Hay libros que, a cambio del placer de hacerse con ellos y
leerlos, te arrebatan un sueño. Me pasó con Edgar Lee Masters, cuando me privó
de manera tan brillante de aquel proyecto poético adolescente de hilvanar un
poemario en torno a las voces que monologaban obsesivamente desde su tumba en
el cementerio, y ahora con José Madrid, que pone punto y final a mi antigua
ambición de pedir una excedencia o aprovechar una baja indefinida por
enfermedad para escribir una biografía de Cecilia, una de las muchas cuentas
pendientes que tenía nuestra cultura con figuras mal o parcialmente conocidas,
de una percepción lastrada por infinidad de tópicos, pero esenciales para comprender
el mundo en que vivimos. Al menos el mío (no otros tantos que espero aparezcan
después con el estímulo de este firmado por un joven periodista granadino) ya
sobra: el de José Madrid está perfectamente documentado (incluye fotografías,
fragmentos de declaraciones y cartas personales tanto de la artista como de su
entorno laboral y personal, un buen puñado de anécdotas que se mueven entre la
conmoción (el hecho de que Luis Gómez Escolar, novio de “Eva” aparte de músico
esencial de los años de la transición, se enterara de su fallecimiento por un
comentario “moralista” de un taxista de Madrid) y lo entrañable (el origen de
la célebre “Un ramito de violetas” en los ramos de flores que Evangelina y sus
hermanos cogían animados por el diplomático José Ramón Sobredo, romántico
empedernido, para regalárselos a su madre), realiza un certero trazado
biográfico incidiendo en su infancia cosmopolita (Estados Unidos y Jordania
fueron las estancias que más la marcaron, de donde proceden constantes de su
obra como la filiación con la canción de autor femenina norteamericana (frente
a la relevancia de los modelos franceses en autores como Serrat, Aute o Mari
Trini, siempre se consideró a Cecilia en una línea más próxima a Melanie, Joni
Mitchell, Judy Collins, Janis Ian o Carole King, por citar algunos nombres representativos)
y un espíritu crítico contra el militarismo que encajaba perfectamente con su
progresivo interés por la historia y la cultura españolas) o la impronta de sus
primeros pinitos artísticos en el grupo de aires psicodélicos Expresión (aunque
todos sus integrantes renegaran de esta experiencia, temas como “Try catch the
sun” no están tan lejos de las mejores composiciones de Jefferson Airplane y
grupos similares) y los recitales y, en general, la inmersión cultural con unos
escasos veinte años de que disfrutó junto al artista y estudioso Joaquín Díaz,
una relación que se acabó a medida que ambos se veían incapaces de controlar la
implicación emocional que se abría paso entre las inquietudes compartidas e
incluso el título es más certero y afinado que el “Me quedaré soltera: Cecilia”
que yo había fabulado. “Equilibrista” no es sólo una de sus mejores canciones
(los guiños irónicos de la letra, esos arreglos deliciosamente marcianos y adelantados
a su tiempo) sino una definición precisa de la propia condición existencial de
Evangelina Sobredo, siempre jugando al funambulismo entre su apertura mental
(perceptible no sólo en sus ideas sino, por ejemplo, en lo desconcertante que
resultaba su atrevida forma de hablar o de vestirse o en su propio conflicto
interior entre su vocación juglaresca y la necesidad de cumplir las
expectativas de sus padres como “niña estudiosa de alguna carrera”, tal y como
afirma en la canción) y la persistencia atávica del conservadurismo en las
postrimerías de la dictadura o su
singularidad artística, poco sensible a las servidumbres del dinero y la popularidad, frente a los
intentos de las multinacionales discográficas por adocenarla y convertirla en
una figura más próxima a la música comercial que triunfaba en las listas de
éxitos. En el plano de la estricta crítica musical, Madrid sabe que, frente al
ruido mediático que despertaron canciones clásicas como Dama, dama, Un ramito de
violetas o Mi querida España
(estupendos temas, especialmente los dos primeras, aunque a Mi querida España hay que reivindicarla…aunque
sólo sea porque le ha pasado lo mismo que al Born in the Usa de Springsteen, una canción de claro espíritu
crítico convertido en himno patriotero (no en vano, Cecilia recibió abucheos e
incluso huevos en el escenario por atreverse a cantarla en Mondragón en una
fecha tan delicada como el año 1975) por mentes tan estúpidas como
malintencionadas) la auténtica esencia de Cecilia está en lo más desconocido,
ese disco extraordinario al que la sentencia de obra maestra por parte de
reconocidos expertos y su influencia sobre buena parte del mejor pop
independiente hecho por estas tierras a partir de los ochenta no le ha bastado
para que a día de hoy siga sin tener una edición en CD (vergüenza que no se da
ni en el caso de unas artistas tan negadas del fervor del público y de la
industria del disco como Vainica Doble): Cecilia 2. Su techo creativo, el que
mejor ejemplifica el concepto de su música como un punto equidistante entre la
canción de autor serratiana y el minimalismo pop de muchos de sus devotos
posteriores (Berlanga, Le Mans) que aún está a la espera de una continuación a
su altura, el que incluye un buen puñado de sus mejores canciones (“Andar”, “Me
quedaré soltera”, “Si no fuera porque”, “Canción de amor”, “Cuando yo era
pequeña”, “Equilibrista” o “Con los ojos en paz”) y en el que, a pesar de que
perdiera unas cuantas batallas por la insurrección ante la todopoderosa CBS
(que se cargó de un plumazo tanto el “Me quedaré soltera” como título original
como las atrevidas fotografías de Pablo Pérez Mínguez en que se sugería un
embarazo que hacía una mezcla explosiva con la denominación del disco),
consiguió crear un auténtico caramelo envenenado, melodías de falsa inocencia y
orientación naif que súbitamente dejaban transparentar un mundo interior
marcado por la insatisfacción y el existencialismo más oscuro (“poetisa del
fatalismo”, la llamaba muy acertadamente Juan Manuel Freire en el número de
Rockdelux en que se reivindicaba este trabajo, que suponía en lo particular, una confesión letal; en lo general, un ataque frontal
a una España rancia, atrapada en un statu quo no apto para mentes con las
fronteras abiertas), con la ayuda de los magníficos arreglos musicales de
José Nieto y un entorno profesional que, ya que había lastrado buena parte del
potencial transgresor del disco, permitió a Cecilia gozar de una mayor
autonomía y capacidad de decisión, especialmente en composición de textos y
