Apenas transcurridos
diez años escasos desde su publicación (una de las últimas novelas de su autor,
que falleció en junio del año 2012) es esta novela ya un clásico de pleno
derecho, que aúna prestigio crítico y popularidad (más por la exitosa película
de Villaronga filmada en 2009 que por el propio libro, claro) y, junto a Los
girasoles ciegos de Alberto Méndez y los cuentos de Juan Eduardo Zúñiga
queda como la más conseguida reafirmación de la posguerra española como motivo
temático desde una originalidad y una exigencia estética que supera su
conversión en un tópico del realismo social más plano. Y, es que, sin dejar de
retratar con implacable lucidez un entorno social e histórico de tal crudeza, Pan
negro se va revelando como un relato
global de iniciación al mundo y a la vida que adquiere tintes de universalidad.
Su protagonista, el niño Andrés, es un hijo de “proscritos”, su padre es un
obrero represaliado en la cárcel tras su implicación en la guerra (y finalmente
fallecido por las condiciones inhumanas de su existencia allí antes que por la
sentencia de muerte que pesaba sobre él) y su madre, obrera de una fábrica,
vive consumida en la pasión amorosa que siente por su marido, que convierte su vida en peregrinaje
angustioso en busca de influencias y favores para salvarlo que obliga a que el
niño tenga que quedar finalmente en casa de sus abuelos, guardeses de una finca
señorial en el mundo rural catalán y secretamente comprometidos con la
clandestinidad del “maqui” junto al prior de un convento de frailes cercano con
que el autor retrata a la mínima parte (que existió) de la iglesia que
permaneció fiel a unas inquietudes de cuño republicano y liberal que obviamente
tenían mucho más que ver con el mensaje primitivo de Cristo que el viraje
totalitario que tomaron los líderes de la institución. En el aprendizaje humano
de Andrés junto a sus primos, especialmente junto a la Lloramicos, la otra “recogida”
por caridad de la familia (sus padres huyeron a Francia tras el conflicto para
salvar su vida tras su decidida implicación) alcanzan un papel esencial la
naturaleza (esas escenas de los niños jugando en las ramas de los árboles….cómo
no me iban a emocionar), sobra la que se alcanza una plena sabiduría al intuir
ya su superioridad moral sobre el hombre y la necesidad de este de dejarse
aleccionar por ella y prescindir de su complejo de ser inteligente y dominador
y el sexo, temido y a la vez ansiosamente deseado mientras se le espía en las
conversaciones de los adultos o los adolescentes, unido a cierta curiosidad
morbosa por el cuerpo como enfermedad (la fascinación de Andrés por los jóvenes
tísicos que recogen los frailes en el convento) o generador de impulsos atroces
(la pederastia del maestro de la escuela, el señor Madern, en quien se retrata
también ese otro drama del hombre condenado a fingir unas convicciones ajenas a
sí mismo para sobrevivir en un mundo tan marcado ideológicamente como el de la
educación) y que se va aprendiendo en los primeros tanteos inocentes con su
prima Lloramicos, entre cuya ingenuidad parecen intuir ya el auténtico sentido
del contacto carnal: el único acto en que los desarraigados pueden tal vez
sentirse parte de la condición humana con pleno derecho. Junto a este
aprendizaje de lo “ancestral”, asoma la podredumbre de un mundo marcado por la
soberbia y la violencia física y moral que ejercen las fuerzas vivas vencedoras
sobre las clases humildes (los continuos registros de la guardia civil en la
finca y, especialmente, el momento de la comunión de Lloramicos, que el párroco
fascista del pueblo quiere convertido en una “pasada por el aro” pública y
oficial de una familia de tan plena adhesión al enemigo), incluso en actos de
caridad que solo pretenden tranquilizar su conciencia y que malamente pueden
disimular su carácter profundamente interesado (el afán de los terratenientes,
los señores de Manubens, por acoger a Andrés tras la muerte del padre y proporcionarle
unos estudios…con la manifiesta intención de presionarlo para hacerlo sacerdote
y se convierta por tanto en un juguete de su obsesión por la apariencia de la
virtud) el peso de una moral hipócrita que alcanza dimensiones directamente
dramáticas en su opresión sobre la mujer (los casos de la tía Enriqueta,
criminalizada incluso por su propia familia por aspirar a una vida sentimental
en libertad y romper su compromiso matrimonial, conflicto que consigue
solventar con la afirmación de su propia identidad que supone escapar de casa…
algo que por desgracia no hace Felisa, la tía materna de Andrés, resignada a un
matrimonio sin amor como única manera de huir del destino quizá más cruel
reservado a la “solterona” en casa ajena), ambos temas implicados en un pulso
entre la permanencia de una vida tradicional ligada al campo y las expectativas
de libertad y progreso económico que los más jóvenes fabulan en el mundo moderno
de la ciudad y la fábrica… dramáticamente frustradas por la imposición brutal
de la guerra y la posterior represión. Las páginas finales alcanzan una plena
intensidad emocional en el debate íntimo de Andrés entre la fidelidad a la
madre y con ella a sus raíces sociales e ideológicas y la fatalidad de tener
que aceptar el destino trazado por la supervisión de los gerifaltes del mundo.... no os anticipo aquí como se resuelve esta antítesis salvo que, como podréis imaginar, su dramatismo hace que tras ninguna opción consiga una redención personal sino más bien una amenaza de perturbación a perpetuidad que empaña su futuro de hombre adulto. Tanto
el estilo de la novela, que aúna los mejores logros del realismo social en la
espontaneidad que desprenden los diálogos y la descripción de escenas de la
cotidianidad, como su superación por medio de la exigencia formal de los
pasajes con más intensidad lírica o de una hondura reflexiva casi ensayística,
como los personajes (la inolvidable abuela Mercedes, enérgica y conmovedora en
su aspiración frustrada de instruirse y desarrollar una conciencia lúcida y
comprometida sobre el mundo, el vigor “viril”, a menudo fatalmente rayano en la
violencia y la crueldad, de los Quirico padre e hijo o la hosquedad, de animal
mal domesticado, del “abuelo Mozo”…) resultan impecables y afianzan la talla
literaria de una novela que queda como un hito referencial para la aproximación
a un tema que, tratado desde este grado de rigor formal y búsqueda de la
originalidad en la coherencia con la propia memoria, parece inagotable.
