JOSÉ MADRID: "Equilibrista: La vida de Cecilia".

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Hay libros que, a cambio del placer de hacerse con ellos y leerlos, te arrebatan un sueño. Me pasó con Edgar Lee Masters, cuando me privó de manera tan brillante de aquel proyecto poético adolescente de hilvanar un poemario en torno a las voces que monologaban obsesivamente desde su tumba en el cementerio, y ahora con José Madrid, que pone punto y final a mi antigua ambición de pedir una excedencia o aprovechar una baja indefinida por enfermedad para escribir una biografía de Cecilia, una de las muchas cuentas pendientes que tenía nuestra cultura con figuras mal o parcialmente conocidas, de una percepción lastrada por infinidad de tópicos, pero esenciales para comprender el mundo en que vivimos. Al menos el mío (no otros tantos que espero aparezcan después con el estímulo de este firmado por un joven periodista granadino) ya sobra: el de José Madrid está perfectamente documentado (incluye fotografías, fragmentos de declaraciones y cartas personales tanto de la artista como de su entorno laboral y personal, un buen puñado de anécdotas que se mueven entre la conmoción (el hecho de que Luis Gómez Escolar, novio de “Eva” aparte de músico esencial de los años de la transición, se enterara de su fallecimiento por un comentario “moralista” de un taxista de Madrid) y lo entrañable (el origen de la célebre “Un ramito de violetas” en los ramos de flores que Evangelina y sus hermanos cogían animados por el diplomático José Ramón Sobredo, romántico empedernido, para regalárselos a su madre), realiza un certero trazado biográfico incidiendo en su infancia cosmopolita (Estados Unidos y Jordania fueron las estancias que más la marcaron, de donde proceden constantes de su obra como la filiación con la canción de autor femenina norteamericana (frente a la relevancia de los modelos franceses en autores como Serrat, Aute o Mari Trini, siempre se consideró a Cecilia en una línea más próxima a Melanie, Joni Mitchell, Judy Collins, Janis Ian o Carole King, por citar algunos nombres representativos) y un espíritu crítico contra el militarismo que encajaba perfectamente con su progresivo interés por la historia y la cultura españolas) o la impronta de sus primeros pinitos artísticos en el grupo de aires psicodélicos Expresión (aunque todos sus integrantes renegaran de esta experiencia, temas como “Try catch the sun” no están tan lejos de las mejores composiciones de Jefferson Airplane y grupos similares) y los recitales y, en general, la inmersión cultural con unos escasos veinte años de que disfrutó junto al artista y estudioso Joaquín Díaz, una relación que se acabó a medida que ambos se veían incapaces de controlar la implicación emocional que se abría paso entre las inquietudes compartidas e incluso el título es más certero y afinado que el “Me quedaré soltera: Cecilia” que yo había fabulado. “Equilibrista” no es sólo una de sus mejores canciones (los guiños irónicos de la letra, esos arreglos deliciosamente marcianos y adelantados a su tiempo) sino una definición precisa de la propia condición existencial de Evangelina Sobredo, siempre jugando al funambulismo entre su apertura mental (perceptible no sólo en sus ideas sino, por ejemplo, en lo desconcertante que resultaba su atrevida forma de hablar o de vestirse o en su propio conflicto interior entre su vocación juglaresca y la necesidad de cumplir las expectativas de sus padres como “niña estudiosa de alguna carrera”, tal y como afirma en la canción) y la persistencia atávica del conservadurismo en las postrimerías de la dictadura o  su singularidad artística, poco sensible a las servidumbres del  dinero y la popularidad, frente a los intentos de las multinacionales discográficas por adocenarla y convertirla en una figura más próxima a la música comercial que triunfaba en las listas de éxitos. En el plano de la estricta crítica musical, Madrid sabe que, frente al ruido mediático que despertaron canciones clásicas como Dama, dama, Un ramito de violetas o Mi querida España (estupendos temas, especialmente los dos primeras, aunque a Mi querida España hay que reivindicarla…aunque sólo sea porque le ha pasado lo mismo que al Born in the Usa de Springsteen, una canción de claro espíritu crítico convertido en himno patriotero (no en vano, Cecilia recibió abucheos e incluso huevos en el escenario por atreverse a cantarla en Mondragón en una fecha tan delicada como el año 1975) por mentes tan estúpidas como malintencionadas) la auténtica esencia de Cecilia está en lo más desconocido, ese disco extraordinario al que la sentencia de obra maestra por parte de reconocidos expertos y su influencia sobre buena parte del mejor pop independiente hecho por estas tierras a partir de los ochenta no le ha bastado para que a día de hoy siga sin tener una edición en CD (vergüenza que no se da ni en el caso de unas artistas tan negadas del fervor del público y de la industria del disco como Vainica Doble): Cecilia 2. Su techo creativo, el que mejor ejemplifica el concepto de su música como un punto equidistante entre la canción de autor serratiana y el minimalismo pop de muchos de sus devotos posteriores (Berlanga, Le Mans) que aún está a la espera de una continuación a su altura, el que incluye un buen puñado de sus mejores canciones (“Andar”, “Me quedaré soltera”, “Si no fuera porque”, “Canción de amor”, “Cuando yo era pequeña”, “Equilibrista” o “Con los ojos en paz”) y en el que, a pesar de que perdiera unas cuantas batallas por la insurrección ante la todopoderosa CBS (que se cargó de un plumazo tanto el “Me quedaré soltera” como título original como las atrevidas fotografías de Pablo Pérez Mínguez en que se sugería un embarazo que hacía una mezcla explosiva con la denominación del disco), consiguió crear un auténtico caramelo envenenado, melodías de falsa inocencia y orientación naif que súbitamente dejaban transparentar un mundo interior marcado por la insatisfacción y el existencialismo más oscuro (“poetisa del fatalismo”, la llamaba muy acertadamente Juan Manuel Freire en el número de Rockdelux en que se reivindicaba este trabajo, que suponía en lo particular, una confesión letal; en lo general, un ataque frontal a una España rancia, atrapada en un statu quo no apto para mentes con las fronteras abiertas), con la ayuda de los magníficos arreglos musicales de José Nieto y un entorno profesional que, ya que había lastrado buena parte del potencial transgresor del disco, permitió a Cecilia gozar de una mayor autonomía y capacidad de decisión, especialmente en composición de textos y tratamiento musical de los mismos, del que había disfrutado en el previo y “teledirigido” (y aún así tan delicioso como cualquiera de sus piezas, si atendemos a que es el disco de “Dama, dama”, “Nada de nada” , “Al son del clarín “ (así que el Juan del Rosal, el falso aristócrata enriquecido que da un braguetazo en la canción era en realidad un profesor suyo en la facultad de Derecho…), “Fauna” o “Mi gata Luna”, además de la mítica portada del guante de boxeo)  “Cecilia” en 1972. ¿Cómo habría evolucionado la carrera de esta artista de no cruzarse en su camino aquella carreta de bueyes mal iluminada una noche de verano de 1976, en el pueblo zamorano de Colinas de Trasmonte, donde hace unos años se le homenajeó y levantó una placa en su memoria?. Creo que es fácil de adivinar: “Un ramito de violetas” (1975) es un buen disco, de cuidado acabado formal, tanta en la composición de Cecilia con en la labor arreglista de Juan Carlos Calderón, con otros tantos temas antológicos (junto al titular y el “Mi querida España”, habría que reivindicar imperiosamente el precioso “Esta tierra”, que la madre de la artista tenía por uno de sus predilectos) pero que es evidente que representa ese tránsito desde la canción del autor más o menos comprometida o el pop independiente (más indigerible para los ansiosos de negocio en el mundo del disco) hacia una música más melódica y edulcorada que tanto ambicionaba la CBS y que se hizo explícita en su participación, de mala gana y prácticamente obligada por imperativos de contrato, en el festival de la OTI (pese a cantar desmotivada y con una de sus peores canciones, una balada un tanto plana cuya letra consiguió adecentar en compañía de Gómez Escolar y otras personas de su círculo más próximo, quedó en segundo lugar y probablemente habría ganado de no producirse aquel problema en la emisión vía satélite que impidió a algunos países contemplar su actuación y por tanto votarla) o el aire chirriantemente cursi de los videoclips sobre sus canciones que se rodaron en el programa de promoción de la misma (por desgracia, se han convertido en imágenes tópicamente asociadas a su figura)… sin embargo, una rebelde innata (aunque nunca explícitamente reconocida como tal, ni ante los demás ni ante sí misma) como Eva Sobredo tenía ya previsto su próximo asalto en su pulso perpetuo por preservar su identidad: un disco de canciones basadas en textos poéticos de Valle-Inclán, que nunca llegaría a ver la luz más que de forma parcial (en realidad, solo “Doña Estefaldina” ha aparecido de forma habitual en las sucesivas compilaciones antológicas de su obra) a causa de su prematura muerte. Optar por un autor como Valle-Inclán no es una opción cualquiera, supone hacerlo por un espíritu lacerante hasta lo corrosivo y una tensión formalista del lenguaje que está a los antípodas de lo digerible por magnates y público devoto de los productos de las multinacionales… así que suponemos que el “equilibrismo” hubiese vuelto a su punto inicial, después de que los gerifaltes se frotaran las manos celebrando la domesticación de una artista tan reticente a dejarse encasillar. Por desgracia, sólo nos quedó el silencio, algún apreciable rescate de material inédito que sabe a poco (“Canciones inéditas”, integrado por “reconstrucciones” orquestales de Juan Carlos Calderón a partir de una serie de maquetas básicas grabadas en un magnetofón,  de 1983 es un disco notable e incluye algunos temas, como “El testamento”, cuya eliminación de los discos oficiales parece inexplicable a causa de su calidad pero… ¿dónde están esos temas valleinclanescos perdidos? ¿están perdidos de verdad o, como reza una oscura leyenda, dormitan acumulando polvo en algún sórdido despacho de la CBS?), una recepción póstuma de su delegado que, fatalmente, tenía que alternar entre lo sublime y lo mediocre- oportunista (bien por Berlanga, Fangoria, Manzanita o Amaral pero… ¿quién (cojones) permitió las versiones de Mocedades, Rocío Dúrcal, Miguel Bosé (por más que tuviera derechos sentimentales sobre la obra de su amiga Eva) o El Canto del Loco?)… y al menos una docena larga de las mejores canciones de pop de autor que se hayan realizado jamás en este país. Y ahora, por fin, una biografía, y excelente: se la recomiendo.  