tratamiento musical de los mismos, del que había disfrutado en el previo y “teledirigido”
(y aún así tan delicioso como cualquiera de sus piezas, si atendemos a que es
el disco de “Dama, dama”, “Nada de nada” , “Al son del clarín “ (así que el
Juan del Rosal, el falso aristócrata enriquecido que da un braguetazo en la
canción era en realidad un profesor suyo en la facultad de Derecho…), “Fauna” o
“Mi gata Luna”, además de la mítica portada del guante de boxeo) “Cecilia” en 1972. ¿Cómo habría evolucionado
la carrera de esta artista de no cruzarse en su camino aquella carreta de
bueyes mal iluminada una noche de verano de 1976, en el pueblo zamorano de
Colinas de Trasmonte, donde hace unos años se le homenajeó y levantó una placa
en su memoria?. Creo que es fácil de adivinar: “Un ramito de violetas” (1975)
es un buen disco, de cuidado acabado formal, tanta en la composición de Cecilia
con en la labor arreglista de Juan Carlos Calderón, con otros tantos temas
antológicos (junto al titular y el “Mi querida España”, habría que reivindicar
imperiosamente el precioso “Esta tierra”, que la madre de la artista tenía por
uno de sus predilectos) pero que es evidente que representa ese tránsito desde
la canción del autor más o menos comprometida o el pop independiente (más
indigerible para los ansiosos de negocio en el mundo del disco) hacia una
música más melódica y edulcorada que tanto ambicionaba la CBS y que se hizo
explícita en su participación, de mala gana y prácticamente obligada por
imperativos de contrato, en el festival de la OTI (pese a cantar desmotivada y
con una de sus peores canciones, una balada un tanto plana cuya letra consiguió
adecentar en compañía de Gómez Escolar y otras personas de su círculo más
próximo, quedó en segundo lugar y probablemente habría ganado de no producirse
aquel problema en la emisión vía satélite que impidió a algunos países
contemplar su actuación y por tanto votarla) o el aire chirriantemente cursi de
los videoclips sobre sus canciones que se rodaron en el programa de promoción
de la misma (por desgracia, se han convertido en imágenes tópicamente asociadas
a su figura)… sin embargo, una rebelde innata (aunque nunca explícitamente
reconocida como tal, ni ante los demás ni ante sí misma) como Eva Sobredo tenía
ya previsto su próximo asalto en su pulso perpetuo por preservar su identidad:
un disco de canciones basadas en textos poéticos de Valle-Inclán, que nunca
llegaría a ver la luz más que de forma parcial (en realidad, solo “Doña
Estefaldina” ha aparecido de forma habitual en las sucesivas compilaciones
antológicas de su obra) a causa de su prematura muerte. Optar por un autor como
Valle-Inclán no es una opción cualquiera, supone hacerlo por un espíritu
lacerante hasta lo corrosivo y una tensión formalista del lenguaje que está a
los antípodas de lo digerible por magnates y público devoto de los productos de
las multinacionales… así que suponemos que el “equilibrismo” hubiese vuelto a
su punto inicial, después de que los gerifaltes se frotaran las manos
celebrando la domesticación de una artista tan reticente a dejarse encasillar.
Por desgracia, sólo nos quedó el silencio, algún apreciable rescate de material
inédito que sabe a poco (“Canciones inéditas”, integrado por “reconstrucciones”
orquestales de Juan Carlos Calderón a partir de una serie de maquetas básicas
grabadas en un magnetofón, de 1983 es un
disco notable e incluye algunos temas, como “El testamento”, cuya eliminación
de los discos oficiales parece inexplicable a causa de su calidad pero… ¿dónde
están esos temas valleinclanescos perdidos? ¿están perdidos de verdad o, como
reza una oscura leyenda, dormitan acumulando polvo en algún sórdido despacho de
la CBS?), una recepción póstuma de su delegado que, fatalmente, tenía que
alternar entre lo sublime y lo mediocre- oportunista (bien por Berlanga,
Fangoria, Manzanita o Amaral pero… ¿quién (cojones) permitió las versiones de
Mocedades, Rocío Dúrcal, Miguel Bosé (por más que tuviera derechos
sentimentales sobre la obra de su amiga Eva) o El Canto del Loco?)… y al menos
una docena larga de las mejores canciones de pop de autor que se hayan
realizado jamás en este país. Y ahora, por fin, una biografía, y excelente: se
la recomiendo.
ALFONSO BREZMES: "La noche tatuada"
Rotundamente lo afirmo: este
libro no sólo me gusta, sino que me resulta inverosímil pensar en algún lector
que lo pudiera recibir con hostilidad o siquiera con indiferencia, si atendemos
tan sólo al detalle de que está construido a base de paradojas, que sabe pulsar
como pocos ese placer malsano de nuestra condición antitética, que constituye
quizá la única de nuestras miserias que nos resistimos a aceptar como tal y que
estamos dispuestos no solo a no rechazar sino a alimentar decididamente. Antes de
intentar analizar las referidas al sentimiento amoroso o al propio símbolo
poético de la noche, que sustentan no solo la calidad del libro sino su
evidente originalidad respecto a los modelos de la literatura previa que
resultan más obvios para el lector,
habría que constatar las que conciernen a su propia construcción formal o la referencialidad
cultural que maneja. Un ejemplo claro: las continuas alusiones a la música que
puntean todo el itinerario noctámbulo de estos versos (Brezmes sabe que la noche
es música, y que tanto da que sea un blues arrabalero de motel de
carretera como la armonía divina de las
esferas que aseguraba escuchar Fray Luis). Tom Waits, Nick Cave, Patti Smith o
Amy Winehouse evocan al instante sentimientos turbios, gargantas aguardentosas,
querencias por la visceralidad y el regodeo en el drama existencial de los
desclasados, pero, sin renunciar a ese poso de “dirty realism”, parece claro
que la estética, aun involuntariamente lograda, del libro, es “pop”, en rasgos
como el gusto por la concisión, la esencialidad del lenguaje, el rechazo de la
aparatosidad retórica y, en general, la habilidad de sugerir una evidente
hondura a través de la ironía y una carencia de ambición que regala un
encantador aire de inconsciencia a sus mejores logros, epatando, en efecto, al
pop minimalista o naif de grupos como Young Marble Giants o la brillante huella
autóctona del llamado “sonido Donosti” (un poema como “Maneras de perder el
tiempo”, parece una canción de Le Mans: un listado de trivialidades de la
cotidianidad que, súbitamente, se desdice, se hace perturbador al revelar el
subtexto de desencanto que oculta).