VIJAY PRASHAD: Las naciones oscuras: una historia del Tercer Mundo
Valiente y necesario (amén de impecablemente documentado)
este ensayo histórico del profesor indio afincado en Estados Unidos que desvela
las causas del hundimiento progresivo de
la más legítima utopía que haya afrontado la humanidad en los últimos decenios:
la consecución de la estabilidad económica y social y el restablecimiento de su
identidad cultural para todas las naciones, en su mayoría situadas entre América
del Sur, África y Asia, que fueron surgiendo del desmoronamiento progresivo de
los antiguos imperios coloniales de Occidente tras la Segunda Guerra Mundial
(proceso, en muchos casos, tardío además de sangriento, como ilustra el caso de
los antiguos territorios portugueses, “emancipados” a golpe de fusil ya en los
años setenta). Con infinidad de ejemplos
que abarcan todo tipo de entornos geográficos e históricos, la lucidez de Prashad
va relatando como, tras ser planteadas en términos de idealismo triunfalista y
contar en principio con la implicación de algunos de los dirigentes políticos “míticos”
de los orígenes de las nuevas naciones (Nehru, Nasser, Sukarn...)la huida de la
pobreza y la creación de un frente de poder común va arruinándose por infinidad
de factores entre los que destacan la perpetuación del colonialismo a nivel
económico, el enzarzamiento de los nuevos países en guerras de frontera que no
son sino la herencia de la arbitrariedad ejercida por las antiguas naciones
dirigentes (como los que mantiene la India con Pakistán y posteriormente con
China en los años 60) y el establecimiento de gobiernos en las nuevas naciones
que se fundamentan sobre las bases de las antiguas jerarquías occidentales (a
menudo en forma de dictaduras convenientemente legitimadas por los antiguos
dueños o por la ambición capitalista de Estados Unidos, como ilustran casos
como los de Argelia o Chile o contribuyendo decisivamente a frustar la
actuación de los pocos gobiernos que parecían auténticamente comprometidos a
crear estados donde primara la igualación de los derechos sociales y el poder
adquisitivo, como el de René Barrientos
en Bolivia al frente del Movimiento Nacionalista Revolucionario) y olvidan sus
compromisos éticos con la población después de haberlos instrumentalizado para
alzarse con el poder, amén de sugestionarles para buscar un “tercer enemigo” en
el que desahogar su ira legítima tras el desencanto (para eso siempre fueron
muy útiles los comunistas… sobre los que a menudo se ejerció el crimen
organizado de forma sangrante, como en
los inicios de la dictadura militar de Suharto en Indonesia en los años 60,
desarrollado entre la indiferencia de toda la escena internacional… incluida la
URSS): es decir, las líneas maestras de la penosa historia del género humano.
En su primera parte, Búsqueda, el
autor hace una detallada cronología de los primeros intentos de establecer una
conexión entre países alejados geográfica y culturalmente pero llamados a la
empatía por su condición de territorios dominados por los grandes poderes
políticos y económicos, tales como una primera Liga contra el Imperialismo
celebrada en Bruselas en 1928 (… irónicamente en el país que estaba perpetrando
uno de los más sangrantes genocidios imperialistas en el Congo Belga a partir
de la sangrienta ambición del gobierno de Leopoldo II cuestión que, por
supuesto, no pudo ponerse sobre la mesa y restó por tanto a la reunión buena
parte de su hipotético alcance humanitario), la Conferencia Afro-Asiática de Bandug (1955),
que tuvo el valor de plantear cuestiones como la necesidad de un desarme a
escala global en el contexto de un mundo aterrado por la reciente revelación de
los horrores del armamento nuclear y la amenaza de un apocalipsis inminente…. aunque
con poca legitimidad moral por la existencia de gobiernos tercermundistas que
compraban efectivos militares de forma subterránea a los países pudientes, la
aparición de todo tipo de movimientos cívicos y culturales que se consideraban el
necesario complemento de la lucha política por la emancipación (el impulso dado
al feminismo p or la Conferencia Afro Asiática de Mujeres de 1961 en El Cairo o
las asociaciones de escritores e intelectuales relacionadas con el mito de la “negritud”,
valioso a la hora de dar por una vez difusión a las manifestaciones artísticas
de estos territorios marginados pero
quizá a la postre convertido más en una “moda” que en un esfuerzo sincero de
integración o nivelación cultural) y finalmente la creación del NOAL
(Movimiento de Países no Alineados, en 1961) durante un encuentro de líderes
internacionales en Belgrado a menudo denominado con no poca ironía dramática “La
Yalta del Tercer Mundo” (terminología de uso común a partir de los ensayos del
francés Sauvy en los años cincuenta, para
designar al complejo bloque de países
que formaban una frontera indefinida en el mundo dividido entre el
capitalismo occidental y yanqui y el comunismo soviético y su esfera de
influencia), la más explícita reivindicación de estos países a definir su
futuro y su propia identidad frente a la fatalidad de convertirse en satélites
de las facciones enfrentadas durante los años de la Guerra Fría, preludio de
una década en que, tras plantearse en términos pacíficos y de un idealismo poco
efectivo a nivel pragmático, la cuestión tercermundista va adquiriendo tintes
más revolucionarios y violentos por estímulos como el triunfo de movimientos
liberales armados en países como Cuba o la intervención militar de países
occidentales que tendrá su ilustración más bochornosa en la Guerra de Vietnam
de finales de los sesenta, cuyo desenlace alienta la ilusión de una
vulnerabilidad de los grandes estados a la que nunca se le sabría sacar
auténtico partido. Especialmente revelador resulta el análisis de los
condicionantes que justifican la imposibilidad de un despegue económico al margen de la explotación de las grandes empresas
internacionales que reduce la independencia de los nuevos territorios casi a un
concepto retórico: pese a la nacionalización de las principales materias primas
sustento de las exportaciones que debían afianzar la economía, la falta de
capital monetario para convertirlas en productos vendibles (especialmente
exigente en el caso del petróleo, que exige complejas infraestructuras para
generar sus productos derivados) y la corrupción de los gobiernos amancebados
con dólares las deja a merced de la actuación de las empresas internacionales,
situación que impulsa valiosas iniciativas como la OPEP, el más valiente pulso
contra la opresión de los grandes cárteres petrolíferos (sobre todo con el
holding conocido como “Las Siete Hermanas”) que inspira otro sinfín de
asociaciones que intentan fomentar la autonomía de los países pobres para sacar
partido de sus recursos naturales. Y ya en los años 80 se acaba de dirimir la
incertidumbre de los países tercermundistas entre atreverse a sobrevivir con
modelos económicos y sociales alternativos a la imposición occidental (el caso
de Cuba es único y, al menos en ese sentido, meritorio si obviamos las
múltiples violaciones contra los derechos humanos con que sea consolidado el
poder castrista, claro) o caer en la retórica maliciosa de la “globalización”….