ALFONSO BREZMES: "La noche tatuada"

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Rotundamente lo afirmo: este libro no sólo me gusta, sino que me resulta inverosímil pensar en algún lector que lo pudiera recibir con hostilidad o siquiera con indiferencia, si atendemos tan sólo al detalle de que está construido a base de paradojas, que sabe pulsar como pocos ese placer malsano de nuestra condición antitética, que constituye quizá la única de nuestras miserias que nos resistimos a aceptar como tal y que estamos dispuestos no solo a no rechazar sino a alimentar decididamente. Antes de intentar analizar las referidas al sentimiento amoroso o al propio símbolo poético de la noche, que sustentan no solo la calidad del libro sino su evidente originalidad respecto a los modelos de la literatura previa que resultan más obvios para el  lector, habría que constatar las que conciernen a su propia construcción formal  o  la referencialidad cultural que maneja. Un ejemplo claro: las continuas alusiones a la música que puntean todo el itinerario noctámbulo de estos versos (Brezmes sabe que la noche es música, y que tanto da que sea un blues arrabalero de motel de carretera  como la armonía divina de las esferas que aseguraba escuchar Fray Luis). Tom Waits, Nick Cave, Patti Smith o Amy Winehouse evocan al instante sentimientos turbios, gargantas aguardentosas, querencias por la visceralidad y el regodeo en el drama existencial de los desclasados, pero, sin renunciar a ese poso de “dirty realism”, parece claro que la estética, aun involuntariamente lograda, del libro, es “pop”, en rasgos como el gusto por la concisión, la esencialidad del lenguaje, el rechazo de la aparatosidad retórica y, en general, la habilidad de sugerir una evidente hondura a través de la ironía y una carencia de ambición que regala un encantador aire de inconsciencia a sus mejores logros, epatando, en efecto, al pop minimalista o naif de grupos como Young Marble Giants o la brillante huella autóctona del llamado “sonido Donosti” (un poema como “Maneras de perder el tiempo”, parece una canción de Le Mans: un listado de trivialidades de la cotidianidad que, súbitamente, se desdice, se hace perturbador al revelar el subtexto de desencanto que oculta).