Y por lo que se refiere a la noche, basta decir que esa imagen (que se nos antoja tan previsible, tan extenuada ya), sustenta por sí sola una de una de las mayores cualidades del poemario: el saber afirmarse en la encrucijada entre el peso de la tradición y la reinvención subjetiva de la misma. Estos versos profundizan en la filosofía romántica de la superioridad jerárquica de lo nocturno sobre la insustancialidad de la vida diurna, que quizá sigue teniendo en el “Canto a la noche II” de Novalis su manifiesto más elocuente y emocionante: frente a la evidencia de la mediocridad y el desencanto que acechan con la llegada del sol, la noche, por más que conserve sus connotaciones tópicas de ámbito tétrico, de infierno privado donde se extingue el amor y el deseo puede revelarse como agresión (“No leíste los cuentos”, “Tres deseos”) confirma su preeminencia en ser el reino de la posibilidad, de la fabulación hipotética de otra vida en condiciones de dignidad y libertad que la convierte en más paradójicamente real que lo propiamente vivo (“Lo real es aquí”, se sentencia en “Perdidos”). Entre los “dones” que apuntalan su sublimidad esencial, podemos citar su propia naturaleza de espacio de duermevela, de densa irrealidad en que las muescas del dolor se diluyen (“Para leer con blues de fondo”), el ser una coartada para lo erótico, deslizado con una humildad que apenas si se atreve a palpar con timidez la salvación en el deseo (“Amor y mitología”) y que resulta coherente con la lucidez sobre su cualidad fantasmagórica (“Lo que pasa”) o su provisionalidad (“La luna y el lago”) que se ha alumbrado, una revancha íntima contra la opresión burocrática o institucional (“Baja productividad”) o la simple discreción amiga a la que confiar ese pudor (o tal vez deberíamos decir vergüenza) que impone reconocer que no se es feliz (“El crimen”). Pero, con todo, la clave de la singularidad del libro no radica en esta reformulación de la aristocracia de espíritu de la noche, sino en un matiz que el que aquí escribe no recuerda haber leído, o al menos desarrollado.de manera tan explícita y rica en matices, ni el citado Novalis, ni en Villaurrutia, ni en San Juan de la Cruz ni en cualquier otro maestro del arte del “nocturno”: que la noche resulte tan manifiestamente atractiva respecto a la vida que persiste tras su extinción, no puede invitarnos a una enajenación en sus paraísos o una evasión que quisiéramos extender a perpetuidad, sus virtudes exigen (por más que sea inevitable la pataleta de resistencia que expresan textos como “La vida otra vez”) el requisito imprescindible de un retorno a la realidad en que habrá de verificarse la solidez de sus estrategias de consuelo; idea que se reitera en varios momentos del libro (“La pregunta”, “Los otros”), y especialmente en su tercera sección, “La vida otra vez” y que revela además que su título no sólo resulta válido en lo estético, sino técnicamente preciso, en cuanto que la noche no nos proporciona una “segunda piel”, un tiempo alternativo que superponer al que nos aboca a la humillación, sino tan sólo unos “tatuajes”, unas marcas que nos permiten transitar la autenticidad vital y regresar a la existencia mejor pertrechados para afrontar el pulso al desencanto en que se nos ha enquistado. Esta es la mayor y más emocionante paradoja de estos versos, una afirmación, hecha de mala gana pero no por ello menos firme, de la vida, a partir de la imagen tópica de su negación (la propia noche, claro) que resulta más conmovedora después de que se haya apuntado una lucidez sobre el regreso que supone afrontar el vértigo que impone la constatación de la irrealidad de toda esperanza (“Schezerade”). También lo sentimental aparece teñido de esta ambigüedad inquietante: el amor es ante todo perturbación, dolor consumado que obliga al autor a jugar a menospreciarlo o reducirlo a sus símbolos vencidos (“El amor”), relativizar su fracaso en la ironía o en una ficción en que el idealismo se ha contaminado de afán de venganza (“La cita”) o incluso fabular con su irrealidad redentora (“Ficciones”) pero a la vez persiste la conciencia de haber triunfado, que incita tanto a exhibirlo orgullosamente como una victoria de la resistencia ante el fracaso (“El secreto”) como a preservarlo como una confidencia íntima a causa de la conciencia de su fragilidad (“Nocturnidad y alevosía”).
¿”Grietas” en este libro? Sí, pero más debidas a lo que calla que a lo que afirma, al peso abrumador de cuanto se echa de menos en él : un mayor desarrollo de líneas poéticas sólo sutilmente apuntadas, como el uso del culturalismo con un valor paródico (muy pertinente, a este respecto, que el autor del prólogo sea precisamente Luis Alberto de Cuenca), capaz de hilvanar alegorías domésticas sobre el desamor o la incomunicación (“Vidas paralelas”, “Penélope”), el tema de la “alteridad” como una distancia para plantear conflictos personales que apuntan no tanto al cansancio de existir como al fastidio de autoconvencerse de que es un acto significativo además de inevitable (“Mi vida”)o una metapoesía a lo Pizarnik, sobre la palabra y su potencialidad para hacer cundir cuanto enuncia, pero sin su propensión dramática (para la argentina, decir “pan” o “agua” nos condenaban irremediablemente al hambre y la sed), creando un debate desprejuiciado sobre el tema (“Salvo ese nombre”), en el que, sin embargo, se sugiere la sospecha de una inanidad de todo acto lingüístico (“El cómplice”) que determina fatalmente que la pose y los gestos sean la única herencia corroborable de la literatura (“Los últimos días del poeta”). El sutil tratamiento de lo onírico en este sorprendente poemario puede inicialmente llamarnos a engaño, pero ojo, no hay aquí sueños visuales, sino la presencia constante y soterrada de ese mundo de lo inaprehensible “donde todo es posible, hasta nosotros mismos”, por más que la ironía que trufa muchos de los poemas logre poner distancia del drama: las cosas importantes suceden allí, ene se territorio del que regersamos al despertar, para reencontrarnos con esta vida gris en donde el recuerdo es la única herramienta eficaz contra el desconsuelo de lo perdido. “No se achique usted tanto, señor Rodríguez, agrada la modestia, pero no el propio menosprecio”, decía el profesor Mairena-Machado para reprender a un alumno que profesaba la humildad con frenesí patológico,….. sí, el Sr. Brezmes también se nos ha achicado hasta el límite del agravio, como si de un Robert Walser redivivo se tratara,..., pero aquí hay un gran libro, uno de esos a los que se puede perdonar el que se haya recortado él solo el vuelo, porque transparenta una heterodoxia de imaginación, de lúcida singularidad y rotundo oficio, en que la buena literatura por venir ya no puede ser sólo promesa sino profecía autocumplida."