hecho que supone finalmente el fin, nos tememos que a perpetuidad, de las
aspiraciones enunciadas hace décadas: a la sucesión de sociedades
progresivamente empobrecidas por la falta de libertad de mercado y el
progresivo abaratamiento de las materias primeras que suministran (especialmente
sangrante en casos como el de Jamaica… y a este propósito sabe el autor
retratar perfectamente cuanto tuvo el movimiento “reggae” de insurrección
social al margen de sus aportaciones culturales) se le sumará poco después el
drama del endeudamiento , la necesidad, inútilmente paliada por iniciativas
meritorias pero ineficaces como las plataformas del 0,7 %, de devolver las
aportaciones de capital entregadas por el Fondo Monetario Internacional con un
férreo sistema de plazos, intereses abusivos y medidas abiertamente punitivas
contra su incumplimiento, que consume los ya limitados réditos de estos países
y hace inoperante cualquier tipo de inversión en calidad de vida para sus
habitantes, un entramado opresivo del que en principio solo parecen librarse
los llamados Tigres Asiáticos (Hong Kong, Singapur, Corea del Sur, Taiwan), que
viven una efímera prosperidad económica conseguida a costa de la expansión del
urbanismo más irracionalmente consumista y la violación sistemática de los más
elementales derechos del trabajador, que a partir de finales de los años
ochenta comenzará a revelarse tan ficticia y obviamente manipulada por los
intereses foráneos como la de cualquier otra parte del mundo. Y así termina el
libro, con un desasosiego y una imposición de un rotundo pesimismo en cuanto a
las expectativas de futuro de estas “naciones oscuras”, la única conclusión a
que puede llegar un intelectual (y, en general, un ser humano) auténticamente
honesto: siempre la lucidez por encima de la ingenuidad o el triunfalismo
idealistas… aunque duela tanto.
SUE KAUFMAN: "Diario de un ama de casa desquiciada"
La literatura como manera de sondear las raíces de la
infelicidad, de establecer una distancia de objetividad con el propio dolor
que, además del beneficio colateral del consuelo, alumbre las causas del
desbocamiento de la vida, sobre todo la desarrollada en condiciones
aparentemente perfectas, hacia su desustanciación. A este presupuesto se aplica
Tina Balser por medio de sus diarios o “informes” en una novela que más allá de
las mitificaciones tópicas (Kaufman es otra de las novelistas americanas
muertas prematuramente y con premio literario instituido a su memoria, con los
mismos cincuenta años de Carson McCullers, y una obra desgraciadamente breve) y
una filiación al ideario feminista que el contexto histórico (los social y
políticamente “movidos” años sesenta) en que apareció hacen más inevitable si
cabe (no hacía falta matizar, como se apresuró a hacer la crítica de la época,
que Kaufman era una “versión femenina” de Richard Yates o John Cheever… baste
decir que tiene sus mismas cualidades), la pone en primera línea de una
gloriosa nómina de escritores americanos (el listado, además de prólijo, es
evidente) que, aunque no sean brillantes desde un punto de vista técnico, se
hacen memorables al aplicar una despiadada lucidez y un humorismo mordaz a la
hora de señalar las contradicciones y los múltiples razones para la debacle
personal en unos tiempos modernos en que la felicidad se ha convertido en una
asignatura tan obligatoria como hipócritamente dada por sentada por todos. Y
así, entre las páginas que Tina escribe como refugio clandestino en su
cotidianidad doméstica, va pasando revista los traumas de una infancia sin
afecto (una madre con problemas de ludopatía que la ignoró por completo), la
mentira de la maternidad como única manera de realización personal para una
mujer (de sus dos hijas, es la mayor, Sylvie, la que parece más maleducada e
irritante, perfecto prototipo del niño convertido en “tirano” de sus padres),
la terapia psicológica (tema sobre el que se ironiza de forma implacable
durante toda la novela) como otra falacia en que con la excusa de dirigir a las
personas a su definición personal se les encajona en roles estándar y se
achatan sus perspectivas vitales (claro, a una chica como Tina, talentosa pero
insegura, había que decirle que lo que realmente quería era ser una esposa y
madre modelo y no una artista…) y, sobre todo, el peso de un matrimonio
convertido en su mayor lastre vital después de que Jonathan, siempre ambicioso
pero al menos cercano y afectivo, a causa de una herencia y un par de golpes de
fortuna en la bolsa, se haya convertido en un snob rampante, colérico y
obsesionado por aparentar en sociedad y círculos de la “intelligtensia” y la
bohemia artística sin duda para desahogar su complejo de inferioridad cultural,
una vida inauténtica a la que debe plegarse Tina como otra de tantas féminas
que pululan en este mundo (elegante, sofisticada… y sin cerebro alguno… para lo cual se ocupa
puntualmente de ridiculizar las pocas ganas de leer o de ser creativa que hayan
podido sobrevivir a su asfixia doméstica). Impactantes, a medio camino entre la
ironía despiadada de los cronistas de sociedad ingleses y el más sangrante
patetismo, esas escenas de “party” entre la farándula (incluida una aparatosa
mascarada en la propia casa que será un rotundo fracaso), en las que Tina,
incapaz de integrarse, deambula abochornada por la soledad y el desarrollo de
todo tipo de patologías obsesivas (agorafobia, claustrofobia… y otras tantas
inventadas por ella misma) con que expresa su perturbación, una falsedad que
solo parece tener un mínimo contrapunto en el personaje de Lottie, la criada,
cuya querencia, aunque sugestionada por la conciencia de inferioridad social y
la adhesión ciega del pobre a la mano que le da de comer, se antoja el único
punto de autenticidad de su entorno humano. Y así, entre crisis mal atajadas
con ansiolíticos y somníferos, un buen día se decide a jugar a Madame Bovary
(Madame “Ovary” la llamará pérfidamente en una ocasión su amante…) con George
Gaylord, un snob cínico que escribe obras teatrales, prototipo perfecto de ese “intelectual”
que se obligado a demostrar continuamente su teórica superioridad sobre los demás
con un ejercicio constante de la ironía cruel que raya el sadismo y que somete
a la protagonista a un continuo debate interior en el que se van alternando la
repulsa a causa de la conciencia puntual de su propia dignidad, su avocación
fatalista, como “chica frágil”, a enamorarse del típico cabrón de instituto y
el pulso entre dejarse llevar por la aproximación afectiva que parece
inevitable tras echar más de tres veces un polvo con la misma persona y
someterse a su frialdad del “sex is just sex” que convierte a los demás en poco
menos que un dildo, un consolador o cualquier juguete erótico. La obra, tras la
intensidad dramática que gana con el tema del supuesto embarazo extraconyugal
de Tina (que la sume en el vértigo de acabar con una rutina que la hacía
infeliz pero que era tan consoladora como cualquier credo que nos libera de la
responsabilidad de ser libres) acaba en uno de esos finales (que voy a tener la delicadeza de no contaros...) desoladores pero
indefinidos, que crean más angustia en el lector que cualquier culminación
trágica previsible (¿el suicidio, culminación predilecta del adulterio
decimonónico femenino, con el que llega
a fantasear? ¿el tópico del abandono del esposo y la familia en busca de la
propia identidad a lo “Casa de muñecas” de Ibsen?) .