 Y por lo que se refiere a la noche, basta decir que esa imagen (que se nos antoja tan previsible, tan extenuada ya), sustenta por sí sola una de una de las mayores cualidades del poemario: el saber afirmarse en la encrucijada entre el peso de la tradición y la reinvención subjetiva de la misma. Estos versos profundizan en la filosofía romántica de la superioridad jerárquica de lo nocturno sobre la insustancialidad de la  vida diurna, que quizá sigue teniendo en el “Canto a la noche II” de Novalis su manifiesto más elocuente y emocionante: frente a la evidencia de la mediocridad y el desencanto que acechan con la llegada del sol, la noche, por más que conserve sus connotaciones tópicas de ámbito tétrico, de infierno privado donde se extingue el amor y el deseo puede revelarse como agresión (“No leíste los cuentos”, “Tres deseos”) confirma su preeminencia en ser el reino de la posibilidad, de la fabulación hipotética de otra vida en condiciones de dignidad y libertad que la convierte en más paradójicamente real que lo propiamente vivo (“Lo real es aquí”, se sentencia en “Perdidos”). Entre los “dones” que apuntalan su sublimidad esencial,  podemos citar su propia naturaleza de espacio de duermevela, de densa irrealidad en que las muescas del dolor se diluyen (“Para leer con blues de fondo”), el ser una coartada para lo erótico, deslizado con una humildad que apenas si se atreve a palpar con timidez la salvación en el deseo (“Amor y mitología”) y que resulta coherente con la lucidez sobre su cualidad fantasmagórica (“Lo que pasa”) o su provisionalidad (“La luna y el lago”) que se ha alumbrado, una revancha íntima contra la opresión burocrática o institucional (“Baja productividad”) o la simple discreción amiga a la que confiar ese pudor (o tal vez deberíamos decir vergüenza) que impone reconocer que no se es feliz (“El crimen”). Pero, con todo, la clave de la singularidad del libro no radica en esta reformulación de la aristocracia de espíritu de la noche, sino en un matiz que el que aquí escribe no recuerda haber leído, o al menos desarrollado.de manera tan explícita y rica en matices, ni el citado Novalis, ni en Villaurrutia, ni en San Juan de la Cruz ni en cualquier otro  maestro del arte del “nocturno”: que la noche resulte tan manifiestamente atractiva respecto a la vida que persiste tras su extinción, no puede invitarnos a una enajenación en sus paraísos o una evasión que quisiéramos extender a perpetuidad, sus virtudes exigen (por más que sea inevitable la pataleta de resistencia que expresan textos como “La vida otra vez”) el requisito imprescindible de un retorno a la realidad  en que habrá de verificarse la solidez de sus estrategias de consuelo; idea que se reitera en varios momentos del libro (“La pregunta”, “Los otros”),  y especialmente en su tercera sección, “La vida otra vez”  y que revela  además que su título no sólo resulta válido en lo estético, sino técnicamente preciso, en cuanto que la noche no nos proporciona una “segunda piel”, un tiempo alternativo que superponer al que nos aboca a la humillación, sino tan sólo unos “tatuajes”, unas marcas que nos permiten transitar la autenticidad vital y regresar a la existencia mejor pertrechados para afrontar el pulso al desencanto en que se nos ha enquistado. Esta es la mayor y más emocionante paradoja de estos versos, una afirmación, hecha de mala gana pero no por ello menos firme,  de la vida, a partir de la imagen tópica de su negación (la propia noche, claro) que resulta más conmovedora después de que se haya apuntado una  lucidez sobre el regreso que supone afrontar el vértigo que impone la constatación de la irrealidad de toda esperanza (“Schezerade”). También lo sentimental aparece teñido de esta ambigüedad inquietante: el amor es ante todo perturbación, dolor consumado que obliga al autor a jugar a menospreciarlo o reducirlo a sus símbolos vencidos (“El amor”), relativizar su fracaso en la ironía o en una ficción en que el idealismo se ha contaminado de afán de venganza (“La cita”) o incluso fabular con su irrealidad redentora (“Ficciones”) pero a la vez persiste la conciencia de haber triunfado, que incita tanto a exhibirlo orgullosamente como una victoria de la resistencia ante el fracaso (“El secreto”) como a preservarlo como una confidencia íntima a causa de la conciencia de su fragilidad (“Nocturnidad y alevosía”). 