Y por lo que se refiere a la noche, basta decir que esa imagen (que se nos antoja tan previsible, tan extenuada ya), sustenta por sí sola una de una de las mayores cualidades del poemario: el saber afirmarse en la encrucijada entre el peso de la tradición y la reinvención subjetiva de la misma. Estos versos profundizan en la filosofía romántica de la superioridad jerárquica de lo nocturno sobre la insustancialidad de la vida diurna, que quizá sigue teniendo en el “Canto a la noche II” de Novalis su manifiesto más elocuente y emocionante: frente a la evidencia de la mediocridad y el desencanto que acechan con la llegada del sol, la noche, por más que conserve sus connotaciones tópicas de ámbito tétrico, de infierno privado donde se extingue el amor y el deseo puede revelarse como agresión (“No leíste los cuentos”, “Tres deseos”) confirma su preeminencia en ser el reino de la posibilidad, de la fabulación hipotética de otra vida en condiciones de dignidad y libertad que la convierte en más paradójicamente real que lo propiamente vivo (“Lo real es aquí”, se sentencia en “Perdidos”). Entre los “dones” que apuntalan su sublimidad esencial, podemos citar su propia naturaleza de espacio de duermevela, de densa irrealidad en que las muescas del dolor se diluyen (“Para leer con blues de fondo”), el ser una coartada para lo erótico, deslizado con una humildad que apenas si se atreve a palpar con timidez la salvación en el deseo (“Amor y mitología”) y que resulta coherente con la lucidez sobre su cualidad fantasmagórica (“Lo que pasa”) o su provisionalidad (“La luna y el lago”) que se ha alumbrado, una revancha íntima contra la opresión burocrática o institucional (“Baja productividad”) o la simple discreción amiga a la que confiar ese pudor (o tal vez deberíamos decir vergüenza) que impone reconocer que no se es feliz (“El crimen”). Pero, con todo, la clave de la singularidad del libro no radica en esta reformulación de la aristocracia de espíritu de la noche, sino en un matiz que el que aquí escribe no recuerda haber leído, o al menos desarrollado.de manera tan explícita y rica en matices, ni el citado Novalis, ni en Villaurrutia, ni en San Juan de la Cruz ni en cualquier otro maestro del arte del “nocturno”: que la noche resulte tan manifiestamente atractiva respecto a la vida que persiste tras su extinción, no puede invitarnos a una enajenación en sus paraísos o una evasión que quisiéramos extender a perpetuidad, sus virtudes exigen (por más que sea inevitable la pataleta de resistencia que expresan textos como “La vida otra vez”) el requisito imprescindible de un retorno a la realidad en que habrá de verificarse la solidez de sus estrategias de consuelo; idea que se reitera en varios momentos del libro (“La pregunta”, “Los otros”), y especialmente en su tercera sección, “La vida otra vez” y que revela además que su título no sólo resulta válido en lo estético, sino técnicamente preciso, en cuanto que la noche no nos proporciona una “segunda piel”, un tiempo alternativo que superponer al que nos aboca a la humillación, sino tan sólo unos “tatuajes”, unas marcas que nos permiten transitar la autenticidad vital y regresar a la existencia mejor pertrechados para afrontar el pulso al desencanto en que se nos ha enquistado. Esta es la mayor y más emocionante paradoja de estos versos, una afirmación, hecha de mala gana pero no por ello menos firme, de la vida, a partir de la imagen tópica de su negación (la propia noche, claro) que resulta más conmovedora después de que se haya apuntado una lucidez sobre el regreso que supone afrontar el vértigo que impone la constatación de la irrealidad de toda esperanza (“Schezerade”). También lo sentimental aparece teñido de esta ambigüedad inquietante: el amor es ante todo perturbación, dolor consumado que obliga al autor a jugar a menospreciarlo o reducirlo a sus símbolos vencidos (“El amor”), relativizar su fracaso en la ironía o en una ficción en que el idealismo se ha contaminado de afán de venganza (“La cita”) o incluso fabular con su irrealidad redentora (“Ficciones”) pero a la vez persiste la conciencia de haber triunfado, que incita tanto a exhibirlo orgullosamente como una victoria de la resistencia ante el fracaso (“El secreto”) como a preservarlo como una confidencia íntima a causa de la conciencia de su fragilidad (“Nocturnidad y alevosía”).
¿”Grietas” en este libro? Sí, pero más debidas a lo que calla que a lo que afirma, al peso abrumador de cuanto se echa de menos en él : un mayor desarrollo de líneas poéticas sólo sutilmente apuntadas, como el uso del culturalismo con un valor paródico (muy pertinente, a este respecto, que el autor del prólogo sea precisamente Luis Alberto de Cuenca), capaz de hilvanar alegorías domésticas sobre el desamor o la incomunicación (“Vidas paralelas”, “Penélope”), el tema de la “alteridad” como una distancia para plantear conflictos personales que apuntan no tanto al cansancio de existir como al fastidio de autoconvencerse de que es un acto significativo además de inevitable (“Mi vida”)o una metapoesía a lo Pizarnik, sobre la palabra y su potencialidad para hacer cundir cuanto enuncia, pero sin su propensión dramática (para la argentina, decir “pan” o “agua” nos condenaban irremediablemente al hambre y la sed), creando un debate desprejuiciado sobre el tema (“Salvo ese nombre”), en el que, sin embargo, se sugiere la sospecha de una inanidad de todo acto lingüístico (“El cómplice”) que determina fatalmente que la pose y los gestos sean la única herencia corroborable de la literatura (“Los últimos días del poeta”). El sutil tratamiento de lo onírico en este sorprendente poemario puede inicialmente llamarnos a engaño, pero ojo, no hay aquí sueños visuales, sino la presencia constante y soterrada de ese mundo de lo inaprehensible “donde todo es posible, hasta nosotros mismos”, por más que la ironía que trufa muchos de los poemas logre poner distancia del drama: las cosas importantes suceden allí, ene se territorio del que regersamos al despertar, para reencontrarnos con esta vida gris en donde el recuerdo es la única herramienta eficaz contra el desconsuelo de lo perdido. “No se achique usted tanto, señor Rodríguez, agrada la modestia, pero no el propio menosprecio”, decía el profesor Mairena-Machado para reprender a un alumno que profesaba la humildad con frenesí patológico,….. sí, el Sr. Brezmes también se nos ha achicado hasta el límite del agravio, como si de un Robert Walser redivivo se tratara,..., pero aquí hay un gran libro, uno de esos a los que se puede perdonar el que se haya recortado él solo el vuelo, porque transparenta una heterodoxia de imaginación, de lúcida singularidad y rotundo oficio, en que la buena literatura por venir ya no puede ser sólo promesa sino profecía autocumplida."