ROSARIO CASTELLANOS: "Juegos de inteligencia"
Por fin conozco a esta
extraordinaria mujer de las letras hispanoamericanas que, además de con una
obra poética directamente conmovedora, fascina con su perfil humano de renovada
y mejorada versión de otros nombres femeninos del cono sur como Clorinda Matto
de Turner: hija díscola de una familia adinerada burguesa que se reveló contra
el papel estándar y plano reservado a la mujer con una honda formación
intelectual (fue una celebridad como profesora universitaria, conferenciante,
directora de instituciones culturales, una de las pioneras del feminismo
hispanoamericano sobre todo en su obra ensayística y finalmente embajadora en
Israel, donde encontró la muerte de forma prematura y absurda en un accidente
doméstico) y una vena reivindicativa que le llevó a practicar la novela social
y hasta a despojarse de su herencia y sus tierras para devolvérselas a sus
legítimos dueños indígenas, amén de superviviente de todo tipo de naufragios
personales (un matrimonio de desamor y anulación que, a diferencia del de Ajmátova,
al menos no consiguió vaciarla como poeta sino todo lo contrario o la muerte
del hermano varón y predilecto de sus padres que le llevó incluso al
sentimiento de culpa por haberle sobrevivido). Quien no fuera capaz de
emocionarse (básicamente porque tenga corazón de perro) con el contenido de una
poesía “desgarrada”, “impúdica”, como la califica acertadamente Amalia Bautista
(la única pega que se le puede plantear a esta antología de Renacimiento
prologada y seleccionada por ella es quizá el título, extraído de uno de sus
poemas: “juegos de inteligencia” quizá no es la expresión más apropiada para
sintetizar a una poeta que, sin negar las virtudes de su intelecto, está claro
que se hizo grande más por razones de vísceras que de cerebro) tendría necesariamente
que rendirse a su lenguaje, expresivo, rotundo, lleno de una impetuosidad
lírica que puntualmente no puede sino resultar excesiva pero de una enorme
calidad y, además, con la capacidad de renovarse y hacerse progresivamente
novedosa y original desarrollando nuevos tonos y registros apuntados de forma
más embrionaria en sus primeros libros. El juvenil Apuntes para una
declaración de fé (1948) sorprende ya por su impresionante texto titular, extenso poema en
el que expresa la nostalgia por un estado primitivo y natural de la existencia
que, tras el simbólico pecado edénico, se convierte en degradación y angustia
vital (impresionantes los versos dedicados al suicidio) fácilmente conectable
con la inanidad de la vida moderna y las atrocidades de cuño social y político
hasta una inesperada restauración de lo paradisíaco original al que se llega
por la fascinación de la naturaleza de la selva que como nacida en Chiapas
conocía tan bien. Trayectoria del polvo (1948) conduce su consumada
intensidad verbal tanta a la desesperación como a tonos más eufóricos (el poema
sobre la adolescencia) y en De la vigilia estéril (1950) podemos
encontrar esa habilidad para el rotundo y desolador epitafio existencial (Origen será el primero de tantos
posteriores como Retorno) o para una
melancolía amorosa más tenue (Distancia
del amigo). Dentro de lo poco que deja entrever una antología tan escasa
como la presente, su producción de los años 50 (libros como El rescate del
mundo o Poemas 1953-1955) resulta un tanto apagada, pero a partir de
Al pie de la letra (1959) recobra su mejor tono en poemas de cierto
aliento metafísico: Diálogo del sabio y
su discípulo, que previene sobre los peligros del “yo” (al contrario de lo
que parece transmitir en Piedra,
donde la mirada individual se convierte en elemento redentor) para cantar el
encuentro con los demás pese una conversión del mismo en sufrimiento que se
corrobora en El otro. En Lívida
luz (1960) manda el desgarro narrado con la citada concisión epigramática (El día inútil) o una entrega
desconsolada a la imposibilidad de amar (El
despojo, el impresionante Jornada de
la soltera) que aspira a desdecirse con rabia en poemas como Presencia. Materia memorable
(1969),se puede considerar en buena medida un libro de transición hacia una renovación
de su lírica que no era necesaria puesto que no daba síntomas de agotamiento
pero que no deja de antojarse valiosa y sugestiva: poemas sorprendentes
inspirados en elementos de la cotidianidad (Sobremesa,
Nota roja o El recital, que funde
la ironía sobre el mundo poético con versos más perturbadores sobre la
incapacidad de comunicarse a causa de la alienación) abren el camino a lo que
confirma En la tierra de en medio (1969): un acercamiento de la palabra
a registros más coloquiales, a un prosaísmo sabio y elaborado y un dominio de
la ironía y el sentido del humor que, por no prescindir de la calidad formal
anteriormente mostrada, la pone a la altura de los mejores logros de la
generación prodigiosa de Sabines, Pacheco o Lizalde. Junto a algunas de las
mejores muescas de su drama amoroso (Elegía,
Desamor), Autorretrato, por
inteligencia incisiva y talento para la desmitificación personal pasa a
formar parte de los mejores logros de este peculiar género (o subgénero, si así
quiere) poético y aún tiene tiempo de “escandalizar” a las mentes pacatas
desvirtuando los tópicos de la maternidad como consumación femenina (Se habla de Gabriel, que bien podría ser
el “anti-poema” dedicado al hijo) o los tópicos de una educación basada en una
mitificación del orden y racionalidad que desbaratan los traumas íntimos (Economía doméstica) o una bondad mal
entendida que crea remordimiento por degenerar en falta de identidad propia y
coraje para enfrentarse a la injusticia que no puede sino devenir en un
estoicismo derrotado como única salida (los
buenos no son inquisitivos… nos recuerda en el extraordinario Lecciones de cosas), amén de
desengañarse del poder redentor de la escritura (Entrevista de prensa) porque la
palabra tiene una virtud:/si es exacta es letal/como lo es un guante envenenado.