¿”Grietas” en este libro? Sí, pero más debidas a lo que calla que a lo que afirma, al peso abrumador de cuanto se echa de menos en él : un mayor desarrollo de líneas poéticas sólo sutilmente apuntadas, como el uso del culturalismo con un valor paródico (muy pertinente, a este respecto, que el autor del prólogo sea precisamente Luis Alberto de Cuenca), capaz de hilvanar alegorías domésticas sobre el desamor o la incomunicación (“Vidas paralelas”, “Penélope”), el tema de la “alteridad” como una distancia para plantear conflictos personales que apuntan no tanto al cansancio de existir como al fastidio de autoconvencerse de que es un acto significativo además de inevitable (“Mi vida”)o  una metapoesía a lo Pizarnik,  sobre la palabra y su potencialidad para hacer cundir cuanto enuncia, pero sin su propensión dramática (para la argentina, decir “pan” o “agua” nos condenaban irremediablemente al hambre y la sed), creando un debate desprejuiciado sobre el tema (“Salvo ese nombre”), en el que, sin embargo, se sugiere la sospecha de una inanidad de todo acto lingüístico (“El cómplice”) que determina fatalmente  que la pose y los gestos sean la única herencia corroborable de la literatura (“Los últimos días del poeta”). El sutil tratamiento de lo onírico en este sorprendente poemario puede inicialmente llamarnos a engaño, pero ojo, no hay aquí sueños visuales, sino la presencia constante y soterrada de ese mundo de lo inaprehensible “donde todo es posible, hasta nosotros mismos”, por más que la ironía que trufa muchos de los poemas logre poner distancia del drama: las cosas importantes suceden allí, ene se territorio del que regersamos al despertar, para reencontrarnos con esta vida gris en donde el recuerdo es la única herramienta eficaz contra el desconsuelo de lo perdido. “No se achique usted tanto, señor Rodríguez, agrada la modestia, pero no el propio menosprecio”, decía el profesor Mairena-Machado para reprender a un alumno que profesaba la humildad con frenesí patológico,….. sí, el Sr. Brezmes también se nos ha achicado hasta el límite del agravio, como si de un Robert Walser redivivo se tratara,..., pero aquí hay un gran libro, uno de esos a los que se puede perdonar el que se haya recortado él solo el vuelo, porque transparenta una heterodoxia de imaginación, de lúcida singularidad y rotundo oficio, en que la buena literatura por venir ya no puede ser sólo promesa sino profecía autocumplida."
(La presente reseña no hubiese sido posible sin la colaboración del autor del poemario, Alfonso Brezmes, que aportó  precisiones y comentarios que permiten ahondar en sus costuras más íntimas. Gracias a él y al afecto que convierte la crítica en el género dialogal que nunca debería dejar de ser). 

FERMÍN LÓPEZ COSTERO: "Memorial de las piedras"

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Mi antecesor en el premio Joaquín Benito de Lucas pone el listón muy por encima de mí y se revela como otro nombre a seguir en la cantera, al parecer inagotable, de la literatura leonesa (en buena medida, y aun siendo más joven, se le puede considerar compañero de generación de Llamazares o Juan Carlos Mestre y no exclusivamente por motivos cronológicos, sino por rasgos temáticos y estilísticos , como la utilización del versículo con un innato dominio de las cláusulas rítmicas que se sobrepone a la “música dispersa” a que parece prestarse fatalmente en manos poco hábiles, que conformaron una estética inconfundible y tantas veces mal imitada en la reciente poesía española). Parece increíble que este sea el libro de un autor “primerizo” en la poesía (aunque bien experimentado ya en el relato, el ensayo o la labor divulgativa sobre figuras de su entorno como Antonio Pereira), supongo que es lo que tiene debutar ya en plena madurez humana y creativa: el ahorrarse los poemas de juventud, que sólo sirven para pedir perdón por ellos, y empezar con lo realmente sustancioso. Con su centro inspirador en un entorno real, el monasterio de Carracedo (también escenografía de algunos pasajes de “El señor de Bembibre” de Gil y Carrasco, quizá la mejor novela histórica que produjo el Romanticismo español), antigua abadía primero benedictina y posteriormente cisterciense del S.X, construido inicialmente para dar a silo a monjes huidos de las incursiones militares de Almanzor y posteriormente primer panteón real en España, de gran relevancia durante todo el Medievo hasta su progresivo abandono y decadencia a partir del S.XIX tras las desamortizaciones, López Costero utiliza la piedra, y por extensión la ruina, símbolo romántico por excelencia, como referente poético central de estos versos, con una multitud de enfoques que lo convierten en un motivo ambivalente, que puede asociarse tanto a la vitalidad de la naturaleza y el afán de comunicación humana (“Claustro regular”, “No están solas”, “Una piedra”) como a la desolación , a veces una muerte “absoluta” que incita al regodeo existencialista (“Solo las piedras”, Claustro de la hospedería”, “Melancolía”, “Sobrecogimiento”) y otras veces una nada “amortiguada” que permite acceder a a alguna resonancia o un eco persistente de la vida que fue (“Sarcófagos”, “Psicofonías”), creando una atmósfera de “duermevela”, un ámbito fronterizo entre la realidad y el sueño que posibilita la proliferación de formas de la irrealidad que pueblan estos versos (espectros, como en “De nuevo el fantasma”, sobre el tema recurrente en el libro del fantasma que sigue ligado a los espacios donde se desarrolló su existencia, o los ángeles, retratados con una estética de irracionalidad dramática que parece remitir a Rafael Alberti o Xavier Villaurrutia). Y, a medida que va avanzando el libro, el efecto de monotonía a que podría prestarse la reiteración de espacios y motivos simbólicos, se va desdiciendo en una palabra capaz de percibir una infinidad de matices en las imágenes básicas que ha elegido para expresarse: cierto sensorialismo y capacidad de creación de atmósferas con poder perturbador (“El frío”, “Niebla”, “La sagrada humedad”, “Calma pétrea”), , sugerentes mezclas de erotismo y literatura (“Dulce verbo”), fusiones cuasi místicas entre el poeta y la naturaleza (“Sueño vegetal”)o apuntes sobre la persistencia de los traumas de la dictadura (“Arcadas de poniente”).Resultan memorables también el poema inicial, “Respuesta”, acongojante definición de la condición humana, lúcida en su paradoja entre la miseria y la desorientación existencial junto a su capacidad de sublimarla creativamente, con brillantes toques de delirio surreal , textos de gran originalidad como “Ofrenda”, donde las hojas de los libros del autor se usan para compensar la ausencia de los códices perdidos del monasterio menospreciado por la ignorancia de un mundo que no merece sus dones , así como fantasías de alcance trágico(“Ángel suicida”) o falsas escenas pueriles (“Postal infantil”). “El desconsuelo”  ejerce como brillante coda final, con este contundente repudio de la actividad poética: Al estrellar mi [l]ira contra esos muros reivindico mi condición de ser humano./Ya sólo me resta pegar fuego a los edulcorados alambiques de la inspiración./Y ver pasar la vida, mientras me desangro. Un autor excelente que, gracias a mis “topos” en la zona del Bierzo, espero poder seguir leyendo.