(La presente reseña no hubiese sido posible sin la colaboración del autor del poemario, Alfonso Brezmes, que aportó precisiones y comentarios que permiten ahondar en sus costuras más íntimas. Gracias a él y al afecto que convierte la crítica en el género dialogal que nunca debería dejar de ser).
FERMÍN LÓPEZ COSTERO: "Memorial de las piedras"
Mi antecesor en
el premio Joaquín Benito de Lucas pone el listón muy por encima de mí y se
revela como otro nombre a seguir en la cantera, al parecer inagotable, de la
literatura leonesa (en buena medida, y aun siendo más joven, se le puede considerar
compañero de generación de Llamazares o Juan Carlos Mestre y no exclusivamente
por motivos cronológicos, sino por rasgos temáticos y estilísticos , como la
utilización del versículo con un innato dominio de las cláusulas rítmicas que
se sobrepone a la “música dispersa” a que parece prestarse fatalmente en manos
poco hábiles, que conformaron una estética inconfundible y tantas veces mal
imitada en la reciente poesía española). Parece increíble que este sea el libro
de un autor “primerizo” en la poesía (aunque bien experimentado ya en el
relato, el ensayo o la labor divulgativa sobre figuras de su entorno como Antonio
Pereira), supongo que es lo que tiene debutar ya en plena madurez humana y
creativa: el ahorrarse los poemas de juventud, que sólo sirven para pedir
perdón por ellos, y empezar con lo realmente sustancioso. Con su centro
inspirador en un entorno real, el monasterio de Carracedo (también escenografía
de algunos pasajes de “El señor de Bembibre” de Gil y Carrasco, quizá la mejor
novela histórica que produjo el Romanticismo español), antigua abadía primero
benedictina y posteriormente cisterciense del S.X, construido inicialmente para
dar a silo a monjes huidos de las incursiones militares de Almanzor y
posteriormente primer panteón real en España, de gran relevancia durante todo
el Medievo hasta su progresivo abandono y decadencia a partir del S.XIX tras
las desamortizaciones, López Costero utiliza la piedra, y por extensión la
ruina, símbolo romántico por excelencia, como referente poético central de
estos versos, con una multitud de enfoques que lo convierten en un motivo
ambivalente, que puede asociarse tanto a la vitalidad de la naturaleza y el
afán de comunicación humana (“Claustro regular”, “No están solas”, “Una piedra”)
como a la desolación , a veces una muerte “absoluta” que incita al regodeo
existencialista (“Solo las piedras”, Claustro de la hospedería”, “Melancolía”, “Sobrecogimiento”)
y otras veces una nada “amortiguada” que permite acceder a a alguna resonancia
o un eco persistente de la vida que fue (“Sarcófagos”, “Psicofonías”), creando
una atmósfera de “duermevela”, un ámbito fronterizo entre la realidad y el
sueño que posibilita la proliferación de formas de la irrealidad que pueblan
estos versos (espectros, como en “De nuevo el fantasma”, sobre el tema
recurrente en el libro del fantasma que sigue ligado a los espacios donde se
desarrolló su existencia, o los ángeles, retratados con una estética de
irracionalidad dramática que parece remitir a Rafael Alberti o Xavier
Villaurrutia). Y, a medida que va avanzando el libro, el efecto de monotonía a
que podría prestarse la reiteración de espacios y motivos simbólicos, se va
desdiciendo en una palabra capaz de percibir una infinidad de matices en las
imágenes básicas que ha elegido para expresarse: cierto sensorialismo y
capacidad de creación de atmósferas con poder perturbador (“El frío”, “Niebla”, “La
sagrada humedad”, “Calma pétrea”), , sugerentes mezclas de
erotismo y literatura (“Dulce verbo”),
fusiones cuasi místicas entre el poeta y la naturaleza (“Sueño vegetal”)o apuntes sobre la persistencia de los
traumas de la dictadura (“Arcadas de
poniente”).Resultan memorables también el poema inicial, “Respuesta”, acongojante definición
de la condición humana, lúcida en su paradoja entre la miseria y la
desorientación existencial junto a su capacidad de sublimarla creativamente,
con brillantes toques de delirio surreal , textos de gran originalidad como “Ofrenda”, donde las hojas de los
libros del autor se usan para compensar la ausencia de los códices perdidos del
monasterio menospreciado por la ignorancia de un mundo que no merece sus dones ,
así como fantasías de alcance trágico(“Ángel
suicida”) o falsas escenas pueriles (“Postal infantil”). “El desconsuelo” ejerce
como brillante coda final, con este contundente repudio de la actividad
poética: Al estrellar mi [l]ira contra esos muros reivindico mi condición de ser humano./Ya sólo me resta pegar fuego a los edulcorados alambiques de la
inspiración./Y ver pasar la vida, mientras me desangro. Un autor excelente
que, gracias a mis “topos” en la zona del Bierzo, espero poder seguir leyendo.
RAFAEL AZCONA: "El pisito. Novela de amor e inquilinato"
Diversas razones, al
margen de la preeminencia de su faceta como guionista de cine y el velo de
niebla que inevitablemente un talento concreto y genial puede echar sobre otras
manifestaciones de un artista versátil, permiten explicar cómo hasta día de hoy
la obra narrativa de Azcona sigue siendo, si no menospreciada, al menos poco
leída y estudiada entre crítica y público y se mantiene al margen de los
cánones generacionales a los que, por cronología y calidad literaria, pertenece
de pleno derecho (la promoción de narradores realista de la promoción de los
50, a muchos de los cuales conoció y tuvo por compañeros de trabajo y tertulia,
si bien su concepto del “realismo” es sustancialmente diferente al que prima en
esta generación…, mitad testimonio social, mitad cuadro costumbrista de tintes
ligeramente esperpénticos en el que asoma el “codornocista” que fue, y no digamos ya a la concepción decimonónica
del género). Entre ellos, una difusión de sus novelas escasa y en un formato
(las colecciones populares de novela humorística, si bien se atiene al concepto
cervatino (y posteriormente “gomezserniano”) del humor “serio”, como forma de
acometer desde la distancia irónica realidades inquietantes y hasta dramáticas)
ideal para ganarse el ninguneo de cierta crítica snob y sus prejuicios sobre
los géneros menores, la dispersión de su talento creativo y, quizá
principalmente, su propia personalidad de hombre humilde, reticente a la
exposición pública y las servidumbres de la fama, que le hizo incluso no dar
continuidad a Estrafalario/1 (nunca hubo una segunda parte), el proyecto
de edición de sus obras completas a instancias de Juan Cruz que podría haber
servido para acabar de enfocar plenamente su figura antes de su fallecimiento
en 2008. Esta versión de Cátedra recupera una de sus mejores novelas (otros de
sus títulos parecen también de lectura obligatoria, como Los muertos no se
tocan, nene o Los europeos, editadas hace unos años por separado al
margen de la citada compilación) aunque no en su versión original de los años
50, con la que un perfeccionista patológico y cruelmente autocrítico como
Azcona se sentía insatisfecho, sino una reelaboración posterior que considera
la versión “definitiva” que se alimenta de muchos de los hallazgos de su
magnífica versión cinematográfica de los años sesenta junto al director Marco
Ferrari.