Una senda similar, en tono y logros, siguen los últimos poemas de la autora,
integrantes no ya de títulos individuales sino de compilaciones como Poesía
no eres tú (1972) en textos como Mutilaciones, Pasaporte (otro logro pleno de su capacidad
para la autoironía) Meditación en el
umbral, deliciosa reflexión sobre la necesidad de realizarse al margen de
las actitudes marcadas por los grandes referentes, ficticios o reales, de la
literatura femenina o Kinsey report
que alude al potencial transgresor de las encuestas del famoso experto en
sexualidad aportando brutales testimonios de mujeres tan dispares como
adolescentes idealistas, lesbianas, casadas insatisfechas o solteras entregadas
al desenfreno o el encierro virginal. En fin, de cabeza al Olimpo de mis diosas
poéticas, bien cerquita de Emily Dickinson o Wislawa Szymborska (con la que la
unen tantas cosas, especialmente en sus últimos poemas) y en marcha una
recogida de firmas acuciante para exigir unas obras completas, otra de las
renuncias que nos ha impuesto el enanismo cultural patrio.
XAVIER VILLAURRUTIA: "Obra poética"
Cumbre del mito literario forjado en torno a la revista Contemporáneos e incluso quizá de toda
la poesía mexicana del S.XX (aquí sí que habría mucho, pero mucho que discutir…
por Dios que no se me enfaden ni mi
Jaime Sabines ni mi Rosario Castellanos) , Villaurrutia es uno de esos poetas
de obra desgraciadamente breve pero impecable, regida por un sentido de la
exigencia y la ética artística que imponía una lenta y tortuosa maduración de
los versos hasta cristalizarlos en obras impecables y con una personalidad que,
como añadido anecdótico, pero que es indudable que no deja de influir en la
recepción de la posteridad de su autor, presentaba todos los ingredientes
idóneos para convertirlo en carne de leyenda, ya incluso en vida: una
personalidad enigmática (no en vano, es esencial en él el tema de la identidad,
o más bien de la carencia de la misma) sombría, antagóncia entre una “tristeza
estática” y una notable capacidad de acción (la intensidad de su dedicación a
las tertulias, las conferencias, la crítica literaria, el mundo del teatro y en
sus últimos años también al cine que abordó no sólo como autor sino como
promotor en sentido amplio), atacada una hiperestesia y una melancolía
inseparables del trauma de su homosexualidad, que Villaurrutia iría poco a poco
asumiendo (desde la rotunda negación en los poemas amorosos de sus primeros
libros) hasta una actitud que no cabe calificar de “desafiante” pero sí de
obviamente valiente para su época (gracias a la influencia de compañeros de
viaje más audaces y concienciados en ese sentido, especialmente Gilberto Novo,
amigo de por vida y con el que incluso compartió paso en uno de los “ghettos”
gays de la ciudad de México) hasta
culminar en una muerte enigmática y prematura que cada vez más biógrafos y
estudiosos de su obra atribuyen a un suicidio más que al vago “ataque al
corazón” con que siempre se explicó. Villaurrutia creció como escritor en un
contexto histórico y cultural convulso en que la literatura mexicana intenta
sacudirse no ya los lastres de un Modernismo caído en la reiteración y el
tópico (aún patente en los primeros versos del poeta recogidos en esta
antología, carentes de su intensidad emocional y su originalidad pero con una
factura lingüística que no puede hacer sino adivinar a un poeta grande a poca
intuición literaria que se tenga) sino en la “tiranía” impuesta por superadores
de esa propia estética (el caso más significativo es el del “torcedor de cuellos
de cisne” Enrique González, para Villaurrutia y otros poetas del grupo excesivamente presente como “gurú” de los
nuevos rumbos por los que debía caminar la poesía mexicana moderna) y en la que
los Contemporáneos, tras pasar por la tentación de convertirse en “líricos
oficialistas” (Villaurrutia, a instancias del lírico más orientado a la vida
pública del grupo, Torres Bodet y de figuras de generaciones anteriores como
Henríquez Ureña, participó en los proyectos de regeneración y modernización de la cultura de su país, a
la búsqueda de una definición de su identidad frente a su consideración de “auxiliar”
de la europea y española ,que propulsaron políticos como Vasconcelos) sufrieron
todo tipo de menosprecios (incluso en España, donde sus poemarios o textos
sueltos aparecidos en revistas cosecharon una fría indiferencia) por practicar
una poesía supuestamente europeizante y desligada de la tradición autóctona
(complejo nacionalista que, como veremos, es en Villaurrutia una rotunda
mentira), “afeminada” (no comments…) y carente del compromiso social y político
que se exigía desde estéticas tan dispares como los pintares muralistas
encabezados por Diego Rivera o algunas incipientes vanguardias como el
Estridentismo.
Entrando ya en materia lírica, la poesía de Villaurrutia se
nos presenta ya casi de cuerpo entero, tras esbozos iniciales publicados en
revistas escritos desde la adolescencia a los veintipocos años, en el admirable
Reflejos (1926), que dedicó al poeta Enrique Díez Canedo. El poema
inicial y titular, “Reflejos” y el inmediatamente posterior, “Sueño”, ya marcan
el tono con su aspiración a una salvación amorosa que se revela fatalmente
imposible o solo asequible por medio del sueño y un lenguaje depurado que
combina lo mejor de la esencialidad juanrramoniana con toques de irracionalidad
que preludian la posterior influencia del Surrealismo (su influencia
vanguardista más reconocible, junto a cierta tendencia al juego léxico heredada
de la orientación lúdica de muchos de estos movimientos) y cuya orientación, en
contra de lo que muchas veces se ha dicho de su autor, no es exclusivamente
trágica sino aplicable al deslumbramiento que sugiere la naturaleza (como
atestiguan los poemas “Aire” o “Incolor”). Emocionan en el joven autor su
capacidad para proyectar estados de ánimo de tristeza crónica o de delirante
imaginación sobre referentes artísticos (“Soledad”, “Cuadro”) o elementos de la
cotidianidad (“Puzzle”, “Fonógrafos”, “Azoteas”, “Cinematógrafos”) y de crear
atmósferas, a menudo inspiradas en la vida rural de sus primeros años de vida
entre la pequeña burguesía culta y acomodada que le proporcionó todo tipo de
estímulos artísticos, ya sutilmente decadentes (“Pueblo”), de una tristeza
traspasada de un misterio en que parece superarse dicha melancolía (“Amplificaciones”
o como una la fuga mística con la
naturaleza como agente de enajenación
salvadora (“Domingo”). Igualmente reseñables son las primeras aproximaciones
hacia al estética del “nocturno” que tocará techo en su siguiente libro (“Noche”)
o los breves apuntes de “Suite del isomnio”, de una precisión lírica y una
condensación del ingenio dignas de las mejores greguerías de Gómez de la Serna.