RAFAEL AZCONA: "El pisito. Novela de amor e inquilinato"

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 Diversas razones, al margen de la preeminencia de su faceta como guionista de cine y el velo de niebla que inevitablemente un talento concreto y genial puede echar sobre otras manifestaciones de un artista versátil, permiten explicar cómo hasta día de hoy la obra narrativa de Azcona sigue siendo, si no menospreciada, al menos poco leída y estudiada entre crítica y público y se mantiene al margen de los cánones generacionales a los que, por cronología y calidad literaria, pertenece de pleno derecho (la promoción de narradores realista de la promoción de los 50, a muchos de los cuales conoció y tuvo por compañeros de trabajo y tertulia, si bien su concepto del “realismo” es sustancialmente diferente al que prima en esta generación…, mitad testimonio social, mitad cuadro costumbrista de tintes ligeramente esperpénticos en el que asoma el “codornocista” que fue,  y no digamos ya a la concepción decimonónica del género). Entre ellos, una difusión de sus novelas escasa y en un formato (las colecciones populares de novela humorística, si bien se atiene al concepto cervatino (y posteriormente “gomezserniano”) del humor “serio”, como forma de acometer desde la distancia irónica realidades inquietantes y hasta dramáticas) ideal para ganarse el ninguneo de cierta crítica snob y sus prejuicios sobre los géneros menores, la dispersión de su talento creativo y, quizá principalmente, su propia personalidad de hombre humilde, reticente a la exposición pública y las servidumbres de la fama, que le hizo incluso no dar continuidad a Estrafalario/1 (nunca hubo una segunda parte), el proyecto de edición de sus obras completas a instancias de Juan Cruz que podría haber servido para acabar de enfocar plenamente su figura antes de su fallecimiento en 2008. Esta versión de Cátedra recupera una de sus mejores novelas (otros de sus títulos parecen también de lectura obligatoria, como Los muertos no se tocan, nene o Los europeos, editadas hace unos años por separado al margen de la citada compilación) aunque no en su versión original de los años 50, con la que un perfeccionista patológico y cruelmente autocrítico como Azcona se sentía insatisfecho, sino una reelaboración posterior que considera la versión “definitiva” que se alimenta de muchos de los hallazgos de su magnífica versión cinematográfica de los años sesenta junto al director Marco Ferrari.

El pisito es una novela redonda, ya desde su opresiva ambientación, esa España sombría de la posguerra, con sus solteronas cargadas de represiones y prejuicios morales, la burocracia deshumanizada y tediosa de las oficinas, las pensiones de mala muerte, repletas de perdedores del sueño de prosperidad urbano y de pícaros y buscavidas (como el compañero de pensión del protagonista, Dimas, “medico” callista, inventor,… y en general jeta predispuesto al timo y el oportunismo), siempre al acecho del sablazo y de la oportunidad de aprovecharse del otro. Y entre este desastre consumado, Rodolfo Gómez, un “loser” de cuerpo entero, ya entrando en la cuarentena con una filosofía de la resignación y una incapacidad para ser parte activa y no mero contemplador de su propia vida que lo convierte en un anciano prematuro, hundida su autoestima entre una vida laboral asfixiante y sin perspectiva de futuro posible (hilarante su trabajo en una oficina comercial que publicita el “higalmendra”, una especie de fruto seco repulsivo que nadie en su sano juicio se atreve a consumir, sometido a la tiranía de un jefe, el grotesco señor Esparragal, que se las da de lince de los negocios  y hombre a la vanguardia de la modernidad…. como cuando intenta convertirse en vendedor de “pop corn”) y un eterno noviazgo con Petrita, mujer impulsiva y dominante, criada en un entorno social conflictivo que alienta su ya esencial mal carácter, a la que dejó de querer hace años y que incluso le impone un veto de sexualidad que podría su única posibilidad de reivindicarse como hombre libre. Entre su atonía cotidiana, ha proyectado todas sus posibilidades de redención en un plan, como poco, grotesco al que le animan unos cuantos que se divierten íntimamente con la impotencia vital que representa, como el inteligente (pero insoportablemente cínico) Honorio: casarse con la dueña del piso en el que vive, en principio la típica ancianita sentimental, encantadora y frágil, cuya única obsesión es dejar a su gato, único afecto que le ha regalado una vida de soltería y aridez sentimental, en manos de una “ buena familia” cuando falte pero que se irá revelando progresivamente posesiva y con notable talento para la manipulación cuando Petrita, una mujer profundamente interesada pese a la moralidad intachable que está obsesionada por aparentar, decida finalmente aceptar el trato tras fingir una indignación inicial… más falsa que la de una Melibea en el huerto disimulando sus furores uterinos .La novela transcurre hacia su final sin sobresaltos ni ningún giro argumental insólito: Rodolfo y la anciana se casan y, tras un tiempo en que el protagonista cree enloquecer entre la presión y la competencia celosa de sus dos “mujeres”, doña Martina muere, heredan el piso y el dinero de su cartilla en el banco para financiar su boda… y, como en tantos narradores auténticamente sabios, el dramatismo de la conclusión no está tanto en lo que se explicita como en lo que se deja entrever, una vida conyugal como una mordaza ya sin escapatoria posible, que nuestro antihéroe, indolente y pasivo pero en absoluto estúpido, sabe que es el último clavo sobre su ataúd, en cuya aceptación acaba de enterrar el poco aliento vital que podría quedarle. Lo dicho, una pequeña joya, tan reivindicable e indefinidamente vigente como sus mejores guiones de cine (incluidas sus piezas maestras berlanguianas (“Plácido”, “El verdugo”) o no (“El bosque animado”, “La lengua de las mariposas”) que hace imprescindible la recuperación de su autor para la historiografía literaria y la reescritura del “canon”… ese del que uno siempre tiene la sensación de que se elimina por sistema cuanto se atreve a ser auténtico.