VASILI GROSSMAN: "Todo fluye"
Tras una carrera literaria y periodística caracterizada
desde el principio por su decidida valentía (en principio, sus posteriores
verdugos comunistas de su país lo alabaron por sus crónicas de acontecimientos
históricos como la batalla de Stalingrado o su denuncia de la existencia de
campos de exterminio nazi) y sobradamente conseguida la posteridad literaria
con la monumental Vida y destino, aun tuvo tiempo Grossman en vida (la
edición del libro fue póstuma y de inmediato prohibida en su país natal) de
asestar la última bofetada contra un régimen totalitario en cuya inhumanidad
dejó dramáticamente abolida cualquier posibilidad real de soñar con un mundo en
justicia y regido por unos ideales liberales auténticamente sentidos. Años 30
en la recién nacida URSS: la propiedad privada y cualquier intento de
iniciativa económica personal al margen de la supervisión del Estado ha quedado
suprimida por la proliferación de los “koljos”
y la criminialización de los “kulaks” o propietarios, incluso los
menores que practicaban poco menos que una economía de pura subsistencia, a los
que se arrebata su condición de ciudadanos (y seres humanos) de pleno derecho
para convertirlos en carne de presidio, circunstancia que, frente a los
paradójicos ideales de justicia social en que intenta justificarse, recrudece
la situación del campesinado hasta situaciones de miseria y hambre dignas de la
más horrenda servidumbre feudal (de la que tanto sabía la historia de Rusia…),
se impone un criterio de “pureza” étnica en todo similar a la obsesión hitleriana
por la raza aria (¿hace falta recordar el compadreo que se tuvieron la Alemania
nazi y la URSS durante un tiempo, antes de convertirse en rivales encarnizados
a causa de las ambiciones de poder) que se expresa por medio de un sangrante
antisemitismo (aterradoras las escenas en que se obliga a los médicos judíos a
autoimculparse de crímenes que no han cometido para justificar su asesinato o
su confinación en campos de concentración) y el ostracismo o directamente el
genocidio sobre otras razas en un territorio tan extenso y complejo a nivel étnico
y cultural y, sobrevolando tanta miseria moral, la presencia de un Estado
castrante, un “gran hermano” totalitario que no sólo establece unos límites
dogmáticos de pensamiento que asolan la libertad sino que hace cundir el miedo
y la suspicacia y fuerza al individuo a convertirse en su cómplice mediante la
proliferación de los “chivatazos”, guiados por el fanatismo ideológico o,
tantas ocasiones, por la simple obsesión por medrar económicamente o encontrar
la ocasión de vengar agravios personales contra el otro. De este último libro
de Grossman no podemos decir que, en rigor, sea una novela: hay un leve hilo
narrativo que dota de coherencia al conjunto y se centra en la figura de Iván
Griegorievich el cual, tras más de tres décadas prisionero en campos de
concentración por disidencia contra el régimen, es liberado una vez muerto
Stalin para corroborar su desarraigo, la desaparición del mundo que fue suyo
(conmovedora la escena de su viaje a Leningrado en busca de los amigos de la
juventud, la mujer que fue su primer amor y todo tipo de vestigios que ya no
son sino ruinas del ayer) y, finalmente, ceder a la inercia de seguir
sobreviviendo tras aceptar un miserable empleo e incluso establecer algunos
lazos afectivos con la dueña de su casa de huéspedes que quedan prematuramente
rotos por la muerte de esta a causa de un cáncer. Resulta fascinante la
habilidad de Grossman para relatar cómo, sin necesidad de recurrir a la
agresividad (al contrario, a esa dulzura indolerente de quien sabe que ya no
tiene nada que perder) ni al ejercicio de un papel de víctima más que legítimo,
la simple presencia de Iván hace cundir el remordimiento y el dolor del eco de
la cobardía nunca curada en personas de su entorno, tales como su primo
Nikolai, que ha tenido una próspera carrera como científico a costa de la
absoluta sumisión estatal (y en cuya casa la ética de Iván ya no le permite
establecerse tras saberlo implicado en la mentira contra los médicos judíos) o
Pineguin, uno de sus delatores con el que un azar cumplidor de cuentas querrá
ponerlo en contacto en Leningrado. Al
margen de la peripecia del protagonista, se van hilvanando ciertos cuadros
descriptivos y narrativos, cuya relación con el drama íntimo y el pasado de
Iván posibilitan que no se rompa la coherencia en ningún momento y la obra no
parezca “deslavazada”, aguafuertes crudos y expresivos sobre las hambrunas “post-colectivización”
del mundo rural soviético (sencillamente desgarradora la que ofrece sobre la
situación del campo en Ucrania) o sobre la inhumanidad cotidiana de los campos
de concentración, similares a las que podrían leerse en una novela como “Un día
en la vida de Iván Denisovich” pero enriquecidas con ese punto de simbolismo y
tiento lírico que Grossman sabe filtrar de forma casi inadvertida entre el
testimonio del horror (el detalle conmovedor de que sea el sonido de una música
de violín, precisamente el único rasgo de belleza que le ha sido dado disfrutar
en un día a día regido por la crueldad más extrema, sea el que revele a
Mashenka, encarcelada por ser la esposa de un supuesto delator, la inminencia
de su muerte y la necesidad de abandonar toda esperanza). Las últimas páginas
del libro, antes del leve desenlace (que en realidad no es tal porque deja su
destino final abierto a una angustiosa incertidumbre) de la historia del
protagonista, tienen una orientación más ensayística que propiamente narrativa,
con un perfil sobre Lenin en el que ataca visceralmente contra ciertas “ternezas
de su espíritu” (su supuesta afición a la música, la literatura o el trato
afable con amigos y familiares) que se han distorsionado y utilizado interesadamente
para forjar su mitología y cierta reflexión de ironía desconsolada sobre la superioridad
espiritualidad rusa (vía una supuesta asimilación más auténtica del espíritu
cristiano, justificada en la ideología de autores como Tolstoi) que la
convertía en la líder profética para guiar a la humanidad al definitivo estado
de justicia y prosperidad universal, imposible debido a una falta de
aprendizaje de la libertad tras años de sumisión feudal que no podía sino llevar
a degenerar en tintes reaccionarios incluso a los sistemas nacidos en principio
de una inspiración de igualitarismo humanitario. Acaban de conmocionar al
lector dos detalles más antes de cerrar esta “novela” implacable: el carácter
visionario de todo sabio (su augurio de que nada cambiará tras la muerte de
Stalin y que la deficiente formación en libertad de su pueblo le guiará a una
perpetuidad de las actitudes totalitarias…. ¿qué pensaría ahora al contemplar
la Rusia conservadora, homófoba y castrante de Putin?... por suerte ya está a
salvo) y la hondura de su sentido de la dignidad humana mediante la facilidad
para la empatía con las debilidades de espíritu incluso cuando se manifiestan
en forma de actos reprobables, como la necesidad de “comprender”, buscando en
los traumas biográficos o las simples carencias coyunturales de sus mentes o
sus corazones, la actitud de los delatores en el capítulo que les dedica. Lo
dicho, entre deslumbramientos y ataques al corazón en poco menos de trescientas
páginas de las que se desea su final y su prorrogación indefinida la vez… ahora
si que ya no hay pusilanimidad que alegar para meterse de lleno algún día en el
festín definitivo de Vida y destino.