Y esto, que ya es mucho, parece nada ante el imbatible Nostalgia
de la muerte (1946), su obra maestra y uno de los pocos libros (junto a los
mejores de Neruda, Vallejo, Lorca o Juan Ramón) que se antojan tienen una
vigencia indefinida en la tradición lírica hispánica y un papel referencial que
parece creado a propósito para acoger el concepto de “clásico”. Su primera
mitad, los memorables “Nocturnos”, culminan una tradición primero romántica y
musical y luego también modernista y literaria cuya recepción profundamente
original por parte del poeta consiste en la integración de los referentes más
predecibles (Novalis, Baudelaire) con otros resultado de la impronta de la
literatura autóctona (López Velarde, en cuya poesía cifraba Villaurrutia el
camino a seguir para la superación de la estética modernista y la configuración
de una poesía mexicana moderna y, más atrás en el tiempo, Sor Juana, toda ella
como figura pionera en quien el autor encontraba además las afinidades
dramáticas de la represión sexual y la incomprensión por parte de un entorno
cultural reaccionario, pero especialmente su “Primero sueño” de mayor densidad
intelectual pero de una cualidad atmósferica poco menos que gemela de los mejores
poemas de Villaurrutia) que además echan por tierra las malintencionadas
(deliberadamente mentirosas) tesis sobre el carácter extranjerizante de la
poesía de su autor que se difundieron en su momento. Frente al citado “nocturno”
romántico o modernista el de Villaurrutia, y ya desde un primer
texto-manifiesto que no podía sino titularse así, se antoja más trágico, más proclive a la
perturbación a través de una densidad melancólica en la que agobian la soledad,
la imposición del terror, su clásico
sentido de la desnortación existencial y la carencia de identidad y la
premonición obsesiva de la muerte, frente a la tendencia a complementar la
noche con matices más estimulantes en su aproximación a lo misterioso y
enigmático o a lo carnal en su papel de ambientación prototípica para las
relaciones eróticas. Todos los textos son impecables y al lector sólo le queda
citar sus favoritos: los míos son “Nocturno en que nada se oye”, radiante en su
antítesis entre el silencio y la sutil vida amortiguada (que se antoja tan
angustiosa) de los sonidos acallados en la noche, “Nocturno en que habla la
muerte”, quizá el más “asequible” por una aproximación al lenguaje coloquial
(aunque en realidad es su estilo un coloquialismo lírica y sobriamente
elaborado) que no es muy frecuente en
Villaurrutia y una de las personificaciones de la muerte más inquietantes de la
literatura moderna, “Nocturno de los ángeles”, ligado a la exaltación vitalista
y sexual ( locales de jazz, vida nocturna y locales de ambiente) de su estancia en Carolina del Norte, amén de a la
influencia de autores explícitamente homoeróticos como Luis Cernuda (“los
marineros son las alas del amor”… imagen que encantaba al mexicano y que
aparece en uno de sus dibujos que incluye esta edición… precisamente en la
portada o Cocteau) pero que se antoja
igualmente inquietante en la asociación del ángel no a la redención espiritual
sino a la misma ansiedad carnal impotente de cualquier hombre común (personalmente,
creo que hay mucho más Alberti de “Sobre los ángeles” que Luis Cernuda aquí…), “Nocturno
rosa”, inseparable en la memoria del poema de Borges a este símbolo poético
universal en “Fervor de Buenos Aires”, en el que juega a desustanciarlo de sus atribuciones
tópicas (inocencia, belleza, intensidad pasional) para contaminarla de la
turbiedad de su mundo, “Nocturno mar”, necesaria y parangonable en altura
literaria vuelta de tuerca a los poemas del mar trascendentalizado del Juan
Ramón del “Diario…” (libro y autor esenciales para el mexicano) y el “Nocturno
de la alcoba”, culmen de una encarnación de la muerte en la cotidianidad tan
perfecta que queda abolida cualquier posibilidad de salvación. La última parte,
“Nostalgias”, añade poemas escritos casi en su totalidad durante la estancia en
Estados Unidos, vivencia bipolar donde se alternaron la citada intensidad
vitalista y una caída en la gris cotidianidad (especialmente en la conservadora
y tediosa New Haven) que icentivó su permanente predisposición a la “bilis
negra” con que lo caracterizaba Octavio Paz, entre los que destacan los
asociados a la nieve (“Nostalgia de la nieve”, “Cementerio en la nieve”), símbolo
que le permite tanto la imposición trágica de la muerte como una sutil apertura
a la esperanza a partir de la sugestión creadas por la belleza y el incentivo
del enigma, o los breves apuntes, más próximos a una estética prototípciamente
americana en su escenografía de “realismo sucio” (hoteles de solitarios,
hospitales, salas de espera) o la aparición de problemáticas sociales y
políticas (el tema del racismo) de “North Carolina Blues”.
Tras esta auténtica animalada, el último libro publicado en
vida por Villaurrutia es poco más que una breve “plaquette” de título sorprendente: Canto a la
primavera y otros poemas (1948), ya admirable si lo consideramos simplemente
un ejercicio formal ,un “juego” de asimilación de las influencias castellanas
clásicas del lenguaje y la métrica barrocas (si a estas alturas alguien sigue
defendiendo que Villaurrutia ignoraba o despreciaba la tradición es que tiene
el encefalograma en estado comatoso), por la perfección de sus sonetos (algunos
“canónicos” y otros con fórmulas rítimicas más peculiares), décimas,
madrigales, estancias… ya presentes, aunque es difícil reparar en ello entre el
deslumbramiento de tantas otras cosas, en el libro anterior (sus “nocturnos”
presentan una gran heterogeneidad de planteamientos métricos y el libro se
remata con una “Décima muerte”, de tono muy similar al de los textos de esta
última obra). Frente a la tendencia, quizá inducida por el título y el poema
que lo inspira (que no creo de los mejores de su autor, aunque sería sádico, a
la vez que imposible, plantearle algún
reproche que no fuera puramente subjetivo) a considerarlo un libro de corte más
optimista y vital, creo que los poemas amorosos que incluye son otra incidencia
en la ansiedad depresiva de su mundo poético, un, no creo que sea correcto
hablar de “reciclaje” o “adaptación” (¿de verdad que el amor no es una experiencia
desasosegante incluso en sus momentos de triunfo?) del tema lírico por
excelencia a las incertidumbres sobre la imposibilidad de la comunicación
(inseparable del veto de silencio impuesto a la homosexualidad) , hasta el
punto de fabular con la negación de su posibilidad de ser palabra(Dichoso amor el nuestro, que nada y nadie
nombra;/prisionero olvidado, sin luz y sin testigo./Amor secreto que cnvierte
en miel la sombra,/como la florescencia en la cárcel del higo sentencia el
implacable “Madrigal sombrío”) la insatisfacción perenne y la difuminación de
los perfiles de la identidad, tanto la propia como la del ser amado en un
puñado de poemas memorables como “Soneto de la granada”, “Soneto de la
esperanza”, “Décimas” o “Nuestro amor”.