VASILI GROSSMAN: "Todo fluye"

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Tras una carrera literaria y periodística caracterizada desde el principio por su decidida valentía (en principio, sus posteriores verdugos comunistas de su país lo alabaron por sus crónicas de acontecimientos históricos como la batalla de Stalingrado o su denuncia de la existencia de campos de exterminio nazi) y sobradamente conseguida la posteridad literaria con la monumental Vida y destino, aun tuvo tiempo Grossman en vida (la edición del libro fue póstuma y de inmediato prohibida en su país natal) de asestar la última bofetada contra un régimen totalitario en cuya inhumanidad dejó dramáticamente abolida cualquier posibilidad real de soñar con un mundo en justicia y regido por unos ideales liberales auténticamente sentidos. Años 30 en la recién nacida URSS: la propiedad privada y cualquier intento de iniciativa económica personal al margen de la supervisión del Estado ha quedado suprimida por la proliferación de los “koljos”  y la criminialización de los “kulaks” o propietarios, incluso los menores que practicaban poco menos que una economía de pura subsistencia, a los que se arrebata su condición de ciudadanos (y seres humanos) de pleno derecho para convertirlos en carne de presidio, circunstancia que, frente a los paradójicos ideales de justicia social en que intenta justificarse, recrudece la situación del campesinado hasta situaciones de miseria y hambre dignas de la más horrenda servidumbre feudal (de la que tanto sabía la historia de Rusia…), se impone un criterio de “pureza” étnica en todo similar a la obsesión hitleriana por la raza aria (¿hace falta recordar el compadreo que se tuvieron la Alemania nazi y la URSS durante un tiempo, antes de convertirse en rivales encarnizados a causa de las ambiciones de poder) que se expresa por medio de un sangrante antisemitismo (aterradoras las escenas en que se obliga a los médicos judíos a autoimculparse de crímenes que no han cometido para justificar su asesinato o su confinación en campos de concentración) y el ostracismo o directamente el genocidio sobre otras razas en un territorio tan extenso y complejo a nivel étnico y cultural y, sobrevolando tanta miseria moral, la presencia de un Estado castrante, un “gran hermano” totalitario que no sólo establece unos límites dogmáticos de pensamiento que asolan la libertad sino que hace cundir el miedo y la suspicacia y fuerza al individuo a convertirse en su cómplice mediante la proliferación de los “chivatazos”, guiados por el fanatismo ideológico o, tantas ocasiones, por la simple obsesión por medrar económicamente o encontrar la ocasión de vengar agravios personales contra el otro. De este último libro de Grossman no podemos decir que, en rigor, sea una novela: hay un leve hilo narrativo que dota de coherencia al conjunto y se centra en la figura de Iván Griegorievich el cual, tras más de tres décadas prisionero en campos de concentración por disidencia contra el régimen, es liberado una vez muerto Stalin para corroborar su desarraigo, la desaparición del mundo que fue suyo (conmovedora la escena de su viaje a Leningrado en busca de los amigos de la juventud, la mujer que fue su primer amor y todo tipo de vestigios que ya no son sino ruinas del ayer) y, finalmente, ceder a la inercia de seguir sobreviviendo tras aceptar un miserable empleo e incluso establecer algunos lazos afectivos con la dueña de su casa de huéspedes que quedan prematuramente rotos por la muerte de esta a causa de un cáncer. Resulta fascinante la habilidad de Grossman para relatar cómo, sin necesidad de recurrir a la agresividad (al contrario, a esa dulzura indolerente de quien sabe que ya no tiene nada que perder) ni al ejercicio de un papel de víctima más que legítimo, la simple presencia de Iván hace cundir el remordimiento y el dolor del eco de la cobardía nunca curada en personas de su entorno, tales como su primo Nikolai, que ha tenido una próspera carrera como científico a costa de la absoluta sumisión estatal (y en cuya casa la ética de Iván ya no le permite establecerse tras saberlo implicado en la mentira contra los médicos judíos) o Pineguin, uno de sus delatores con el que un azar cumplidor de cuentas querrá ponerlo en contacto en Leningrado.  Al margen de la peripecia del protagonista, se van hilvanando ciertos cuadros descriptivos y narrativos, cuya relación con el drama íntimo y el pasado de Iván posibilitan que no se rompa la coherencia en ningún momento y la obra no parezca “deslavazada”, aguafuertes crudos y expresivos sobre las hambrunas “post-colectivización” del mundo rural soviético (sencillamente desgarradora la que ofrece sobre la situación del campo en Ucrania) o sobre la inhumanidad cotidiana de los campos de concentración, similares a las que podrían leerse en una novela como “Un día en la vida de Iván Denisovich” pero enriquecidas con ese punto de simbolismo y tiento lírico que Grossman sabe filtrar de forma casi inadvertida entre el testimonio del horror (el detalle conmovedor de que sea el sonido de una música de violín, precisamente el único rasgo de belleza que le ha sido dado disfrutar en un día a día regido por la crueldad más extrema, sea el que revele a Mashenka, encarcelada por ser la esposa de un supuesto delator, la inminencia de su muerte y la necesidad de abandonar toda esperanza). Las últimas páginas del libro, antes del leve desenlace (que en realidad no es tal porque deja su destino final abierto a una angustiosa incertidumbre) de la historia del protagonista, tienen una orientación más ensayística que propiamente narrativa, con un perfil sobre Lenin en el que ataca visceralmente contra ciertas “ternezas de su espíritu” (su supuesta afición a la música, la literatura o el trato afable con amigos y familiares) que se han distorsionado y utilizado interesadamente para forjar su mitología y cierta reflexión de ironía desconsolada sobre la superioridad espiritualidad rusa (vía una supuesta asimilación más auténtica del espíritu cristiano, justificada en la ideología de autores como Tolstoi) que la convertía en la líder profética para guiar a la humanidad al definitivo estado de justicia y prosperidad universal, imposible debido a una falta de aprendizaje de la libertad tras años de sumisión feudal que no podía sino llevar a degenerar en tintes reaccionarios incluso a los sistemas nacidos en principio de una inspiración de igualitarismo humanitario. Acaban de conmocionar al lector dos detalles más antes de cerrar esta “novela” implacable: el carácter visionario de todo sabio (su augurio de que nada cambiará tras la muerte de Stalin y que la deficiente formación en libertad de su pueblo le guiará a una perpetuidad de las actitudes totalitarias…. ¿qué pensaría ahora al contemplar la Rusia conservadora, homófoba y castrante de Putin?... por suerte ya está a salvo) y la hondura de su sentido de la dignidad humana mediante la facilidad para la empatía con las debilidades de espíritu incluso cuando se manifiestan en forma de actos reprobables, como la necesidad de “comprender”, buscando en los traumas biográficos o las simples carencias coyunturales de sus mentes o sus corazones, la actitud de los delatores en el capítulo que les dedica. Lo dicho, entre deslumbramientos y ataques al corazón en poco menos de trescientas páginas de las que se desea su final y su prorrogación indefinida la vez… ahora si que ya no hay pusilanimidad que alegar para meterse de lleno algún día en el festín definitivo de Vida y destino.