JULIA CONEJO ALONSO: "Muñecas recortables"
Leyendo este primer libro de Julia Conejo, se me iba
viniendo a la mente aquellas palabras que un crítico musical (lo siento, soy
incapaz de recordarlo… )acuñó para definir las canciones de Vainica Doble, sin
duda uno de los logros más felices de la cultura popular de nuestro país en las
últimas décadas, aquello de que eran “cuentos de hadas a los que no se les veía
el ogro… pero estaba”. Muchas serían las
semejanzas que arrojaría un cotejo entre
los poemas de Julia y aquellas perlas del pop español (la esencialidad del
estilo, un humor corrosivo con un punto desconsolado, la habilidad para
encontrar insólitos significados vitales entre detalles de la más sencilla cotidianidad
y, en general, la capacidad de sugerir una hondura sentimental y reflexiva desde
una rotunda vocación de humildad que da
a sus logros un aire conmovedor de
inconsciencia) pero, sobre todo, ese “falso tono naif” ( similar al de algunos
libros de Ana Merino, por buscarle algún referente en la poesía española actual), esa apariencia
de historias concebidas desde la ingenuidad entre las que acecha un zarpazo de
dolor que revela inesperadamente su sentido y tras el que autor y lector se
resignan simultáneamente a una lucidez que duele pero que paradójicamente es su
propio consuelo .Esta cualidad está presente ya desde el primer poema, Isla de Jersey, una estampa descriptiva
aparentemente inocua que, súbitamente, en unos versos finales con efecto de “electroshock”.,
queda fijada en lo más doloroso de la memoria sentimental, antesala de un libro
perturbador en que quizá el eje temático central, y el que le otorga su lograda
coherencia, sea la sensación de la autora de haber sido expulsada, por efecto
del tiempo y la contradicción de un crecimiento que no ha sido sino un desahucio de lo
verdaderamente esencial, de cualquier
forma de acceso a la inocencia, llámese infancia o amor (¿no son lo mismo?...),
que se nos relata con una heterogeneidad de ángulos entre los que alternan la
corroboración fatalista de la derrota (impresionante el final de “Corazones de
gominola”: Pero solo tropiezo con el
hombre/que ya no se dedica/a la fabricación casera de collares,/sino a la
destrucción de objetos cotidianos./Teléfonos,/cristales,/emociones,/promesas de
futuro…) con tonos que van de una irracionalidad dramática, rotundamente
expresiva, de tono alucinatorio (“En la otra orilla”, “Libros en el suelo”), impulsos
de insurrección que se revelan estériles (“Revolutionary road”) a la sentenciosidad lapidaria (“Medallas que
perdimos”) y una decidida energía de resistencia (“Las tortugas también vuelan”)
que se impone gracias a la certeza de haber logrado, entre la evidencia de
tanta ruina, haber hecho persistir algunas “armas” de la supervivencia
emocional, como una capacidad de entrega amorosa de una inconsciencia casi
suicida (“Hay en mi piel un exceso de ternura”) o de dejarse sugestionar por la
belleza para recrearse en lo sensorial y lo imaginativo (“Una vez viví en
Sevilla”); en general, una estética de contrastes que permite la creación de
estampas que acogen a la vez el horror y la convicción para desdecirlo (“El día
que cumplí dieciocho años”). Inseparables de ese vértigo de vulnerabilidad que
domina el libro son la capacidad de empatía con los desfavorecidos, fruto de
una honestidad para reconocerse la debilidad que posibilita que se conviertan
en motivos para expresar el propio conflicto íntimo (“Como los indigentes”) o
algunas de las pocas certezas que se han dejado apresar entre la incertidumbre
de estar vivo (“ Residencia de ancianos”) y permite cargar con toda legitimidad
moral contra los que cimentan su autoestima (y con ella sus abusos de poder) en
su incapacidad de reconocerse entre los
perdedores (“Héroes modernos), un tono paródico, de mordaz agresividad, contra
la artificiosidad de la cultura de los “mass media” (“Ikea”, “Telenovela”), que
crea paraísos artificiales y encajona a los hombres en patrones de felicidad
estándar con la intencionalidad hipócrita de salvarlos, la posibilidad de “proyectarse”
y convertir cada percepción del mundo en símbolo hipotético de uno mismo (“El
dolor de los barcos”… tal vez la pieza más hermosa y emocionante de todo el
conjunto) o la relevancia de los afectos filiales como única posibilidad de
redención (el emocionado recuerdo a la madre de “Semejanzas” que permite
culminar el libro manteniendo intacta su intensidad climática), especialmente
los hijos, los únicos ante los que se acepta someterse a la ficción de
felicidad que se ha convertido en dogma de la vida social (“Vosotros y yo”). En
fin, un libro tras el que no se puede regresar intacto….. pero al menos sí reconfortado en la
certeza tanto de la infinidad de flancos
vulnerables por los que puede atacarnos el dolor y, a su vez, de las no menos infinitas formas de piedad
para conjurarlo, es decir, poesía que se merece tal nombre.
