "La señorita/Mi querida señorita/El nido

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Mi deuda pendiente con Jaime de Armiñán, uno de los nombres más versátiles de la difícil cultura española de la posguerra (dramaturgo, novelista, cineasta, articulista… y aún en activo, si bien al parecer no en su mejor forma, a pesar de la ya provecta edad) iba mucho más allá de lo literario o lo cinematográfico para entrar ya en el campo de los frikismos y las gratitudes personales: ya sabemos, cuñado de Carmen Santonja… y promotor de las Vainica Doble en una época, en realidad cualquier época, en que eran todavía contempladas como “rara avis” dentro de un panorama artístico con mira estrecha para las propuestas críticas y verdaderamente innovadoras. Tras La señorita, impecable pieza breve en la que apenas un par de escenas de diálogo sencillas bastan para desnudar con virulencia ese tipo de falsa caridad aristocrática que no busca sino el alimento de la vanidad propia, nos espera otra señorita, la Amparo- Juan de Mi querida señorita que López Vázquez bordó en escena,  que no podemos sino calificar de mítica, que traspasó nuestras fronteras y fascinó a George Cukor o Billy Wilder y queda como una de las apuestas más valientes de toda la literatura de posguerra, con la aportación del talento y la valentía crítica de un tal Rafael Azcona. Sólo el edulcorado final (que no resulta apropiado por feliz sino por inverosímil) empaña una pieza que conmueve en su retrato de los desequilibrios anímicos ocasionados por la represión (la homosexualidad de Adela, sumada a los celos,  la lleva a forjar una personalidad castrante y malhumorada que determina que su enamorada, la joven criada Isabelita, tenga que abandonar su casa)y directamente perturba en su lucidez para mostrar como una religión y una ciencia médica que  de puro atrasado recala en la superstición de la anterior se confabulan para crear en la protagonista una crisis de identidad sexual en plena madurez cuyo alcance dramático se sugiere en detalles, tan paradójicos como dolorosos,  como el de que Adela (ahora transmutada en Juan) tenga que recurrir a roles de su ser femenino para asegurarse su supervivencia (coser vestidos a máquina ante la imposibilidad de encontrar salidas laborales “masculinas”) antes de ser expulsado de la pensión en que vive por los prejuicios de rancia moral sexual… e iniciar un camino de descubrimiento personal y lucha por sus convicciones sentimentales tras reencontrarse de forma fortuita con Isabel, camarera de un local madrileño, que, como hemos comentado, culmina quizá de manera demasiado idílica. Si no como película (aunque el film protagonizado por Ana Torrent y Héctor Alterio tiene sus defensores y supuso la segunda nominación al Óscar de su director, aunque con una repercusión menor en el Hollywood estelar), al menos como literatura, El nido compite y en mi opinión supera a la anterior. No creo que haya “peros” posibles: los personajes están perfectamente trazados, tanto  ese Don Alejandro conducido a una pederastia que se ha fundamentado tan bien en su soledad y la evidencia de su vacío existencial que deja al lector sin posibilidad de juicio moral, como la joven Goyita, síntesis de inocencia y perversión que la podría convertir en heroína de la mejor literatura erótica de un Vargas Llosa, manipuladora y verdugo de la relación desde su aparente posición de fragilidad pero que no es sino otra luchadora por la supervivencia con recursos totalmente autónomos (el amor, la fascinación por la naturaleza, pasión que determina la escala final de la atrocidad hasta el asesinato) dentro de los límites de una sociedad castrante que tiene en la vida de cuartel una de sus mejores metáforas posibles; e incluso los secundarios como la maestra, Concha, entregada al afán de protección para huir de su desolación íntima o el sacerdote Eladio, en cuya relación con el protagonista clava el autor una de esas relaciones de afecto fundadas en una distancia irónica permanente. Sin renunciar a ciertas concesiones sentimentales (la escena final de Goyita ya adulta, a la par arrepentida y orgullosa de esa relación enfermiza, ante la tumba del protagonista), la conclusión aquí sí resulta acertada y perfectamente coherente en su “in crescendo” de delirio en que Alejandro pasa de la destrucción de todos los rastros de su pasado sentimental (el ataque a la memoria de la mujer de la que enviudó, obsesión de la niña desde el comienzo) al intento de asesinato de uno de los sargentos de la casa cuartel al que odia Goyita en una escena de impecable sainete tragicómico (la escena risible del intento de asesinato con las balas de fogueo frente al escalofrío de la muerte real de Alejandro). Para otra ocasión (y la habrá, seguro) queda la obra, primer éxito teatral de un todavía muy joven Armiñán, que se incluye en esta edición de Cátedra, hecha con mimo y generosa documentación por Catalina Buezo (y que tiene el mérito añadido de la reivindicación del guión cinematográfico como género literario de pleno derecho), Eva sin manzana. En fin, otro lastre menos en la conciencia que celebraría si no me quedaran tantas agravios y, me temo, tan poca vida (aunque el tiempo fuera generoso conmigo) para deshacerlos.