JULIA CONEJO ALONSO: "Muñecas recortables"

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Leyendo este primer libro de Julia Conejo, se me iba viniendo a la mente aquellas palabras que un crítico musical (lo siento, soy incapaz de recordarlo… )acuñó para definir las canciones de Vainica Doble, sin duda uno de los logros más felices de la cultura popular de nuestro país en las últimas décadas, aquello de que eran “cuentos de hadas a los que no se les veía el ogro… pero estaba”.  Muchas serían las semejanzas que arrojaría  un cotejo entre los poemas de Julia y aquellas perlas del pop español (la esencialidad del estilo, un humor corrosivo con un punto desconsolado, la habilidad para encontrar insólitos significados vitales entre detalles de la más sencilla cotidianidad y, en general, la capacidad de sugerir una hondura sentimental y reflexiva desde una  rotunda vocación de humildad que da a sus logros un aire conmovedor  de inconsciencia) pero, sobre todo, ese “falso tono naif” ( similar al de algunos libros de Ana Merino, por buscarle algún referente  en la poesía española actual), esa apariencia de historias concebidas desde la ingenuidad entre las que acecha un zarpazo de dolor que revela inesperadamente su sentido y tras el que autor y lector se resignan simultáneamente a una lucidez que duele pero que paradójicamente es su propio consuelo .Esta cualidad está presente ya desde el primer poema, Isla de Jersey, una estampa descriptiva aparentemente inocua que, súbitamente, en unos versos finales con efecto de “electroshock”., queda fijada en lo más doloroso de la memoria sentimental, antesala de un libro perturbador en que quizá el eje temático central, y el que le otorga su lograda coherencia, sea la sensación de la autora de haber sido expulsada, por efecto del tiempo y la contradicción de un crecimiento que no  ha sido sino un desahucio de lo verdaderamente esencial,  de cualquier forma de acceso a la inocencia, llámese infancia o amor (¿no son lo mismo?...), que se nos relata con una heterogeneidad de ángulos entre los que alternan la corroboración fatalista de la derrota (impresionante el final de “Corazones de gominola”: Pero solo tropiezo con el hombre/que ya no se dedica/a la fabricación casera de collares,/sino a la destrucción de objetos cotidianos./Teléfonos,/cristales,/emociones,/promesas de futuro…) con tonos que van de una irracionalidad dramática, rotundamente expresiva, de tono alucinatorio (“En la otra orilla”, “Libros en el suelo”), impulsos de insurrección que se revelan estériles (“Revolutionary road”)  a la sentenciosidad lapidaria (“Medallas que perdimos”) y una decidida energía de resistencia (“Las tortugas también vuelan”) que se impone gracias a la certeza de haber logrado, entre la evidencia de tanta ruina, haber hecho persistir algunas “armas” de la supervivencia emocional, como una capacidad de entrega amorosa de una inconsciencia casi suicida (“Hay en mi piel un exceso de ternura”) o de dejarse sugestionar por la belleza para recrearse en lo sensorial y lo imaginativo (“Una vez viví en Sevilla”); en general, una estética de contrastes que permite la creación de estampas que acogen a la vez el horror y la convicción para desdecirlo (“El día que cumplí dieciocho años”). Inseparables de ese vértigo de vulnerabilidad que domina el libro son la capacidad de empatía con los desfavorecidos, fruto de una honestidad para reconocerse la debilidad que posibilita que se conviertan en motivos para expresar el propio conflicto íntimo (“Como los indigentes”) o algunas de las pocas certezas que se han dejado apresar entre la incertidumbre de estar vivo (“ Residencia de ancianos”) y permite cargar con toda legitimidad moral contra los que cimentan su autoestima (y con ella sus abusos de poder) en su incapacidad de reconocerse entre  los perdedores (“Héroes modernos), un tono paródico, de mordaz agresividad, contra la artificiosidad de la cultura de los “mass media” (“Ikea”, “Telenovela”), que crea paraísos artificiales y encajona a los hombres en patrones de felicidad estándar con la intencionalidad hipócrita de salvarlos, la posibilidad de “proyectarse” y convertir cada percepción del mundo en símbolo hipotético de uno mismo (“El dolor de los barcos”… tal vez la pieza más hermosa y emocionante de todo el conjunto) o la relevancia de los afectos filiales como única posibilidad de redención (el emocionado recuerdo a la madre de “Semejanzas” que permite culminar el libro manteniendo intacta su intensidad climática), especialmente los hijos, los únicos ante los que se acepta someterse a la ficción de felicidad que se ha convertido en dogma de la vida social (“Vosotros y yo”). En fin, un libro tras el que no se puede regresar  intacto….. pero al menos sí reconfortado en la certeza tanto de la infinidad de  flancos vulnerables por los que puede atacarnos el dolor y, a  su vez,  de las no menos infinitas formas de piedad para conjurarlo, es decir, poesía que se merece tal nombre.