EMILI TEIXIDOR: "Pan negro"
Apenas transcurridos
diez años escasos desde su publicación (una de las últimas novelas de su autor,
que falleció en junio del año 2012) es esta novela ya un clásico de pleno
derecho, que aúna prestigio crítico y popularidad (más por la exitosa película
de Villaronga filmada en 2009 que por el propio libro, claro) y, junto a Los
girasoles ciegos de Alberto Méndez y los cuentos de Juan Eduardo Zúñiga
queda como la más conseguida reafirmación de la posguerra española como motivo
temático desde una originalidad y una exigencia estética que supera su
conversión en un tópico del realismo social más plano. Y, es que, sin dejar de
retratar con implacable lucidez un entorno social e histórico de tal crudeza, Pan
negro se va revelando como un relato
global de iniciación al mundo y a la vida que adquiere tintes de universalidad.
Su protagonista, el niño Andrés, es un hijo de “proscritos”, su padre es un
obrero represaliado en la cárcel tras su implicación en la guerra (y finalmente
fallecido por las condiciones inhumanas de su existencia allí antes que por la
sentencia de muerte que pesaba sobre él) y su madre, obrera de una fábrica,
vive consumida en la pasión amorosa que siente por su marido, que convierte su vida en peregrinaje
angustioso en busca de influencias y favores para salvarlo que obliga a que el
niño tenga que quedar finalmente en casa de sus abuelos, guardeses de una finca
señorial en el mundo rural catalán y secretamente comprometidos con la
clandestinidad del “maqui” junto al prior de un convento de frailes cercano con
que el autor retrata a la mínima parte (que existió) de la iglesia que
permaneció fiel a unas inquietudes de cuño republicano y liberal que obviamente
tenían mucho más que ver con el mensaje primitivo de Cristo que el viraje
totalitario que tomaron los líderes de la institución. En el aprendizaje humano
de Andrés junto a sus primos, especialmente junto a la Lloramicos, la otra “recogida”
por caridad de la familia (sus padres huyeron a Francia tras el conflicto para
salvar su vida tras su decidida implicación) alcanzan un papel esencial la
naturaleza (esas escenas de los niños jugando en las ramas de los árboles….cómo
no me iban a emocionar), sobra la que se alcanza una plena sabiduría al intuir
ya su superioridad moral sobre el hombre y la necesidad de este de dejarse
aleccionar por ella y prescindir de su complejo de ser inteligente y dominador
y el sexo, temido y a la vez ansiosamente deseado mientras se le espía en las
conversaciones de los adultos o los adolescentes, unido a cierta curiosidad
morbosa por el cuerpo como enfermedad (la fascinación de Andrés por los jóvenes
tísicos que recogen los frailes en el convento) o generador de impulsos atroces
(la pederastia del maestro de la escuela, el señor Madern, en quien se retrata
también ese otro drama del hombre condenado a fingir unas convicciones ajenas a
sí mismo para sobrevivir en un mundo tan marcado ideológicamente como el de la
educación) y que se va aprendiendo en los primeros tanteos inocentes con su
prima Lloramicos, entre cuya ingenuidad parecen intuir ya el auténtico sentido
del contacto carnal: el único acto en que los desarraigados pueden tal vez
sentirse parte de la condición humana con pleno derecho. Junto a este
aprendizaje de lo “ancestral”, asoma la podredumbre de un mundo marcado por la
soberbia y la violencia física y moral que ejercen las fuerzas vivas vencedoras
sobre las clases humildes (los continuos registros de la guardia civil en la
finca y, especialmente, el momento de la comunión de Lloramicos, que el párroco
fascista del pueblo quiere convertido en una “pasada por el aro” pública y
oficial de una familia de tan plena adhesión al enemigo), incluso en actos de
caridad que solo pretenden tranquilizar su conciencia y que malamente pueden
disimular su carácter profundamente interesado (el afán de los terratenientes,
los señores de Manubens, por acoger a Andrés tras la muerte del padre y proporcionarle
unos estudios…con la manifiesta intención de presionarlo para hacerlo sacerdote
y se convierta por tanto en un juguete de su obsesión por la apariencia de la
virtud) el peso de una moral hipócrita que alcanza dimensiones directamente
dramáticas en su opresión sobre la mujer (los casos de la tía Enriqueta,
criminalizada incluso por su propia familia por aspirar a una vida sentimental
en libertad y romper su compromiso matrimonial, conflicto que consigue
solventar con la afirmación de su propia identidad que supone escapar de casa…
algo que por desgracia no hace Felisa, la tía materna de Andrés, resignada a un
matrimonio sin amor como única manera de huir del destino quizá más cruel
reservado a la “solterona” en casa ajena), ambos temas implicados en un pulso
entre la permanencia de una vida tradicional ligada al campo y las expectativas
de libertad y progreso económico que los más jóvenes fabulan en el mundo moderno
de la ciudad y la fábrica… dramáticamente frustradas por la imposición brutal
de la guerra y la posterior represión. Las páginas finales alcanzan una plena
intensidad emocional en el debate íntimo de Andrés entre la fidelidad a la
madre y con ella a sus raíces sociales e ideológicas y la fatalidad de tener
que aceptar el destino trazado por la supervisión de los gerifaltes del mundo.... no os anticipo aquí como se resuelve esta antítesis salvo que, como podréis imaginar, su dramatismo hace que tras ninguna opción consiga una redención personal sino más bien una amenaza de perturbación a perpetuidad que empaña su futuro de hombre adulto. Tanto
el estilo de la novela, que aúna los mejores logros del realismo social en la
espontaneidad que desprenden los diálogos y la descripción de escenas de la
cotidianidad, como su superación por medio de la exigencia formal de los
pasajes con más intensidad lírica o de una hondura reflexiva casi ensayística,
como los personajes (la inolvidable abuela Mercedes, enérgica y conmovedora en
su aspiración frustrada de instruirse y desarrollar una conciencia lúcida y
comprometida sobre el mundo, el vigor “viril”, a menudo fatalmente rayano en la
violencia y la crueldad, de los Quirico padre e hijo o la hosquedad, de animal
mal domesticado, del “abuelo Mozo”…) resultan impecables y afianzan la talla
literaria de una novela que queda como un hito referencial para la aproximación
a un tema que, tratado desde este grado de rigor formal y búsqueda de la
originalidad en la coherencia con la propia memoria, parece inagotable.