Aún puede el lector, después de este
libro que deja un sabor ingrato de aperitivo de otro banquete que nunca llegó,
consolarse con unos cuantos poemas inéditos, parte de un hipotético poemario
futuro , como una manifestación de vocación poética tan encendida como
angustiosa en su carácter inasible (“Poesía”), unos incisivos “Epigramas de
Boston” en los que asoma una vena de sátira literaria y social (con el tema,
tan íntimamente significativo, de la hipocresía sexual) que creó no practicó
todo lo que debiera, un “Cuando la tarde…” que se antoja imprescindible en la
elaboración climática de lo vespertino como introducción al mundo poético proyectado
en la noche, nuevas incidencias en imaginerías propias sobre las obsesiones de
la incomunicación (“Estatua”)algunos sonetos perfectos (“Mar”, “Soneto del
temor a Dios”, insólita rendición a la necesidad de una salvación de una
intensidad que parece salida de la boca del joven San Agustín anhelando el
perdón) y un “Volver”… que cierta leyenda considera sus “días azules y sol de
infancia”, como líneas encontradas en sus ropas de difunto… la verdad es que
bien podría haber sido compuesto con vocación de epitafio. Ahí lo dejo, como la
enésima muestra de lo que es capaz este genio rotundo de la poesía en nuestro
idioma: Volver a una patria
lejana,/volver a una patria olvidada,/oscuramente deformada,/por el destierro
en esta tierra./¡Salir del aire que me encierra¡/Y anclar otra vez en la
nada./La noche es mi madre y mi hermana,/la nada es mi patria lejana/la nada
llena de silencio,/la nada llena de vacío,/la nada sin tiempo ni frío,/ la nada
en que no pasa nada.
ELIZABETH BOWEN: "La muerte del corazón"
Acierta Impedimenta de pleno (además de en la publicación y
el rescate de esta autora para la lengua castellana, otro hito de un catálogo que
hace mucho tiempo que se ganó el nombre de mítico) en la caracterización del
estilo de la novelista inglesa Elizabeth Bowen como un puente de comunicación
entre Virginia Woolf y Muriel Spark (se cita también a Iris Murdoch, pero al no
haberla leído me ahorro el correspondiente cotejo):su estilo, aunque limpio y
con el don de la esencialidad, resulta denso, predispuesto a la digresión
ensayística (una vena que está sembrada de logros), equidistante entre el
hermetismo experimental de la de Bloomsbury y el frecuente coloquialismo
humorístico e irónico de la otra. Pero no hay lugar para el humor en una novela
como esta: La muerte del corazón (reconocida por la revista Times entre
las cien mejores novelas del siglo) abruma con un catálogo de personajes
derruidos por la soledad (especialmente conmovedor el caso del coronel Brutt,
de vuelta de la guerra sin futuro sentimental, ni laboral, ni lugar alguno en
el mundo, buscando asideros en el recuerdo de la felicidad de los demás (la
antigua relación de Anna con su mejor amigo, desaparecido sin dejar rastro) o
en la protección melancólica y no sabemos hasta qué punto inocente que ejerce
sobre Portia mediante los puzzles que le envía)o, peor incluso, por los efectos
de una virtud que se desustancia al ejercerse por encima de la piedad: como la
que ejerce la señora Queyne que, en cumplimiento de los preceptos de la más
rígida moralidad e insensible a la debilidad y el perdón (“Ella no quería hacer
el bien; quería hacer lo correcto”, sentencia Matchett, la criada, con su
extraordinaria lucidez, que la convierte en el único soporte de la protagonista ante la
tibieza del afecto de su propio hermano), expulsa a su marido de casa y le hace
casarse con la mujer a la que había dejado embarazada, y posteriormente sufre
Portia, la hija de ese pecado, que, sola en el mundo tras la muerte de sus
padres, es conducida a casa de Thomas, su hermanastro, donde languidece por
efecto del cariño convencional y frío
ejercido por Anna, la esnob de clase alta con la que ha contraído matrimonio,
que la somete a una rutina castrante (la formación de la “señorita inglesa” que
con tan despiadada inteligencia sabía denunciar la citada Muriel Spark) y está
siempre en busca de pretextos para justificar su desafecto como una supuesta
correspondencia del de la otra (sobre todo cuando su nula inteligencia le
impida entender los diarios de Portia y tomarse su tristeza como un agravio
personal), una esterilidad emocional que la aboca a enamorarse de Eddie, joven
cuyo perfil psicológico se antoja similar al de un Truman Capote sin talento,
reducido a las miserias de su carácter ( de orígenes humildes, visceral e impulsivo,
convertido en juguete para la diversión de aristócratas y burgueses frívolos a
los que íntimamente odia (y sobre los que ha escrito una venenosa sátira en
forma de novela, como hizo el propio Capote en aquel texto que labró su
desgracia y que nunca llegamos a leer) y de una desorientación vital absoluta)
que, pese a confesarse enamorado, rendido por la juventud y la inocencia de
Portia, mantiene una relación llena de ambigüedades y equívocos con su cuñada,
de una protección más guiada por la vanidad que el afecto y entreverada de
desprecio, cuya auténtica naturaleza nunca se nos acaba de revelar aunque sí se
sugiere de forma lo bastante sutil como para que siga resultando indefinida.