EMILI TEIXIDOR: "Pan negro"

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 Apenas transcurridos diez años escasos desde su publicación (una de las últimas novelas de su autor, que falleció en junio del año 2012) es esta novela ya un clásico de pleno derecho, que aúna prestigio crítico y popularidad (más por la exitosa película de Villaronga filmada en 2009 que por el propio libro, claro) y, junto a Los girasoles ciegos de Alberto Méndez y los cuentos de Juan Eduardo Zúñiga queda como la más conseguida reafirmación de la posguerra española como motivo temático desde una originalidad y una exigencia estética que supera su conversión en un tópico del realismo social más plano. Y, es que, sin dejar de retratar con implacable lucidez un entorno social e histórico de tal crudeza, Pan negro  se va revelando como un relato global de iniciación al mundo y a la vida que adquiere tintes de universalidad. Su protagonista, el niño Andrés, es un hijo de “proscritos”, su padre es un obrero represaliado en la cárcel tras su implicación en la guerra (y finalmente fallecido por las condiciones inhumanas de su existencia allí antes que por la sentencia de muerte que pesaba sobre él) y su madre, obrera de una fábrica, vive consumida en la pasión amorosa que siente por su marido,  que convierte su vida en peregrinaje angustioso en busca de influencias y favores para salvarlo que obliga a que el niño tenga que quedar finalmente en casa de sus abuelos, guardeses de una finca señorial en el mundo rural catalán y secretamente comprometidos con la clandestinidad del “maqui” junto al prior de un convento de frailes cercano con que el autor retrata a la mínima parte (que existió) de la iglesia que permaneció fiel a unas inquietudes de cuño republicano y liberal que obviamente tenían mucho más que ver con el mensaje primitivo de Cristo que el viraje totalitario que tomaron los líderes de la institución. En el aprendizaje humano de Andrés junto a sus primos, especialmente junto a la Lloramicos, la otra “recogida” por caridad de la familia (sus padres huyeron a Francia tras el conflicto para salvar su vida tras su decidida implicación) alcanzan un papel esencial la naturaleza (esas escenas de los niños jugando en las ramas de los árboles….cómo no me iban a emocionar), sobra la que se alcanza una plena sabiduría al intuir ya su superioridad moral sobre el hombre y la necesidad de este de dejarse aleccionar por ella y prescindir de su complejo de ser inteligente y dominador y el sexo, temido y a la vez ansiosamente deseado mientras se le espía en las conversaciones de los adultos o los adolescentes, unido a cierta curiosidad morbosa por el cuerpo como enfermedad (la fascinación de Andrés por los jóvenes tísicos que recogen los frailes en el convento) o generador de impulsos atroces (la pederastia del maestro de la escuela, el señor Madern, en quien se retrata también ese otro drama del hombre condenado a fingir unas convicciones ajenas a sí mismo para sobrevivir en un mundo tan marcado ideológicamente como el de la educación) y que se va aprendiendo en los primeros tanteos inocentes con su prima Lloramicos, entre cuya ingenuidad parecen intuir ya el auténtico sentido del contacto carnal: el único acto en que los desarraigados pueden tal vez sentirse parte de la condición humana con pleno derecho. Junto a este aprendizaje de lo “ancestral”, asoma la podredumbre de un mundo marcado por la soberbia y la violencia física y moral que ejercen las fuerzas vivas vencedoras sobre las clases humildes (los continuos registros de la guardia civil en la finca y, especialmente, el momento de la comunión de Lloramicos, que el párroco fascista del pueblo quiere convertido en una “pasada por el aro” pública y oficial de una familia de tan plena adhesión al enemigo), incluso en actos de caridad que solo pretenden tranquilizar su conciencia y que malamente pueden disimular su carácter profundamente interesado (el afán de los terratenientes, los señores de Manubens, por acoger a Andrés tras la muerte del padre y proporcionarle unos estudios…con la manifiesta intención de presionarlo para hacerlo sacerdote y se convierta por tanto en un juguete de su obsesión por la apariencia de la virtud) el peso de una moral hipócrita que alcanza dimensiones directamente dramáticas en su opresión sobre la mujer (los casos de la tía Enriqueta, criminalizada incluso por su propia familia por aspirar a una vida sentimental en libertad y romper su compromiso matrimonial, conflicto que consigue solventar con la afirmación de su propia identidad que supone escapar de casa… algo que por desgracia no hace Felisa, la tía materna de Andrés, resignada a un matrimonio sin amor como única manera de huir del destino quizá más cruel reservado a la “solterona” en casa ajena), ambos temas implicados en un pulso entre la permanencia de una vida tradicional ligada al campo y las expectativas de libertad y progreso económico que los más jóvenes fabulan en el mundo moderno de la ciudad y la fábrica… dramáticamente frustradas por la imposición brutal de la guerra y la posterior represión. Las páginas finales alcanzan una plena intensidad emocional en el debate íntimo de Andrés entre la fidelidad a la madre y con ella a sus raíces sociales e ideológicas y la fatalidad de tener que aceptar el destino trazado por la supervisión de los gerifaltes del mundo.... no os anticipo aquí como se resuelve esta antítesis salvo que, como podréis imaginar, su dramatismo hace que tras ninguna opción consiga una redención personal sino más bien una amenaza de perturbación a perpetuidad que empaña su futuro de hombre adulto. Tanto el estilo de la novela, que aúna los mejores logros del realismo social en la espontaneidad que desprenden los diálogos y la descripción de escenas de la cotidianidad, como su superación por medio de la exigencia formal de los pasajes con más intensidad lírica o de una hondura reflexiva casi ensayística, como los personajes (la inolvidable abuela Mercedes, enérgica y conmovedora en su aspiración frustrada de instruirse y desarrollar una conciencia lúcida y comprometida sobre el mundo, el vigor “viril”, a menudo fatalmente rayano en la violencia y la crueldad, de los Quirico padre e hijo o la hosquedad, de animal mal domesticado, del “abuelo Mozo”…) resultan impecables y afianzan la talla literaria de una novela que queda como un hito referencial para la aproximación a un tema que, tratado desde este grado de rigor formal y búsqueda de la originalidad en la coherencia con la propia memoria, parece inagotable.