Desde este planteamiento ya perturbador, la novela se va convirtiendo en una
fábula atroz sobre la destrucción de la inocencia, en la que juega un papel
decisivo el desengaño sobre la falacia que supone la palabra (decisiva en el
proyecto de redención personal de Portia, por medio de sus diarios, que se
convierten en punto esencial de su derrota final cuando el fatuo (pero a ratos
también honesto y lúcido, como demuestra la reflexión que transcribo a
continuación) Saint Quentin, novelista amigo de Anna, le confiese que esta los
espía y lee a escondidas) como
depositaria de las emociones y la memoria (“ Lo que escribo en ellos nunca ha ocurrido. Podría haber ocurrido, es
cierto, pero en verdad no sucedió. Y, aunque lo que se siente en ellos es
plausible (y es, en el fondo, mucho más plausible de lo que imagina la gente),
también bastante improbable. Por lo tanto, es un juego al que yo me consagro. Y
nunca escribiría acerca de algo que ha sucedido de verdad. Nuestra naturaleza
es olvidar, y uno debe cumplirla. La memoria es bastante insoportable, pero,
así y todo, desecha bastantes cosas. Nos defraudaría si no fuera, en cierta
medida, una farsa: recordamos para hacer con ello lo que queremos. En serio,
Portia, debes creerme: si no nos permitiéramos unas pocas mentiras, no sé cómo soportaríamos el pasado) y que tiene
un paso decisivo en la estancia veraniega de Portia en casa de la señora
Heccomb, antigua aya de Anna que la acoge durante el tiempo en que ella y
Thomas tengan que ausentarse por un viaje en el que intentan reflotar su ya maltrecha
intimidad, donde choca de nuevo con la aridez emocional que representan sus
hijos, Daphne y Dickie y va asistiendo al hundimiento del idealismo amoroso al
que había fiado su salvación en los cínicos coqueteos eróticos que entabla
Eddie con la joven y culmina en el
clímax de desolación de las páginas finales en las que Portia, ya en el extremo
de su vulnerabilidad y completamente desencantada, huye de casa en busca de la
protección del coronel, al que llega a proponer le uno de esos matrimonios
concertados para compartir la indefensión y no la vida, estado en que ni
siquiera logra conmover a su única familia, como revela el hecho de que Thomas
y Anna no vayan a buscarla en persona, sino que envíen a Matchett para
preservar su ridículo orgullo y su derecho a sentirse ofendidos; uno de los
finales más angustiosamente abiertos que nunca haya leído en una novela, de
esos que abruman con el acecho de una perpetuidad del dolor del protagonista
que no es sino la manifestación de la propia condición perenne del nuestro.
JAIME DE ARMIÑÁN: "La señorita/Mi querida señorita/El nido
Mi deuda pendiente con Jaime de Armiñán, uno de los nombres
más versátiles de la difícil cultura española de la posguerra (dramaturgo,
novelista, cineasta, articulista… y aún en activo, si bien al parecer no en su
mejor forma, a pesar de la ya provecta edad) iba mucho más allá de lo literario
o lo cinematográfico para entrar ya en el campo de los frikismos y las
gratitudes personales: ya sabemos, cuñado de Carmen Santonja… y promotor de las
Vainica Doble en una época, en realidad cualquier época, en que eran todavía
contempladas como “rara avis” dentro de un panorama artístico con mira estrecha
para las propuestas críticas y verdaderamente innovadoras. Tras La señorita,
impecable pieza breve en la que apenas un par de escenas de diálogo sencillas
bastan para desnudar con virulencia ese tipo de falsa caridad aristocrática que
no busca sino el alimento de la vanidad propia, nos espera otra señorita, la
Amparo- Juan de Mi querida señorita que López Vázquez bordó en
escena, que no podemos sino calificar de
mítica, que traspasó nuestras fronteras y fascinó a George Cukor o Billy Wilder
y queda como una de las apuestas más valientes de toda la literatura de
posguerra, con la aportación del talento y la valentía crítica de un tal Rafael
Azcona. Sólo el edulcorado final (que no resulta apropiado por feliz sino por
inverosímil) empaña una pieza que conmueve en su retrato de los desequilibrios
anímicos ocasionados por la represión (la homosexualidad de Adela, sumada a los
celos, la lleva a forjar una
personalidad castrante y malhumorada que determina que su enamorada, la joven
criada Isabelita, tenga que abandonar su casa)y directamente perturba en su
lucidez para mostrar como una religión y una ciencia médica que de puro atrasado recala en la superstición de
la anterior se confabulan para crear en la protagonista una crisis de identidad
sexual en plena madurez cuyo alcance dramático se sugiere en detalles, tan
paradójicos como dolorosos, como el de
que Adela (ahora transmutada en Juan) tenga que recurrir a roles de su ser
femenino para asegurarse su supervivencia (coser vestidos a máquina ante la
imposibilidad de encontrar salidas laborales “masculinas”) antes de ser
expulsado de la pensión en que vive por los prejuicios de rancia moral sexual…
e iniciar un camino de descubrimiento personal y lucha por sus convicciones
sentimentales tras reencontrarse de forma fortuita con Isabel, camarera de un
local madrileño, que, como hemos comentado, culmina quizá de manera demasiado
idílica. Si no como película (aunque el film protagonizado por Ana Torrent y
Héctor Alterio tiene sus defensores y supuso la segunda nominación al Óscar de
su director, aunque con una repercusión menor en el Hollywood estelar), al
menos como literatura, El nido compite y en mi opinión supera a la
anterior. No creo que haya “peros” posibles: los personajes están perfectamente
trazados, tanto ese Don Alejandro
conducido a una pederastia que se ha fundamentado tan bien en su soledad y la
evidencia de su vacío existencial que deja al lector sin posibilidad de juicio
moral, como la joven Goyita, síntesis de inocencia y perversión que la podría
convertir en heroína de la mejor literatura erótica de un Vargas Llosa,
manipuladora y verdugo de la relación desde su aparente posición de fragilidad
pero que no es sino otra luchadora por la supervivencia con recursos totalmente
autónomos (el amor, la fascinación por la naturaleza, pasión que determina la
escala final de la atrocidad hasta el asesinato) dentro de los límites de una
sociedad castrante que tiene en la vida de cuartel una de sus mejores metáforas
posibles; e incluso los secundarios como la maestra, Concha, entregada al afán
de protección para huir de su desolación íntima o el sacerdote Eladio, en cuya
relación con el protagonista clava el autor una de esas relaciones de afecto
fundadas en una distancia irónica permanente. Sin renunciar a ciertas
concesiones sentimentales (la escena final de Goyita ya adulta, a la par
arrepentida y orgullosa de esa relación enfermiza, ante la tumba del
protagonista), la conclusión aquí sí resulta acertada y perfectamente coherente
en su “in crescendo” de delirio en que Alejandro pasa de la destrucción de
todos los rastros de su pasado sentimental (el ataque a la memoria de la mujer
de la que enviudó, obsesión de la niña desde el comienzo) al intento de
asesinato de uno de los sargentos de la casa cuartel al que odia Goyita en una
escena de impecable sainete tragicómico (la escena risible del intento de
asesinato con las balas de fogueo frente al escalofrío de la muerte real de
Alejandro). Para otra ocasión (y la habrá, seguro) queda la obra, primer éxito
teatral de un todavía muy joven Armiñán, que se incluye en esta edición de
Cátedra, hecha con mimo y generosa documentación por Catalina Buezo (y que
tiene el mérito añadido de la reivindicación del guión cinematográfico como
género literario de pleno derecho), Eva sin manzana. En fin, otro lastre
menos en la conciencia que celebraría si no me quedaran tantas agravios y, me
temo, tan poca vida (aunque el tiempo fuera generoso conmigo) para deshacerlos.